ODELL
UN DÍA ANTES
Mi reloj no marca que haya pasado ni media hora, cuando escuchamos un estruendo afuera de la casa. Un disparo. Enseguida los tres nos ponemos en alerta.
—¡Que alguien vaya a por Aglaia, Eryx, Liun y Cadie! —oigo decir a Uranus, quién se ha levantado como si la silla tuviera un muelle.
Salgo al pasillo y sin pensarlo. Voy abriendo todas las puertas de cada habitación, hasta dar con ellos, en el cuarto de las niñas.
—¿Enanos? —digo con la voz ahogada. Los nervios los tenía a flor de piel. Los cuatro estaban bajo las sábanas, resguardándose de cualquier cosa que pudiera ocurrir.
Me acerco a su posición y lentamente voy apartando la sábana. La imagen que mis ojos ven me destroza por dentro por completo. Aglaia mantiene a Liun en sus brazos, abrazándolo fuerte. Liun mantiene su cabeza resguardada en el pecho de su hermana mayor. Por otro lado, estaban Eryx y Cadie. Cadie se resguardaba en los brazos de su primo. Los sollozos y los hipidos no faltaban en lo absoluto.
—Renacuajos —susurro mientras me agacho para estar al nivel de ellos —. Vamos os llevaré a un lugar seguro —acaricio la espalda de Cadie y con el toque percibí la respiración de Cadie muy acelerada, con cuidado quite los brazos de Eryx a su alrededor y la cogí en brazos —. Tranquila, cariño —mi mano libre pasa una y otra vez por su pelo, su cabeza descansa en mi hombro —Seguidme —hablé en cuento me pude poner de pie con la renacuaja en brazos.
En el pasillo nos encontramos a Denes yéndose al piso inferior para tener conciencia de lo que sucedía en la calle.
Otra descarga se da en este momento.
Mi hermano aparece detrás de nosotros moviendo los ojos como si estuviera ido.
Las escaleras crujen por los pasos tan bruscos de Denes, quién sube veloz, y en menos de tres segundos se planta delante nuestro.
—Odell, lleva a los pequeños al ático. Se quedarán allí —habla nervioso y con prisas. Lo que esté ocurriendo no es algo insignificante.
—Tranquila —le froto la espalda con delicadeza —. Iremos a un lugar seguro.
No suelo ser una persona muy cercana y tampoco familiar, pero con mis primos pequeños, esa faceta escondida bajo muchas capas sale a relucir cuando ellos revolotean alrededor y les sucede algo. El instinto protector sale a la luz.
La situación a la que nos enfrentamos no pinta nada bien y las personas que pueden equilibrar la balanza a nuestro valor se marcharon de casa. ¡Mierda! Estamos fritos como patatas fritas.
Recorrí el pasillo hasta llegar a la última puerta. El cuarto siempre ha sido una especie de trastero y por ahora no va a cambiar ese hecho. Este lugar esconde una trampilla para acceder al ático dónde se quedarán tranquilos.
Me acuerdo de algo muy importante y que los enanos puede que lo lleguen a utilizar para que no escuchen nada de lo que ocurra en las plantas inferiores. Unos auriculares.
—Uranus —llamo a mi hermano, porque seguro que Denes estaría en la planta de abajo y no escucharía nada.
—Dime —se asoma por el canto de la puerta agarrándose con las manos.
—Necesito auriculares para los niños —ladeo la cabeza en dirección a los cuatro más pequeños y enseguida me entiende.
—Enseguida —y desaparece.
Nunca nos ha acechado ningún peligro o al menos yo no me he percatado de ello hasta ahora y también está la parte de que nunca nos han dejado solos nuestros padres y abuelos.
¿Sabrían qué pasaría algo de tanta magnitud? Porque no es ni medio normal que unos desconocidos como los que están fuera de nuestra residencia nos están fusilando la casa.
En poco menos de dos minutos llega Uranus con un par de cascos para los niños que se encuentran quietos con la mirada perdida.
—Gracias, hermano —le agradezco, y cambio mi enfoque a los enanos —. Enanos —les llamo alzando un poco la voz para que sus cerebros reaccionen, porque parecen unos robots, en vez de humanos —. Ahora subiremos por unas escaleras a una especie de refugio donde os tendréis que quedar hasta que podamos volver a por vosotros. ¿Lo habéis entendido?
—Sí —dice la portavoz de los cuatro; Aglaia. Los demás asienten con sus cabecitas como si tuvieran un muelle.
—Niños, quedaros un momento con Uranus. Por favor —les pido. Y me hacen caso. Dejo en el suelo a Cadie, sin antes darle un beso en la frente y susurrarle algo —. Todo estará bien, peque.
Me pongo debajo de la trampilla y alargo mi mano para llegar a la cuerda, la enrosco en mi mano y tiro de ella con fuerza hasta que comienzo a ver la escalera y la desplego para que llegue hasta el suelo y podamos subir.
—Uranus —voy a necesitar su ayuda —subo yo primero, tú te quedas abajo y vas ayudando a que suban y yo los espero arriba, ¿sí?
—Perfecto.
Por lo que puedo notar las escaleras son estables, algo a su favor. Llego a lo más alto y me pongo de pie por un momento para poder recolocarme y ayudar a los más pequeños a llegar.
—Ya puedo —indico con un gesto con la mano alargando los dedos y encogiéndolos hacía mí.
Editado: 19.09.2026