Lo que no se dice
No dormí. Pasé la noche mirando el techo con la llave de hierro bajo la almohada, como una niña con un diente de leche, y a las seis ya estaba otra vez en la fábrica, con los guantes puestos y la vista fija en una bandeja de bombones que no necesitaba revisión.
Rosa fue la primera en llegar. Venía con su chaqueta de punto abotonada hasta el cuello y esa expresión de quien lleva una noticia pegada a los dientes y no sabe si escupirla o tragársela.
—Hoy vienen los de Ventura —soltó al fin—. A las once. Con un representante, con el abogado de don Aurelio y con todo.
—¿Con Fontana?
—Con Fontana. Pobre hombre, anoche me llamó para preguntar si sabía dónde estaba el archivo de contratos antiguos. Parecía que se estaba ahogando. —Bajó la voz—. Inés, ¿tú crees que nos van a echar a todos?
Quise decirle que no. Quise decirle que tenía treinta días y una llave de hierro y un secreto del tamaño de una habitación tapiada. En lugar de eso, le apreté la mano.
—Hoy no —dije—. Hoy solo vienen a mirar.
* * *
Llegaron a las once en punto, en dos coches idénticos, negros y silenciosos. Primero bajó Mateo, con el mismo traje oscuro de siempre y unas ojeras que ya empezaban a parecer permanentes. Detrás, el licenciado Fontana, un hombre menudo y encorvado con pajarita y maletín, que llevaba treinta años ocupándose de los papeles de don Aurelio y que me saludó sin mirarme a los ojos.
Y detrás de ellos, el tercero.
No hizo falta que dijera nada. Bastó con que cerrara la puerta del coche y se abrochara la chaqueta con dos dedos, ancho de hombros, algo más bajo que Mateo, con la barba cuidada y el andar de quien ha caminado muchas veces por un sitio. Pero cuando abrió la boca para presentarse, se me heló la sangre.
—Ramiro Bellido —dijo, tendiéndome la mano—. Por parte de Grupo Ventura. Encantado de conocerla, señorita Arrieta. Tenía muchas ganas.
Esa voz. Grave, con un arrastre casi imperceptible en las eses. La misma que, veinte horas antes, había murmurado en la oscuridad del tercer piso: «Treinta días, como dijo el viejo.»
Le estreché la mano. Sonreí. No sé de dónde saqué la sonrisa.
—Igualmente —respondí—. Espero que el viaje haya sido bueno.
—Excelente. Y su fábrica es una joya, me han dicho. Una verdadera joya.
Le enseñé la nave. Lo hice con mi mejor profesionalidad, explicando las líneas de producción, el temple del chocolate, los tiempos de reposo, la historia de cada máquina. Bellido escuchaba con una atención que habría resultado halagadora si no la hubiera sentido como un dedo recorriéndome la nuca. Probó una trufa de la bandeja y cerró los ojos un segundo.
—Buenísima —dijo—. Aunque me cuentan que lo que hacía el viejo en sus mejores tiempos era otra cosa.
—¿Qué le cuentan?
—Cosas. Leyendas de empresa. —Sonrió—. Ya sabe cómo son.
Detrás de él, Fontana se aclaró la garganta y revolvió los papeles de su maletín sin necesidad. Mateo, junto a la puerta, no apartaba los ojos de Bellido. Lo miraba como se mira a un perro desconocido que mueve el rabo: con cortesía y sin bajar la guardia.
Fue al final del recorrido, ya delante de la escalera de servicio, cuando Bellido se detuvo.
—Una pregunta de rutina, nada más. En los planos del edificio aparece una sala en la tercera planta que no figura en el inventario. ¿Qué hay allí arriba?
—Un almacén en desuso —contestó Mateo antes de que yo pudiera abrir la boca—. Trastos. Moldes rotos.
—Me gustaría verlo antes de cerrar el trato. Cuestión de diligencia, ya sabe.
—Después del plazo acordado con la señorita Arrieta.
—Ah, sí. —Bellido se volvió hacia mí con la misma sonrisa amable—. Los treinta días.
Lo dijo exactamente igual. El mismo arrastre en las eses, el mismo tono tranquilo de quien repite una cifra que ya se sabe de memoria. Algo se me quebró por dentro, y debió de notárseme, porque por el rabillo del ojo vi que Mateo giraba la cabeza y me miraba. Solo un segundo, pero me miró.
Me aferré a la barandilla.
—Treinta días —repetí—. Sí. Es lo que tenemos.
* * *
A la hora de la comida salí de la fábrica sin decir adónde iba.
Doña Remedios Quiroga vivía a ocho calles de allí, encima de lo que fue una panadería y ahora era un local cerrado con la persiana oxidada. Tenía ochenta y dos años, las manos como raíces y los ojos pequeños y brillantes de un pájaro que no se pierde nada. Había sido durante cuatro décadas la maestra chocolatera de la fábrica, la que enseñó a medio barrio a templar una cobertura. Cuando se jubiló, don Aurelio le regaló una caja de bombones cada Navidad hasta el último año.
—Hija, qué sorpresa —dijo al abrirme—. Entra, entra, que se te enfría la cara.
Me sirvió un café que sabía a chicoria y se sentó frente a mí, en un sillón de flores gastadas, con un gato gris dormido en el regazo.
—Quiero preguntarle por la Carmen —dije—. No la máquina. La mujer.
El gato abrió un ojo. Remedios no se movió, pero algo en su postura cambió, como cuando el viento cambia de dirección.
—Hacía mucho que nadie me preguntaba por ella.
—Don Aurelio hablaba de ella a todas horas. Pero siempre de la misma manera: con cariño, sin decir nada.
—Así era Aurelio. —Acarició el lomo del gato—. Carmen era la nariz más fina que ha dado esta ciudad. Tú trabajas con el chocolate, así que sabrás lo que significa. Podía oler un grano de cacao y decirte de qué valle venía, qué lluvia había recibido y quién lo había secado. Aurelio era el hombre de los negocios, de los números, de los proveedores. Pero la fábrica la hacía ella.
—¿Y hacía algo… especial?
Remedios tardó en responder. Fuera, en la calle, un niño gritaba el nombre de un perro.
—Tenían un chocolate que nunca vendieron —dijo por fin—. Lo llamaban la Tinta, porque era negro como la noche y espeso como el aceite. No sé de qué estaba hecho; eso lo guardaban entre los dos. Pero te lo juro por mi madre, Inés: la primera vez que lo probé, me acordé de una tarde de mi infancia que había olvidado por completo. Un sábado de verano, mi abuela cosiendo en el patio. Lo vi entero. Lo olí. Y lloré como una criatura.