Contrato de Amor prohibido enamorarse

Suspiros De Esperanza

Todos tenemos nuestra perspectiva de las cosas. Cuando tenemos un chisme que contar, cada quien lo relata a su manera: uno le añade, otro le quita, y la verdad con la que empezó se distorsiona por completo. De eso trata este capítulo. ¿Será verdad lo que dice Frank? ¿Tendrá realmente la directora la intención de hacer algo así? ¿Qué está pasando aquí?
​—¡Necesito que me lleve con la directora Gretel a su oficina inmediatamente, por favor! Me urge hablar con ella lo más rápido posible.
​El guardia de seguridad no aparta la mirada; voltea los ojos a un lado y al otro, empieza a sudar frío, traga saliva y le dice:
​—Enseguida... Enseguida la llevo con la directora.
​—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué se queda callado? ¿Está usted muy nervioso? ¿Hay algo aquí que nadie me quiere decir? —insiste Etel.
​—Solo tranquilícese, por favor, ¿sabe qué...?
​Etel lo señala con el dedo en la cara:
​—¡Ya me cansé de que todo el mundo me diga que me calme! No me voy a calmar. ¿No entienden que aquí tengo muchas cosas en juego? ¿O piensan que yo tengo el tiempo y el dinero para venir a pasearme a Alemania cuantas veces quiera? ¡Mi empresa se está hundiendo y ustedes me están haciendo perder el tiempo! Aquí hay un montonal de mentiras que ya estoy descubriendo, y créame: si descubro que la directora en verdad tiene esas intenciones, no me voy a detener ante nadie. Sea usted, sea ella o sean todos los guardias de seguridad quienes estén implicados, créame que no me voy a detener. Aquí van a rodar cabezas y va a haber culpables. Como decía mi abuelita: "Aquí hay muchas manos y ya están saliendo los trapitos al sol".
​El guardia de seguridad agacha la cabeza, da media vuelta y le indica:
​—Sígame.
​La lleva directo a la oficina de la directora y abre la puerta. Etel entra sin vacilar:
​—Directora, vengo aquí para que me diga la verdad.
​Gretel la mira con desdén y responde:
​—¿Qué verdad? ¿De qué me está usted hablando? Siéntese, por favor.
​—Me estoy enterando de la verdad. ¿Es verdad que usted está inculpando a Frank porque quien realmente resultó asesinado es su primo, y todo este tiempo lo tuvo en aislamiento? Obviamente le daba de comer; no le convenía que lo encontraran desnutrido porque entonces se iba a descubrir dónde lo tenía oculto. ¡Pero me acabo de enterar de que todo es un plan suyo porque quiere que yo haga un trato con usted a cambio de dinero! ¿Es esto cierto? ¿Esto es una cuestión personal y no el procedimiento de una directora de una cárcel? O me dice la verdad, o yo misma me dirijo con otras instancias.
​Gretel suelta una carcajada seca. Luego golpea el escritorio con las palmas de ambas manos, la mira fijamente a los ojos y sentencia:
​—Frank no va a salir de aquí. Puede hacer lo que quiera, puede traer a toda la gente que se le antoje. Puede traerle comida —como sé que se la trae cada vez que viene a verlo—, puede traerle todos los útiles de limpieza que necesite, todos sus trapitos, sus comiditas, sus verduritas, todo lo que requiera el niño para comer y vestir... pero no va a salir de aquí. No lo voy a dejar en libertad. O se arregla conmigo, o aquí se queda Frank. Háágale como pueda. A mí su empresa me importa tres carajos.
​Etel se levanta de golpe, se recarga con las manos sobre el escritorio, se le acerca tanto que casi la roza y le dice con voz helada:
​—Usted ha elegido su destino. Muy bien, nos vamos a dirigir de otra manera. Nos vemos luego. Con permiso, directora Gretel. Que esté muy bien, cuídese. Anda tanto loco por ahí...
​Gretel la mira con furia, y Etel remata antes de cerrar:
​—Sí, la verdad cuídese usted también. No le vaya a pasar algo.
​Sale dando un portazo. En el pasillo, se lleva las manos a la cara, se frota la cabeza, se muerde las uñas y suspira con fuerza, apretándose el rostro con desesperación mientras se truena los dedos. Piensa para sus adentros: Yo no me puedo quedar así. Simple y sencillamente, no me puedo quedar de brazos cruzados. Tengo que hacer algo, tengo que actuar. Es obvio que lo que dice Frank es cierto; tengo que sacarlo de aquí como sea.
​De pronto, una voz la frena:
​—¡Señorita, señorita, venga, venga!
​Es un guardia que le hace seña con el dedo en los labios para que guarde silencio y no haga ruido. El hombre voltea a ambos lados, mira al frente, y a una de sus manos le empieza a dar un ligero temblor mientras se rasca una pierna con nerviosismo.
​—¿Qué pasa? ¿Qué le sucede? —le pregunta Etel.
