El martes amaneció con una lluvia fina y terca, de esas que no llegan a ser tormenta pero tampoco permiten salir sin paraguas, y Camila Almonte lo tomó como una señal. No sabía de qué, exactamente. Quizás de que las cosas iban a salir mal. Quizás de que el cielo, como todo el mundo en su vida últimamente, tenía opiniones sobre lo que estaba haciendo.
Mateo se había comido tres mangos el día anterior, uno detrás de otro, sentado en el suelo de la cocina con una toalla atada al cuello a modo de babero. Había terminado con las manos pegajosas, la barbilla amarilla y una pregunta que llevaba veinticuatro horas repitiendo con una paciencia admirable: quién era la señora de los mangos. Camila le había explicado que era una vendedora amable que había querido regalarle fruta a un niño. Mateo había preguntado por qué a él. Ella había contestado que porque tenía cara de niño que sabe agradecer. Él había asentido, satisfecho, aunque ella tuvo la certeza de que lo estaba archivando todo en un cuaderno mental para volver a examinarlo más adelante.
Esa mañana, mientras le peinaba los rizos con un cepillo que los rizos se negaban a reconocer, el niño habló sin levantar la vista de su plato de cereal.
—Mami, ¿hoy ves al señor Leandro?
Camila se quedó con el cepillo a medio camino.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Nadie. Lo adivino. Cuando te pones la blusa azul es que tienes reunión importante.
—Esta blusa me la pongo muchas veces.
—Pero hoy te la pusiste con los zapatos buenos.
—Tengo una reunión de trabajo.
—¿Con el señor Leandro?
—Con unos clientes.
—Mentirosa —dijo Mateo, sin rencor, con la naturalidad de quien constata que está lloviendo.
Camila sintió que algo se le encogía en el pecho. Era una palabra pequeña, dicha con una dulzura que la hacía todavía más cruel, y aunque sabía que el niño no la había pronunciado con intención de herir, le atravesó como una aguja fina. Dejó el cepillo sobre la mesa, se arrodilló frente a su silla y le sostuvo las manitas pegajosas entre las suyas.
—Mateo —dijo—. A veces los adultos tienen cosas que no pueden contar todavía. No es porque no confíen en ti. Es porque aún no es el momento.
—¿Y cuándo es el momento?
—Cuando las cosas estén listas.
—¿Y cuándo estarán listas?
—Pronto.
—Eso dijiste del papá.
Camila abrió la boca y la cerró. El niño la miraba con aquellos ojos color miel que no pedían nada excepto la verdad, y ella no tenía manera de dársela. Le besó las manos, una por una, y se levantó con un nudo en la garganta.
—Termina el cereal. Se nos hace tarde.
La mañana en la oficina fue peor de lo que había previsto. Marisol, con su vestido blanco de los martes, había decidido que aquel era el día perfecto para organizar una reunión de lluvia de ideas sobre la campaña de la cervecería, y los siguientes cuarenta minutos se convirtieron en un desfile de propuestas cada cual más disparatada. Un compañero propuso que el eslogan fuera Cada gota cuenta. Otro sugirió un perro con gafas de sol. Una becaria, con la timidez de quien ofrece algo importante, murmuró que quizás la gente quería sentir que no estaba sola.
—¡Eso! —exclamó Marisol, golpeando la mesa—. Soledad compartida. La cerveza como compañía.
—Eso es deprimente —dijo alguien.
—Es profundo.
—Es lo mismo.
Camila, sentada al fondo con la libreta abierta y el bolígrafo suspendido, no anotó nada. Pensaba en la cafetería. En la hora. En si Leandro llegaría puntual, o si se habría cruzado con otro carrito de mangos o con una anciana con el semáforo en contra o con un perro perdido. Se dio cuenta de que estaba mordiéndose el interior de la mejilla y se obligó a parar.
—Camila, querida —la llamó Marisol—. ¿Qué opinas?
—¿Sobre qué?
—Sobre la soledad compartida.
—Que suena a campaña de seguros de vida.
La sala se quedó callada. Marisol parpadeó, con el gesto de quien acaba de recibir una bofetada elegante. Después sonrió despacio.
—Qué observación tan certera. Apúntala, Rodrigo.
—No era un cumplido —aclaró Camila.
—Todo lo que dices a las doce menos cuarto es un cumplido disfrazado. Es tu superpoder.
A las seis y cuarto, Camila salió corriendo de la oficina con el paraguas en una mano y el bolso en la otra, esquivando charcos con la gracia de una cabra en un campo minado. Había dejado a Mateo con la señora Ofelia, que ya empezaba a sospechar que aquello era algo más que temporada alta, y llegó a Grano y Hoja con los zapatos empapados y el pelo pegado a la frente. Empujó la puerta y la campanilla tintineó.
Leandro ya estaba allí.
Estaba sentado en la misma mesa de la ventana, con las manos entrelazadas sobre la superficie de madera y una taza de café delante, intacta. Llevaba la camisa azul oscuro, sin corbata, con los dos primeros botones desabrochados, y el pelo seco, lo cual implicaba que había llegado mucho antes que la lluvia o que se había resguardado en algún sitio. Cuando la vio, levantó la mano en un saludo discreto, sin sonreír.
Camila se acercó con una sensación extraña. Había ensayado mentalmente un pequeño discurso sobre la puntualidad, pero era un discurso que ahora no tenía a quién dirigirse.
—Llegaste a tiempo —dijo.
—Llegué temprano.
—Eso es sospechoso.
—Es profesionalidad.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Cuarenta minutos.
—¿Por qué?
—Porque no quería arriesgarme.
Lo dijo sin broma, y Camila notó que había algo en su tono, una sombra de vergüenza que desaparecía enseguida, como una nube que cruza el cielo. Se sentó frente a él, dejó el paraguas en el suelo y se quitó la chaqueta mojada con un gesto torpe.
—Me alegro —dijo.
—¿De qué?
—De que no haya habido carritos de mangos.
—Hubo uno. Lo esquivé.
—¿Cómo?
—Crucé la calle.
—Qué valiente.
—Fue una decisión difícil.
Camila sintió que la comisura de los labios le temblaba y apretó la boca. No iba a reírse. La seriedad era su método, su escudo, su única defensa contra aquel hombre que convertía cada frase en un truco de magia. Sacó la libreta, la abrió por la página de las condiciones y la colocó entre los dos.