Avengers- Los Héroes del Mañana.

Capítulo 13

Danna permaneció inmóvil durante lo que le parecieron horas, aunque probablemente fueron solo minutos. Su respiración era superficial, controlada, como cuando trataba de no asustar a un animal herido en el refugio.

Los camiones desaparecieron por la avenida principal, dejando tras de si, un rastro de polvo y el eco distante de sirenas. El humo todavía se elevaba perezosamente desde el punto de la explosión, formando espirales grises contra el cielo que comenzaba a oscurecer.

El Capitán Price seguía de pie junto a las cajas, ahora cubiertas con lonas metálicas que parecían absorber la luz violeta en lugar de reflejarla. Hablaba por radio en voz baja, demasiado lejos para que Danna pudiera escuchar las palabras exactas, pero el tono era inconfundible: tensión absoluta.

El soldado de la máscara de calavera caminaba en círculos amplios alrededor del perímetro, revisando cada sombra, cada rincón, cada posible línea de visión.

Danna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Tengo que salir de aquí. Ahora.

Pero cuando intentó moverse, sus piernas no respondieron. No por miedo exactamente, sino por algo más visceral. Como si su cuerpo supiera que cualquier movimiento en ese momento la delataría.

El soldado de la calavera se detuvo.

Giró la cabeza lentamente hacia su dirección.

Danna cerró los ojos con fuerza, apretando la espalda contra la pared áspera del edificio abandonado. Contó mentalmente. Uno. Dos. Tres.

Escuchó pasos. Pesados. Calculados. Acercándose.

Su mano buscó instintivamente el bolsillo lateral de su mochila, donde guardaba un pequeño spray de pimienta que su abuela le había dado años atrás. "Por si acaso", había dicho. Danna nunca pensó que lo necesitaría realmente.

Los pasos se detuvieron.

Silencio.

—¿Ghost? —la voz del Capitán Price resonó desde la distancia—. ¿Algo?

Una pausa eterna.

—Nada confirmado —respondió el soldado de la calavera con voz grave, modulada por algún tipo de filtro electrónico—. Pero algo se mueve en el sector este.

—Podrían ser ratas —dijo otro soldado desde más lejos—. Este lugar está infestado.

—Las ratas no contienen la respiración —murmuró Ghost, aunque Danna no estaba segura de si lo había dicho en voz alta o solo lo había pensado.

El corazón de Danna latía tan fuerte que estaba segura de que podían escucharlo.

Entonces, algo inesperado.

Un gato callejero salió disparado desde un contenedor de basura volcado, cruzando la calle en dirección opuesta con un maullido agudo.

Los soldados reaccionaron instintivamente, dos de ellos apuntando sus armas hacia el sonido antes de bajarlas con evidente frustración.

—Maldita sea —murmuró uno de ellos.

Ghost permaneció inmóvil un momento más, observando la esquina donde Danna se escondía. Luego, lentamente, dio media vuelta y regresó hacia el perímetro de las cajas.

Danna soltó el aire que había estado conteniendo, tan despacio que apenas movió los labios.

—Sellaremos el área por completo —dijo el Capitán Price, guardando su radio—. Nadie entra ni sale hasta que llegue el equipo especializado de contención. Y quiero cámaras en cada esquina. Si hay civiles merodeando, necesito saberlo.

—Entendido, señor.

Danna sabía que tenía minutos, tal vez menos, antes de que montaran un perímetro completo. Si se quedaba, la encontrarían. Si corría, la verían.

Piensa. Piensa como lo harías en el refugio cuando necesitas acercarte a un perro agresivo sin que te muerda.

Observó el terreno. Había un callejón estrecho tres metros a su izquierda, casi invisible entre dos edificios derrumbados. Si llegaba hasta allí sin hacer ruido, podría rodear el área por detrás y salir por la calle paralela.

Esperó.

Contó los movimientos de los soldados. Sus patrones. Sus tiempos de reacción.

Cuando el Capitán Price se agachó para revisar una de las lonas y Ghost estaba de espaldas hablando por su comunicador, Danna se movió.

No corrió.

Caminó rápido, pegada a las paredes, con pasos ligeros, como si el suelo fuera hielo delgado a punto de quebrarse.

Diez pasos.

Cinco.

Dos.

Llegó al callejón.

Se deslizó dentro, conteniendo un gemido de alivio, y siguió avanzando entre la oscuridad creciente, apartando escombros y evitando pisar charcos de agua estancada que podrían delatar su posición.

Solo cuando estuvo a una cuadra completa de distancia, rodeando por el lado opuesto del barrio, se permitió correr.

Corrió sin mirar atrás.

Corrió hasta que sus pulmones ardieron y sus piernas temblaron.

Corrió hasta llegar a una zona iluminada, con gente caminando normalmente, ajenos a lo que acababa de presenciar.




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