—¿Qué pasa cuando nosotros pensamos tener la razón, o cuando la vida nos hace creer que la tenemos y después...? —le dice el detective a la señorita Ethel.
Ethel empieza a golpear ligeramente con la pluma, la sacude y se golpea con ella en la palma de la mano.
—¿Tiene algo que decir? —su abogado le dice a Ethel—: Está en todo su derecho de no decir nada, de simplemente callar. ¿Puede proceder, detective, con el interrogatorio?
El detective empieza a interrogarla de nuevo:
—Me temo que ya le tenemos la respuesta a lo que usted nos comentó, de que usted estaba en el restaurante comiendo. Como le comenté, iba a investigar. Cuando usted ahorita entró, cuando la trajo el guardia de seguridad de su celda, me percaté de que usted venía muy nerviosa: venía volteando para todos lados, rascándose la cabeza, mordiéndose el labio, entre otras situaciones que le noté.
—¿De qué habla? Yo no sé de qué está hablando, detective. Sinceramente, soy una persona que padece de ansiedad, soy una persona muy nerviosa, entonces todo eso que me está diciendo es mi mera enfermedad.
—¿Tiene usted dice... —lo interrumpe el detective— ese diagnóstico estipulado en un escrito en el cual usted tenga respaldado que su trastorno de ansiedad conlleva todos esos síntomas, y también conlleva a mentirme?
Ethel le responde:
—Está usted equivocado, detective Méndez, de verdad está usted mal. Seguro usted al momento de marcar le confirmaron lo que yo le estoy diciendo: yo estaba en el restaurante muy bien. ¿Me puede decir la hora? Porque yo le tengo la hora exacta en el cual mataron a la directora Gretel. La directora Gretel fue asesinada a las nueve de la noche. Alguien entró como entre ocho o ocho y media a la cárcel y la asesinó; tuvo el apoyo de un guardia de seguridad, que fue el que la dejó entrar, y fue ahí donde se suscitó el asesinato.
—Pues no me queda más que insistirle que usted estaba en el restaurante comiendo, usted no estaba donde dice usted o donde usted me está diciendo que estaba... ¡Usan para sacarla, verdad, una verdad...!
El detective interrumpe poniendo sus manos en el escritorio, acercándose a Ethel y diciéndole:
—...una verdad que voy a sacarle a usted, señorita, de que haya usted cometido eso.
En ese entonces se oye mucho ruido, como que hay un forcejeo en la parte de afuera de la oficina. Se oye que un guardia de seguridad le dice a un reo:
—¿Qué hace usted aquí? Usted no puede estar aquí. ¡Seguridad, se quiere meter este reo a la oficina!
Inmediatamente se levanta el detective Peñate Méndez con una voz fuerte, agarrando de una manera brusca al guardia de seguridad y sosteniéndolo:
—¿Cómo puede ser posible que no tengan control de los reos aquí?
Contesta el guardia de seguridad:
—¡Aquí adentro, al interrogatorio, insiste en entrar y ver a la señorita!
—¿Y usted quién es? —contesta el detective Peñate Méndez, interrogando al reo.
—Yo soy Frank, vengo a defenderla. Yo sé que ella jamás haría una cosa así.
—¿Y quién es usted para decirme a mí lo que tiene usted que hacer?
En ese instante, Frank comienza a golpear al detective y al guardia de seguridad hasta dejarlos inconscientes. Como había hecho mucho ejercicio durante su estancia en la cárcel, tuvo bastante tiempo para ponerse muy bien en forma, lo cual era suficiente.
Frank logra entrar al salón donde estaban Ethel y ellos, el cual tenía mucho silencio y era el único que no tenía cámaras. Inmediatamente después de que logra entrar Frank, Ethel lo nota y le dice:
—¿Qué haces tú aquí? Yo no necesito que me defiendas.
Ethel voltea a ver a Frank y le sonríe.
