Amargo y dulce.

Capítulo: 1

Treinta días

Llevaba catorce años oliendo a cacao tostado, y aun así aquella mañana la fábrica olía distinto: a pasillo de hospital, a despedida.

Nadie lo había dicho en voz alta, pero todos lo sabíamos. Don Aurelio Salgado llevaba tres semanas enterrado y su hijo, el único, el que no había pisado la fábrica en once años, acababa de aparcar un coche gris, caro y absurdamente limpio, delante de la puerta principal.

—Ya está aquí —susurró Nico desde la línea de envasado, con la cofia torcida—. Dicen que viene con un abogado.

—Dicen demasiado —respondí sin levantar la vista de la bandeja de trufas que estaba revisando—. Vuelve a tu máquina.

Pero se me tensó la mandíbula. Me quité los guantes, me alisé el delantal y me miré un segundo en la puerta de acero de la cámara frigorífica. Pelo recogido, ojeras de tres semanas sin dormir bien, una mancha de chocolate en la manga. Qué más daba. Que me viera tal como era.

La reunión estaba convocada a las diez en la sala de juntas, una habitación con una mesa enorme, sillas desparejadas y la foto de don Aurelio colgada en la pared, sonriendo como si nada. Cuando entré, ya estaban casi todos: veintidós trabajadores apretados alrededor de la mesa, de pie los que no cabían. Y en la cabecera, también de pie, un hombre de traje oscuro que parecía no haber dormido más que yo.

Mateo Salgado tenía los ojos de su padre. Eso fue lo primero que me molestó. Lo segundo fue que no sonreía.

—Gracias por venir —dijo—. Seré breve, porque creo que todos merecen que sea directo. He revisado las cuentas durante la última semana. La empresa debe más de lo que vale. Los proveedores llevan meses sin cobrar, el banco ha dado un plazo y las máquinas necesitan una inversión que no tenemos. Tengo una oferta de compra de un grupo alimentario. Voy a aceptarla.

Silencio. Alguien dejó caer una cuchara contra una taza y sonó como un disparo.

—¿Y nosotros? —preguntó una voz al fondo. Era Rosa, de contabilidad, que había llorado durante todo el funeral.

—La oferta incluye mantener a parte de la plantilla durante seis meses. Después... —Mateo dudó solo un instante— dependerá del comprador.

Es decir: nada. Sentí que algo caliente me subía por el pecho.

—¿Con parte de la plantilla —dije, y mi voz salió más firme de lo que esperaba— quiere decir con cuántos de nosotros?

Me miró por primera vez. Fue una mirada rápida, de las que evalúan.

—Con cuántos, no lo sé todavía. —Hizo una pausa—. ¿Y usted es...?

—Inés Arrieta. Jefa de producción. Catorce años aquí. Trabajaba con su padre cuando usted todavía estudiaba en el extranjero.

—Entonces entenderá que esto no es fácil para nadie.

—Lo que entiendo —dije— es que lleva diez minutos hablando de números y todavía no ha preguntado cuánto chocolate hacemos al día, ni quién lo hace, ni por qué la gente de esta ciudad lo compra desde hace cuarenta años.

Algunos contuvieron el aliento. Nico, desde la puerta, se tapó la cara con la mano.

Mateo apoyó las manos sobre la mesa. Por un momento creí ver algo cruzarle el rostro, algo parecido al cansancio, o a la culpa. Pero desapareció enseguida, sustituido por una calma perfectamente ensayada.

—Señorita Arrieta, aprecio su lealtad. De verdad. Pero la lealtad no paga las deudas.

—No, claro que no. —Di un paso al frente—. Pero tampoco las paga venderlo todo al primero que llegue con un cheque. Deme noventa días.

—¿Para qué?

—Para demostrarle que esta fábrica se puede salvar.

Hubo un murmullo. Soltó una risa corta, sin alegría.

—Noventa días. Hace tiempo que se me acabó el margen para ser romántico.

—Entonces no sea romántico. Sea práctico. Si en noventa días no hemos mejorado las cuentas, firmo yo misma los papeles de la venta y me quedo a ayudarle con la transición. Sin rencor.

Silencio de nuevo. Los veintidós trabajadores me miraban a mí; yo lo miraba a él. Tardó una eternidad en responder.

—Treinta días —dijo por fin—. Y viene conmigo a revisar los libros de cuentas. Todos.

—Me parece justo.

—No lo es —replicó, recogiendo ya su carpeta—. Pero es lo que hay.

Salió de la sala sin mirar atrás. Los demás empezaron a hablar todos a la vez, y alguien me apretó el brazo, y alguien más me dijo «estás loca», y Nico me susurró «te adoro» con los ojos brillantes.

Yo no oía nada. Seguía mirando la puerta por donde él había salido, con el corazón golpeándome las costillas y una certeza incómoda instalándose en mi cabeza: acababa de comprarme treinta días de guerra con el hombre más insufrible que había conocido nunca.

Y lo peor era que, cuando dijo «es lo que hay», había tenido la voz de su padre

* *

Esa noche me quedé hasta que se apagaron las últimas máquinas. Es una costumbre de catorce años: recorrer la nave vacía, tocar las mesas frías, comprobar que todo quedaba en su sitio, como quien arropa a alguien que duerme.

Fui a mi taquilla a por el abrigo y vi el sobre.

Asomaba por la rendija de la puerta, blanco, doblado en dos, con mi nombre escrito a mano. Reconocí la letra antes de leer la primera palabra: esa «I» enorme, inclinada hacia atrás, como si no quisiera caerse. Don Aurelio.

Me temblaron los dedos al abrirlo. Dentro había una sola hoja, con la fecha del día anterior a su muerte.

Inés:

Si lees esto, mi hijo ha vuelto y yo ya no estoy para impedirle nada. Vendrá a vender; es lo que haría cualquiera en su lugar, y no se lo reprocho. Pero no dejes que firme nada en menos de treinta días. Hay algo en esta fábrica que él no sabe y que tú tampoco sabes. Algo que lo cambia todo.

La llave está donde siempre guardé lo más dulce.

Perdóname por no habértelo dicho antes. Era la única manera de protegerte.

A.

Lo leí tres veces. Treinta días. Yo había pedido noventa, Mateo había concedido treinta, y don Aurelio ya lo sabía. Lo había escrito el día antes de morir, cuando no podía conocer ni una sola palabra de lo que acababa de pasar en esa sala de juntas.



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En el texto hay: misterio, amor, amor odio

Editado: 10.10.2026

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