Otro día más en aquel pueblito entre las montañas del Tolima. El viento azotaba con fuerza aquella madrugada, acompañado de un leve rocío. Ezequiel, que acababa de levantarse, se dirigió hacia la cocina a prepararse una muy buena taza de café para comenzar el día.
Había pasado toda la noche, intentando resolver un problema de química, que el profesor le había dado, aunque lo había terminado a eso de las 2:30 de la madrugada, estuvo un rato investigando sobre los vengadores, y todas las teorías conspirativas, que circulaban por la red, sin saber que esos momentos estaba siendo seleccionado para algo mucho más grande.
En ese momento, el ruido de sus padres levantándose de la cama, llamo su atención, miro el reloj que colgaba en la pared de la cocina, haciéndolo caer en cuenta de que ya era hora de que estuviera listo para irse al colegio. El café empezó a burbujear lentamente, llenando la cocina con un aroma amargo y familiar. Ezequiel apoyó las manos en el mesón, todavía adormecido, observando cómo el vapor subía y se perdía en el aire frío de la madrugada. A fuera, el viento seguía golpeando las láminas del techo con insistencia, como si el pueblo entero respirara a un mismo ritmo cansado.
Sirvió la taza con cuidado y dio el primer sorbo. Estaba fuerte. Justo como le gustaba.
—¿Todavía no estas listo? —le reprocho su madre, entrando a la cocina, con una bata de pijama color azul celeste, asiendo juego con el cabello blanco y gris, que a lo largo de los años había adquirido.
—Ya me iba a meter a bañar —contesto soñoliento caminando hacia la ducha.
10 minutos después, salió temblando de frió, con la toalla enrollada en su cintura caminando rápidamente hacia su cuarto, mientras que el olor a huevos revueltos y a caldo de costilla invadió el lugar.
Empezó a cambiarse rápidamente, mirando constantemente los minutos en el reloj, apurándose lo más que podía. Una vez listo, perfumado, y cambiado, caminó hasta la ventana de su cuarto. Desde ahí podía ver las luces encendiéndose poco a poco en las casas vecinas, las calles aún vacías, las montañas recortándose en la tenue luz del alba. Todo seguía igual. Tranquilo. Predecible. Seguro.
Pensó en lo absurdo que era preocuparse tanto por problemas de química cuando el mundo parecía girar siempre en el mismo punto. El celular vibró sobre la mesa de noche.
Ezequiel lo miró de reojo, sin apuro. Una notificación más entre tantas. Un correo sin remitente conocido, aparentemente Spam. Nada urgente. Nada que no pudiera esperar. Tomó su teléfono y lo guardo en su bolsillo del pantalón.
—¡Se te va enfriar! —gritó su madre desde la cocina.
—Ya voy, ya voy —respondió, cerrando la puerta de su cuarto.
Salió con el uniforme impecable, el cabello todavía húmedo y la mochila colgada al hombro. Se detuvo un segundo en la cocina.
Su madre le sirvió el desayuno sin decir nada más. Ezequiel comió en silencio, mirando el vapor que se elevaba del plato, pensando en lo mismo de siempre: estudiar, salir adelante, no quedarse estancado en aquel pueblo … pero que a veces sentía demasiado pequeño.
Su celular vibró sobre la mesa.
Lo miró apenas, sin dejar de comer con velocidad. Un mensaje que no reconocía. Otro correo posiblemente.
No lo abrió.
—No llegues tarde —dijo su madre, rompiendo el silencio.
—No lo haré —respondió, levantándose, dejando los platos casi vacíos, dándole un beso en la frente.
Tomó la mochila, abrió la puerta y el frío de la mañana lo recibió de golpe. Antes de cerrarla, miró una última vez hacia adentro.
La cocina. El olor. Su madre. Su padre saliendo del baño ya listo para empezar la jornada.
Todavía tenía tiempo.
Siempre pensó que lo tenía.
༘⋆📼˚ ༘ ೀ⋆。˚
A pocas calles de allí, Yorleny se despertaba con el sonido lejano de una motocicleta cruzando el pueblo. Se giró en la cama, aún envuelta en las cobijas, y miró el techo durante unos segundos, escuchando como la lluvia cesaba poco a poco, tratando de reunir fuerzas para empezar el día.
El frío de la mañana se colaba por las rendijas de la ventana. Se levantó con desgano y fue directo a buscar una toalla y las sandalias antes de ir al baño. El espejo le devolvió una imagen familiar: ojeras suaves, el cabello revuelto, la expresión tranquila de alguien que todavía no sospecha nada.
Se recogió el cabello un poco, respiro hondo resignada, mientras salía de la habitación.
En la cocina, su madre ya estaba despierta, preparando el desayuno. El sonido de una olla, el olor a plátano asándose, la rutina intacta. Yorleny se sentó a la mesa, apoyando el mentón en una mano mientras observaba por la ventana cómo el cielo comenzaba a aclararse lentamente sobre las montañas.
—Hoy va a llover —dijo su madre, sin mirarla.
—Seguro —respondió Yorleny, con una leve sonrisa.
Pensó en Ezequiel. En si ya estaría despierto. En si también estaría tomando café, asi como ella en esos momentos, o en cuál era su rutina. Sacudió aquellos pensamientos, cuando vio a su hermana salir del baño. Rápidamente, entro en la ducha, tratando de no demorarse mucho, o si no cogería un reumatismo en los huesos, por el agua tan helada de la mañana. 20 minutos después, salió a toda prisa de la ducha, corriendo rápidamente, hacia su cuarto a terminarse de arreglar.
#120 en Fanfic
#62 en Ciencia ficción
accion y aventura, romance lento (slow burn), universo marvel mcu
Editado: 06.10.2026