​—Joven Francisco... Así es, señorita. Yo la puedo ayudar a liberar a Frank. En la cárcel tenemos cámaras por todos lados; en el área de patio hay cobertura total y está todo grabado. Yo la puedo ayudar a conseguir esa cinta para que se la entregue al juez, demostrarle las intenciones de la directora y lograr que libere a Frank. Pienso que va a quedar absuelto de sus cargos debido a lo que usted le va a comprobar.
​Etel lo mira con desconfianza:
​—Oiga, Francisco... y ¿por qué razón habría de ayudarme? ¿Qué quiere obtener a cambio? Soy una completa extraña para usted, no le veo ningún sentido a que quiera arriesgarse por mí.
​Francisco suspira con pesadez:
​—Sí puedo ayudarla, y lo voy a hacer por la sencilla razón de que Frank es muy amigo mío. De hecho, es cercano a varios de los guardias de aquí. Conocemos su caso y sabemos lo que hacía, pero... ¿quién no ha intentado, o quién no lo haría, teniendo su cerebro para hacer lo que hizo? Solamente un tonto, con su inteligencia, no se dedicaría a lo que él se dedicó. Yo también lo habría hecho. Cometimos un error; cualquiera puede tenerlo cuando toca dinero y pierde piso. Una vez que perdemos el piso, lo perdemos todo.
​Suspira de nuevo, baja la vista al suelo y repite en un susurro:
​—De verdad lo perdemos todo... O lo que considerábamos para nosotros el "todo", desviando nuestra atención de lo verdaderamente importante.
​—¿Le puedo preguntar por qué me dice esto? —le interrumpe Etel con suavidad.
​El guardia inhala y exhala profundamente tres veces antes de continuar:
​—Sí. Le cuento muy brevemente, aunque a quien quiero que ayude es a Frank, no a mí. Mi historia ya es otra. Mis padres... en fin, vivíamos en un hospital enorme de privilegios. Como cualquier familia que toca el dinero, teníamos una posición desahogada; podía comprar el teléfono más nuevo hoy y tirarlo mañana solo porque salió otro. Todo lo podía tener. Pero me faltó lo más importante: el amor y la atención de una madre y un padre. No los juzgo, créame que no. Ellos intentaban salvar un patrimonio para la familia; así lo veo hoy. No los culpo, ni los justifico, ni quiero juzgar como si fuera perfecto, cuando soy el más imperfecto de todos. ¿Cuántas veces me veo al espejo y veo al monstruo que soy, sin poder reconocerme realmente? ¿Y cómo terminó la historia? El edificio se vino abajo en deudas, terminaron embargándonos y un día nos lanzaron a la calle. Así de literal: a la calle con lo puesto. ¿Y yo qué hacía? Estaba con una mujer que al final me falló por completo. Debí haber estado ahí para lo importante, y cometí tantos errores... Tantas oportunidades perdidas. Por eso hoy decido ayudar a quien realmente se puede, a quien se deja ayudar y se lo merece: Frank. Créame que su historia no va a ser en vano.
​Los ojos de Etel se llenan de lágrimas:
​—No puedo creer que haya vivido todo eso... Es verdaderamente fuerte. De haberlo tenido todo a no tener nada... Pero le prometo que su historia tampoco va a ser en vano. Yo voy a ayudar a Frank, y usted me va a ayudar a mí.
​—Así es. Juntos vamos a lograr que Frank salga de aquí —asiente Francisco con firmeza—. Usted solo necesita tener fe. Esta noche le conseguiré la cinta de ese día. No será fácil que me la den, pero la mayoría de los guardias de aquí estamos del lado de Frank. La directora lleva muchos años abusando de su puesto, exprimiendo a los reos que deberían salir y se quedan por falta de familia, de dinero o de apoyo. ¡Pudiendo ayudarlos! Yo la voy a ayudar.
​—Muchas gracias —dice ella con la voz temblorosa.
​—Muy bien. Le pido lo siguiente: váyase a su habitación de hotel, descanse, continúe con lo suyo y deje que todo caiga en su lugar. Mañana venga a la visita con normalidad. Yo me encargaré de que nos lleven al mismo salón de hoy para que hablemos y ahí mismo le entregaré la cinta. Ese mismo día le daré la carta firmada por el juez para que se lleve a Frank bajo su custodia, tal como lo indicó el magistrado, mientras se arregla su situación legal y demuestra buena conducta fuera de la prisión.
​—Sí, conozco la prórroga —confirma Etel—. Sé cuántos meses debe cumplir con buen comportamiento para que el juez limpie su expediente por completo.
​—Perfectamente. Entonces así le haremos.
​Etel se retira disimulando una sonrisa y una falsa tranquilidad. Al llegar a su habitación de hotel, se encierra, toma un baño largo y deja escapar un suspiro larguísimo. No quiere ver la televisión ni saber nada del exterior. Aunque el día estuvo cargado de esperanza, el cansancio mental es abrumador. Se toca la frente y murmura para sí misma:
​—No puedo más... Solo espero, Dios mío, que mañana pueda ir de tu mano, y que de tu misma mano me dejes regresar con Frank.




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