El jueves empezó mal desde el primer minuto, y Camila Almonte tuvo la prudencia de no sorprenderse. A las seis y diez la despertó un ruido seco que provenía del baño, seguido de un silencio sospechoso, seguido de una voz pequeña y digna que anunciaba desde el otro lado de la puerta:
—Mami, no te asustes, pero el cepillo de dientes se cayó al inodoro.
—¿Cuál de todos?
—El mío. El de dinosaurio.
—¿Y por qué estaba cerca del inodoro?
—Porque estaba practicando equilibrio.
Camila se quedó mirando el techo unos segundos, calculando si tenía fuerzas para levantarse. Después comprendió que la pregunta carecía de sentido, porque ya estaba de pie, con los pies buscando las pantuflas y el pelo cayéndole sobre la cara como una cortina mojada. El cepillo fue rescatado, desinfectado con una solemnidad casi quirúrgica y sentenciado a la basura, para gran tristeza de Mateo, que pidió permiso para despedirse de él con unas palabras.
—Fue un buen cepillo —dijo, con las manos cruzadas sobre el pecho—. Limpió muchos dientes. Y tenía una cola muy simpática.
—Descansa en paz —respondió Camila, con la misma gravedad, y lo dejó caer en el cubo.
Después del desayuno, la mañana se desarrolló con una normalidad engañosa. El tráfico estaba tranquilo. La maestra Karina saludó desde la puerta con su sonrisa de siempre. Mateo entró corriendo al aula con la mochila rebotándole en la espalda y desapareció entre otros uniformes azules. Camila se quedó un instante mirando la puerta, como hacía cada mañana, con la absurda sensación de que si apartaba la vista demasiado pronto, algo se le escaparía.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Era Rafael.
No había en el mundo una llamada que Camila temiera más que una de su hermano a las ocho de la mañana. Rafael no llamaba, escribía. Cuando llamaba, era porque tenía algo que decir y quería ver la reacción a través de la voz. Dejó que sonara tres veces antes de contestar.
—Buenos días, Rafa.
—Buenos días. ¿Tienes un momento?
—Estoy en el carro.
—Entonces es perfecto, porque no puedes huir.
—Qué simpático eres.
—Es mi encanto natural. —Se oyó el roce de unos papeles—. Quería comentarte algo sobre Adrián.
El estómago le dio un vuelco que sintió hasta las rodillas. Apretó el volante con las dos manos y respiró despacio, como había visto hacer a un instructor de yoga en un video que nunca terminó.
—Dime.
—Pues verás. La otra noche, durante la cena, me quedé pensando en lo del puente de Panamá. La foto del Golden Gate.
—Fue una broma.
—Eso dijo él.
—Es que es un hombre con mucho sentido del humor.
—Eso me di cuenta. Lo que me llamó la atención fue otra cosa. —Hizo una pausa deliberada, de abogado—. Mencionó que el río cambiaba de caudal según la temporada. Y que tuvieron que rediseñar la cimentación tres veces.
—¿Y?
—Que yo estuve investigando proyectos de puentes en Panamá durante diez años de registros públicos. Y hay uno sobre un río de caudal variable. Se llama el puente sobre el río Chagres. Y se rediseñó tres veces, efectivamente. La primera la destruyó una crecida. La segunda se canceló por falta de fondos.
Camila sintió que se le helaban las manos.
—Qué coincidencia.
—Eso pensé yo. Una coincidencia enorme.
—Quizás lo leyó en alguna parte.
—Quizás.
—O le contó algún colega.
—Quizás también.
—Rafael, ¿adónde quieres llegar?
—A ningún sitio. Solo me llamó la atención que hubiera acertado con tanta precisión en un detalle que no se conoce fuera del gremio. —Su voz bajó un tono, y se volvió casi amable—. Camila, no te estoy acusando de nada. Solo quiero entender.
—No hay nada que entender.
—Entonces no pasa nada.
—Exacto.
—Pues muy bien. Dale un abrazo a Mateo de mi parte.
Colgó con la naturalidad de quien acaba de plantar una semilla y no necesita regarla. Camila se quedó inmóvil, con el motor encendido y el teléfono todavía pegado a la oreja, hasta que un coche detrás empezó a tocar la bocina. Arrancó con un tirón brusco y condujo hasta la oficina con el corazón latiéndole en las sienes.
Había dos explicaciones posibles. La primera era que Leandro, por una casualidad prodigiosa, hubiera recitado de memoria los detalles de un proyecto real, lo cual significaba que sabía mucho más de ingeniería de lo que aparentaba. La segunda era que Rafael estuviera tendiéndole una trampa, y que el detalle del Chagres hubiera sido una pregunta disfrazada de afirmación para observar cómo reaccionaba ella.
No supo cuál de las dos le gustaba menos.
Escribió a Leandro desde el aparcamiento de la oficina, con las manos todavía algo temblorosas.
Camila: Necesito preguntarte algo importante. Es sobre Panamá.
La respuesta llegó casi de inmediato, lo cual la sorprendió.
Leandro: Dime.
Camila: El río del que hablaste en la cena. El de la cimentación rediseñada tres veces. ¿De dónde lo sacaste?
Pasó un minuto largo. Camila miró los tres puntos aparecer y desaparecer, aparecer y desaparecer.
Leandro: Lo inventé. ¿Por qué?
Camila: Mi hermano acaba de llamarme. Dice que existe un puente real con esas características exactas.
Leandro: Eso es imposible.
Camila: Eso mismo pensé yo.
Leandro: Camila, te juro que lo inventé sobre la marcha. Quería que sonara creíble. Tres veces me pareció un número razonable.
Camila: Pues Rafael cree que sabes más de lo que dices.
Leandro: O que estoy hablando con alguien de dentro.
Camila: ¿Cómo?
Leandro: Quizás tu hermano me está probando.
Camila se quedó mirando la pantalla. Era exactamente la segunda hipótesis, y la había formulado él con una rapidez inquietante, como si ya la hubiera considerado de antemano.
Camila: Es abogado. Es capaz.
Leandro: Entonces necesitamos más cuidado.
Camila: Tenemos que hablar esta tarde.