Alquilé un Papá en Temu

CAPÍTULO 14El lunes de las consecuencias

Camila Almonte había aprendido, a fuerza de golpes, que los domingos siguientes a una noche emocionante tienen la crueldad de la resaca sin el placer previo. Se despertó a las nueve con la sensación de haber corrido un maratón dentro de un sueño, y durante unos segundos largos no supo si lo ocurrido en la casa verde había sido real o una invención de su cabeza cansada. Después recordó el bolero, el abrazo de los hermanos, la pregunta del farol, y se tapó la cara con las dos manos soltando un gemido tan largo que Mateo, desde el otro lado de la puerta, preguntó si necesitaba un médico.

—No, mi amor. Es mi forma de despertarme.

—Esa es nueva.

—Es una variante.

—¿Con sonido?

—Con mucho sonido.

El niño entró con el Señor Rexito en un brazo y el cuaderno de tapas duras en el otro, se subió a la cama con una agilidad de gato y se acomodó a su lado con las piernas cruzadas. Tenía el pelo aplastado de un lado y una marca de almohada en la mejilla. La miró con esos ojos color miel que parecían tomar nota de todo, y Camila comprendió que había una pregunta en camino.

—Mami, anoche llegaste tarde.

—Tuve una reunión.

—La señora Ofelia dijo que fue una reunión muy larga.

—Fue larga.

—Dijo que volviste con cara de flan.

—¿De flan?

—De dulce y tembloroso.

Camila se quedó mirando el techo. La señora Ofelia, además de cuidar niños, había desarrollado una vocación poética que empezaba a resultar peligrosa.

—Esa señora tiene demasiada imaginación.

—Es muy sabia.

—Eso dices siempre.

—Porque es verdad.

Mateo abrió el cuaderno sobre las sábanas y empezó a pasar páginas con una gravedad profesional. Había dibujos de dinosaurios, de mangos, de un sol con lentes oscuros, de una playa con tiburones imaginarios. Se detuvo en una hoja en blanco y alzó el lápiz verde.

—Quiero dibujar una cosa.

—¿Qué cosa?

—No sé todavía. Pero algo bonito.

—Entonces dibuja lo que sientas.

—Siento que hoy va a pasar algo.

—¿Algo bueno?

—Algo grande.

Camila sintió un pequeño escalofrío. No era la primera vez que los presentimientos de su hijo acertaban con una precisión sospechosa, y se preguntó, con una ternura inquieta, si los niños no vendrían equipados con una antena especial para las catástrofes inminentes y los milagros pequeños.

—Pues esperemos que sea bueno.

—Casi siempre lo es.

—Casi.

—Tú siempre dices casi.

—Es una palabra muy útil.

El domingo transcurrió con una lentitud dulce. Fueron al supermercado, donde Mateo se empeñó en llenar el carrito de cosas inútiles y Camila lo vació con la paciencia de una arqueóloga. Comieron arroz con pollo recalentado en el sofá, viendo una película de dinosaurios que el niño narraba por adelantado con una exactitud irritante. Por la tarde, mientras él dormía la siesta con la cabeza sobre sus rodillas, Camila miró el teléfono. No había mensajes. Habían acordado no escribirse ese día, para dar espacio a los hermanos, y aquel silencio acordado le parecía ahora una forma de respeto y de tortura.

A las ocho, sonó una notificación.

Leandro: Esteban se ha quedado a dormir. Lucía le preparó la cama de mamá. Ha dicho que no podía, y se ha dormido en tres minutos.

Camila sonrió con los ojos húmedos.

Camila: Me alegro muchísimo.

Leandro: Hemos hablado casi hasta el amanecer. De todo. De papá, del abuelo, del barco veinticuatro.

Camila: ¿Qué dijo del barco?

Leandro: Que siempre le dio miedo. Que de niño pensaba que se hundiría de noche.

Camila: ¿Y se hundió?

Leandro: Todavía no. Pero está en observación.

Camila: Qué alivio.

Leandro: Camila.

Camila: Dime.

Leandro: Gracias por lo del farol. Por lo que dijiste.

Camila: ¿Cuál parte?

Leandro: La de que quieres que sea verdad.

Camila miró la pantalla un buen rato. Sintió el calor subirle por el cuello. Escribió, borró, volvió a escribir.

Camila: Lo sigo queriendo.

Leandro: Entonces esperaré.

Camila: Gracias.

Leandro: Hasta mañana.

Dejó el teléfono sobre el cojín y se quedó mirando al techo, con una sonrisa que le dolía de tanto sostenerla.

El lunes empezó con un contratiempo. Mateo se negó a ponerse los zapatos del colegio argumentando que le apretaban, y Camila descubrió, tras diez minutos de negociación y un examen exhaustivo de ambos pies, que el niño había crecido casi un número en tres semanas. Aquello le provocó una punzada absurda de melancolía. Había algo en la manera en que los hijos crecían mientras uno miraba hacia otro lado que no se perdonaba fácilmente.

—Hoy iremos a comprar zapatos nuevos —dijo.

—¿Después del colegio?

—Después del colegio.

—¿Con el señor Leandro?

—Con tu madre.

—Ah.

—¿Te decepciona?

—No. Pero él sabe elegir zapatos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque los suyos brillan mucho.

Camila no supo qué contestar. Lo llevó al colegio con el pelo mojado y los zapatos viejos, y la maestra Karina, desde la puerta, le hizo una seña discreta con la mano para que se acercara. Camila dejó a Mateo entrar al aula y se aproximó con un presentimiento inquieto.

—¿Todo bien?

—Sí, sí. Solo quería avisarte de una cosa.

—Dime.

—Ha llamado el director de la escuela a todos los padres. Mañana por la tarde habrá una reunión extraordinaria sobre el acto de Navidad.

—¿Extraordinaria?

—Parece que han recibido una petición.

—¿De quién?

—De los padres. Algunos han pedido que el mural incluya una dedicatoria a cada familia, con nombres y profesiones.

Camila sintió que se le helaba la espalda.

—¿Nombres y profesiones?

—Sí. Para darle un toque más personal.

—¿Y eso es obligatorio?

—No. Pero se anima mucho a participar.

—Ya veo.

—Mateo ya ha dado el suyo, por supuesto.

—¿Cómo?

—El nombre de su padre. Lo escribió él mismo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.