Amargo y dulce.

Capítulo: 2

La Carmen

A las siete de la mañana, el despacho de dirección olía a café frío y a papel viejo. Mateo había dejado sobre la mesa catorce cajas de archivo, y las había ordenado por años con una precisión casi ofensiva.

—Empiece por las más recientes —dijo sin saludar—. Yo repasaré las anteriores.

—Buenos días a usted también.

No levantó la vista. Me senté enfrente con la primera caja y una taza que yo misma había llevado, porque no pensaba deberle ni un café.

Trabajamos en silencio durante dos horas. Tengo buena cabeza para los números, aunque casi nadie lo sepa; don Aurelio decía que una jefa de producción que no entiende la contabilidad acaba haciendo chocolate para perder dinero. Así que me fijé en lo que otros ojos habrían pasado por alto: una columna de ingresos que no cuadraba con ninguna venta.

—Aquí hay una transferencia mensual —dije—. Siempre el día cinco. Siempre la misma cantidad. El concepto dice «servicios de consultoría».

—Mi padre no vendía consultoría.

—Ya lo sé. Por eso lo digo. —Pasé las páginas hacia atrás, sintiendo cómo se me secaba la boca—. Empieza hace once años. Y quien paga es Grupo Ventura.

Entonces sí levantó la vista.

—¿Cuál?

—El comprador. El mismo que quiere quedarse la fábrica. Llevan once años ingresándole dinero a su padre cada mes, y empezaron exactamente el mes en que usted se marchó.

Vi cómo le cambiaba la cara. No fue sorpresa; la sorpresa es algo abierto, que se ve llegar. Fue más bien el gesto de alguien que oye confirmarse un temor.

—Eso no aparecía en los resúmenes que me envió el abogado —dijo despacio.

—Pues alguien los limpió antes de enviárselos.

—O alguien quería que yo no lo viera.

Se levantó, fue hasta la ventana y se quedó mirando el patio con las manos en los bolsillos. Pensé en preguntarle por la llave de latón, por el tercer piso, por la carta que llevaba doblada en el bolsillo del delantal desde la noche anterior. No dije nada. Él tampoco.

—Señorita Arrieta —dijo al fin, sin volverse—. Una pregunta. ¿Mi padre le dio alguna vez algo para guardar? Un objeto, un sobre, lo que fuera.

El papel me pesó como una piedra contra la cadera.

—No —mentí.

—Está bien —respondió, y por el modo en que lo dijo supe que él también mentía, aunque no sobre lo mismo.

* *

Esa noche esperé a que Nico cerrara la última línea y apagara las luces de la nave. Después fui a ver a la Carmen.

La Carmen es la conchadora más antigua de la fábrica: un monstruo de cobre y hierro de los años cincuenta, redondo y panzudo, que lleva más de medio siglo removiendo el chocolate hasta dejarlo suave como la seda. Don Aurelio la bautizó con el nombre de su mujer, que murió mucho antes de que yo llegara. Hablaba de ella con la misma ternura que de la máquina, y nunca dejó que nadie le cambiara una pieza sin consultárselo. «Es lo más dulce que tengo», decía, y todos nos reíamos.

Tardé en entenderlo. Lo más dulce.

Me tumbé en el suelo junto a la base, con la linterna del móvil entre los dientes, y tanteé el reborde por debajo del cobre. Al principio solo encontré grasa vieja y polvo. Después, cinta aislante. Y bajo la cinta, algo duro y frío.

Era una llave de hierro, larga y pesada. Distinta de la que había visto entre los dedos de Mateo.

Subí al tercer piso por la escalera de servicio, sin encender luces. Nadie sube allí: hay trastos, cajas de moldes rotos, un pasillo estrecho que parece acabar en una pared. Hasta que me fijé mejor. Al fondo, medio oculto por un armario metálico, había una puerta.

El armario se movió con facilidad. Demasiada facilidad. Alguien lo había apartado y vuelto a colocar muchas veces.

La puerta tenía dos cerraduras. La de abajo, de hierro viejo, aceptó mi llave sin esfuerzo y giró con un chasquido seco. La de arriba era más moderna y de latón, y alrededor de ella la madera estaba cubierta de arañazos recientes, brillantes, de metal contra metal. Alguien había intentado forzarla hacía pocos días. Quizá hacía pocas horas.

Y yo sabía perfectamente quién tenía la llave de latón.

Entonces oí pasos en la escalera.

Apagué la linterna y me escondí tras el armario con el corazón en la garganta. Una luz empezó a barrer las paredes. Apareció un hombre. No era Mateo: más ancho, más bajo, con el paso de quien conoce el camino de memoria. Se detuvo frente a la puerta, probó la cerradura de arriba, y soltó un juramento entre dientes.

Después sacó el teléfono.

—Sigue cerrada —murmuró—. No, ella no sabe nada. Ni idea. —Una pausa—. Treinta días, como dijo el viejo. Cuando acabe el plazo, entramos de todos modos.

Colgó. Se quedó un momento mirando la puerta, y luego se dio la vuelta y bajó otra vez, despacio, sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo.

No respiré hasta que oí un motor arrancando en el patio.

Salí de detrás del armario con las piernas flojas. Pegué la oreja a la madera, sin saber muy bien por qué, y entonces lo noté: un olor que se filtraba por la rendija, muy tenue. Cacao. Pero no el cacao que conocía de toda una vida en la fábrica; era más hondo, más oscuro, casi vivo. Un olor que nadie había hecho allí en décadas y que, sin embargo, seguía ahí, esperando.

Como dijo el viejo. Don Aurelio no solo me había dejado una carta: había hablado con alguien más sobre el plazo, y ese alguien había traído a este hombre hasta mi puerta.

Fuera lo que fuese lo que había al otro lado, valía más que la fábrica entera. Y yo acababa de convertirme en la única persona que tenía una de las dos llaves, y en la única que sabía a quién pertenecía la otra.



#4814 en Novela romántica
#1324 en Chick lit

En el texto hay: misterio, amor, amor odio

Editado: 10.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.