—No tenemos mucho tiempo, y tú tampoco. Nuestro amigo en común está ahí afuera, no va a dejar que nadie entre, pero tengo solamente diez minutos para decirte la información que tengo en mis manos, la cual desgraciadamente va a impedir que logres salir de la cárcel. Pero si jugamos bien nuestras cartas, voy a lograr que te escapes de la cárcel. La información que tengo es la siguiente: el detective Peñate Méndez es el esposo de la directora Gretel, toda esta entrevista es una mera formalidad para él, te va a hundir. Ella tiene todo listo para hundirte a cadena perpetua sin libertad condicional, y a mí me tiene igual por fraude, por intento de salirme de la cárcel y por amenazas hacia la directora. Tengo estas pruebas.
Le da una memoria USB a Ethel.
—Guárdala bien.
Se agacha, la agarra de la cara a Ethel, le da un beso en la mejilla y le dice la siguiente frase al oído:
—Siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestro.
Y se va en ese instante. El guardia de seguridad —el amigo en común de ambos— toca la puerta tres veces.
Se empieza a poner Ethel nerviosa, a rascarse la cabeza, a tocarse los ojos, a taparse los oídos, a jalarse la cara con sus manos y dice para sí misma.
Unos segundos después, como si nada hubiera pasado, como si Frank nunca hubiera querido entrar al área donde estaban entrevistando a Ethel, como si todo hubiera sido un espejismo o una alucinación, entra el detective Peñate Méndez bastante frustrado y bastante molesto (con las marcas físicas y sangrando de la boca tras haber recibido los golpes). Se deja recargar sobre el escritorio, golpea con fuerza con ambos puños cerrados la mesa, se ve su apariencia roja de la cara. Le dice a Ethel, jalándose la cara y tocando su barbilla:
—¿Me quiere decir usted qué carajos está pasando aquí?
El detective Peñate Méndez, bastante molesto por lo que le había pasado:
—¿Me quiere decir usted por qué Frank me golpeó a mí y al guardia de seguridad Pérez?
—Yo no sé de qué está hablando el detective...
Ethel agacha la cabeza, y con la misma cabeza hace la cabeza para un lado y para el otro diciendo que no, tocándose los ojos y diciendo con su cabeza, moviéndola de un lado al otro:
—No puede ser...
Después levanta la mirada, se le queda bien al detective, pone dos dedos recargados en su frente, dos recargados en su mejilla, el dedo pulgar tocando su barbilla para poder recargar su cabeza, pone cara como que está confundida y le dice al detective:
—La verdad no sé qué está pasando, no tengo nada más que decir.
En ese momento el detective dice lo siguiente:
—¿Me quiere decir usted, en el momento en el que entró Frank aquí con usted, qué diablos se hizo el abogado? ¿A dónde diablo se fue el abogado con tanto Frank?
—No sé de qué me está hablando.
—¿Y ahorita dónde está?
—No sé qué decirle, verdaderamente no sé qué decir.
—Muy bien, por lo visto usted no quiere cooperar, por lo visto usted quiere quedarse aquí, pues así se va a quedar. Vaya sentándose, vaya familiarizándose, porque usted de aquí no va a salir.
Pone un dedo, golpeando con un dedo al escritorio, diciéndole a Ethel muy cerca de ella y balanceándose muy cerca, cara a cara, bastante cerca:
—Usted de aquí no va a salir. Déjame decirle una última cosa: los del hotel me dijeron que usted nunca estuvo en el restaurante a las nueve ni nueve y media, usted nunca salió de la habitación. Pero tenemos pruebas de que por la puerta no salió. ¿Me quiere decir cómo le hizo para que no se mostrara evidencia de que salió? ¿Por dónde salió? ¿A dónde se dirigió? Sí entró a las nueve en punto, pero yo sé que salió, y yo no voy a descansar hasta averiguar que usted salió de esa habitación.
Ethel se levanta, sonríe agachando la mirada al suelo pero sonriente, levanta la mirada con unos ojos que reflejaban sí mismo, se toca el cabello acomodándoselo para un lado, suspira, agarra al detective y lo jala hacia ella:
—Yo que usted ponía más cuidado a las palabras y ponía más cuidado al interrogatorio. Este es un hoyo negro del cual ninguno vamos a salir.
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Editado: 10.09.2026