Calix

CAPÍTULO 17

CALIX

Dejar atrás a Hester y a Lysander no ha sido fácil. Algunas decisiones no son sencillas, hay que gestionarlas. Lo que no podía hacer era meter a los cuatro niños con personas que no confío y no sé qué pueden llegar a hacer si me descuido un momento. Me niego.

Estoy dividido, porque he dejado a merced de ellos a mis primos. Ahora bien, ellos también se lo han buscado solos. Desde un inicio han estado apegados a ellos sin casi conocerlos. La persona que más podría conocerlos, soy yo, y nunca me interesó. Detecto enseguida cuando una persona no me agrada en exceso. El cuarteto me da esa sensación de peligro y mi cuerpo pide huir, alejarse para mantenerme a salvo.

Los niños siguen sin inmutarse. Cuando digo que hay que parar lo hacen, si se tienen que quedar cerca de mí, también.

Ahora estamos en una furgoneta blindada con Barend al mando del volante y con tres camionetas más siguiéndonos de cerca. Le pregunté y su única respuesta fue: son de los buenos, señor. Confía.

¿Lo que hago yo? Desconfiar. Minuto a minuto.

No vamos a casa y mis nervios comienzan a florecer. Mis ojos van a parar al retrovisor. Solo capto camionetas negras. No hay más tráfico, que nosotros y ellos. Lo próximo que hago es mirar para atrás para verificar como se encuentran los demás. Todo en orden. Duermen como angelitos. Cada uno sentado en su asiento y con su cojín de viaje para que la cabeza no haga de las suyas y no duela. Los cuatro tienen una facilidad para dormirse casi insólita.

—¿Cuánto dura este viaje al lugar desconocido? —después de convivir un par de semanas con el cuarteto gracias a mis primos, mi confianza en personas desconocidas y que no son de mi circulo han bajado a un 1%.

Mi dolor de barriga habitual vuelve. Espero que este trayecto sea corto porque puede que tengamos que bajar para que yo no vomite dentro del vehículo. La incertidumbre es horrible y yo lo llevo fatal. No entiendo cómo hemos acabado aquí. Bueno, en realidad sí. Ahora bien, pensaba que volveríamos a la mansión a resguardarnos.

—Quedan cinco minutos. Cálmese, señor Doskas —odio que se dirijan de esa forma. ¡Tengo 18 años! No un señor de 60 años.

Mis ojos vuelan al frente. No creo que sea conveniente contestar. Evade las preguntas y las esquiva con facilidad, siendo tajante con ellas.

En la dirección a la que vamos hay 3 carriles incluyendo en el que vamos. La población la hemos dejado atrás junto con el aeropuerto, pero soy consciente de que no nos alejamos mucho de Dortmund, quizás estamos a las afueras. Hay pabellones de un lado de la carretera y del otro. Por el rabillo del ojo observo como Barend me echa una mirada rápida antes de llevar otra vez sus ojos al frente para conducir.

—En efecto, nos encontramos a las afueras.

Con esas palabras me habrá imaginado un tono distinto. Tétrico, en el cual minutos después aparcara el coche en el arcén y nos matara uno a uno. Todo es imaginación mía. No se detiene, sigue, y en la primera salida que hay, pone el intermitente. Llegamos a una rotonda y salimos por la tercera salida. El terreno que aprecio desde mi asiento se ve como un desierto, no hay nada de hierbajos. Seguimos por un camino que no está asfaltado, es arenilla, y lo sé porque por los laterales se ve cómo se levanta el polvo conforme pasamos. Al final del camino se ve muy bien los edificios no muy altos, pero imponentes. Leo perfectamente las siglas «A.I.A.G» en gris y el miedo que podría haber tenido desde que salimos del aeropuerto y supe que no iríamos a casa, desaparece por completo.

Nos quedaremos en un lugar seguro. Una media sonrisa aparece en mis labios.

—Estarán seguros aquí —no dice más. Traspasamos una verja metálica en la cual se hallan incrustadas las siglas. Al menos estoy seguro de que es un lugar seguro. Ya no por mí, si no por los que descansan en los asientos traseros.

Barend baja la ventanilla para hablar con uno de los guardias que acaba de salir de la garita para darle paso libre para avanzar y le abre la barrera.

—Bienvenidos —asiento con la cabeza —. Os esperan dentro —es lo único que agrega.

Barend sube la ventanilla y pone en funcionamiento el coche para avanzar. Lo que percibo es que las furgonetas que nos han estado siguiendo también entran tras nosotros. No nos adelantan, bajan la velocidad dejando un considerable espacio, cómo si necesitáramos respaldo aquí dentro. Seguro deben tener todo monitorizado.

Empiezo a escuchar ruidos perezosos en la parte trasera y me apresuro a mirarlos. Cadie y Aglaia, las más cercanas a mí, mantienen los ojos medio cerrados aún, y tienen cara de sueño; obvio. Cadie tiene una marca en su moflete por haber pasado bastante rato en esa postura, y eso que el viaje no fue muy largo.

—¿Llegamos? —pregunta una Aglaia bostezando.

—Al parecer sí, pequeña.

—Bien —alarga la palabra todo lo que puede.

Mis ojos van más atrás. Juliun y mi hermano mantienen una conversación algo privada, solo escucho palabras distorsionadas. No me preocupo.

—¿Todo bien por allí? —levantan la mirada y ponen toda la atención del mundo. Los dos me regalan una sonrisa sincera. ¡Esos son mis niños!

Quizás alguna persona que tenga mi edad no querría tener tanta relación con niños tan pequeños, les daría pereza y preferirían salir con su grupo de amigo. Por el contrario, yo soy un chico de familia y me siento más tranquilo rodeado de mis personas.



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En el texto hay: misterio, secuestro, supervivencia

Editado: 07.10.2026

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