Siempre la espera de un nuevo capítulo en nuestra vida es una gran incógnita; siempre nos da miedo, incertidumbre, preocupación y ansiedad. Empezamos a sentir mariposas en la panza, un hoyo en el estómago, nos comemos las uñas o no podemos dormir. Nos la pasamos toda la noche con los ojos abiertos, piense y piense, porque simple y sencillamente los nervios, la preocupación y la angustia no nos dejan estar.
Etel se fue a dormir, pero empieza a rascarse los brazos y ve que tiene muchas ronchas con mucha comezón. Se dice a sí misma: "Dios mío, ya es de día, son las 7 de la mañana, tengo que alistarme para ir a ver a Frank, no puede ser posible que esta situación esté así". Se le pone la piel chinita, pero se levanta con firmeza y se mete a bañar. Se alista y pide un Uber para que la lleve a la cárcel.
Al llegar, el guardia de seguridad la detiene y le dice:
—¿Usted es Etel, verdad?
—Sí, así es. ¿Me conoce? ¿Nos conocemos? —Etel se le queda mirando fijamente, lo recorre de pies a cabeza.
El guardia responde:
—No, no nos conocemos, ni yo la conozco a usted ni usted a mí, pero creo que no va a poder ser que vea a Frank ni hoy, ni mañana, ni nunca.
—A ver, no me puede decir usted eso el día de hoy, por favor. ¡No puede ser posible que me esté diciendo esto ahorita! Yo vine por Frank, ya tengo todas las pruebas. El juez me dio 24 horas para mostrarle evidencia sobre el nepotismo y todo lo que está realizando la directora Gretel en la cárcel. Traigo un escrito en mano firmado por él, el cual recogí hace treinta minutos. Por eso voy llegando ahorita a las 11: ¡lo acabo de recoger! Y dictamina libertad condicional; obviamente él queda bajo mi custodia, así que por favor déjeme entrar. ¡Usted no entiende...!
Etel voltea hacia el lado y ve tres patrullas en el estacionamiento de la cárcel, con muchos policías armados bajando y entrando al penal, mientras otros esperan afuera. Asustada, le pregunta al guardia:
—¿Qué pasó aquí? ¿Por qué hay tanta conmoción?
Con las manos temblando, se agarra un brazo con fuerza.
El guardia le pregunta:
—¿Se encuentra usted bien?
Ella inhala, saca aire y responde:
—Sí, estoy muy bien. Dígame, por favor, qué está pasando aquí.
—Acaba de suceder un asesinato, señorita.
—¿Y Frank? ¿Qué le pasa a Frank? —pregunta Etel al borde del pánico.
De repente entra otro guardia y dice:
—Pase, por favor.
La sientan, pero Etel no puede quedarse quieta: se levanta, se vuelve a sentar, camina de un lado a otro, se rasca la cabeza, agacha la mirada y habla consigo misma, repitiéndose una y otra vez mientras camina: "No puede ser, ¿qué está pasando? ¿Qué está pasando ahora? Esto es una mala señal...".
Llega otro guardia de seguridad y le dice:
—Señorita, como bien le dijo mi compañero, usted no va a poder llevarse a Frank. Él no hizo nada malo; hasta ahorita no sabemos qué pasó. Tenemos conocimiento de la carta que le dio el juez liberándolo, pero acaba de suceder un asesinato aquí.
Etel interrumpe al guardia, lo agarra de la chaqueta, lo jala hacia ella y le exige:
—¡Dígame cómo está Frank!
El guardia, apartándola con cuidado, le responde:
—Por favor, señorita, suélteme, me está lastimando. Él está bien, a él no le sucedió nada malo. El asesinato fue en contra de la directora; lamentablemente acaba de perder la vida y no sabemos quién fue. Obviamente estamos investigando a los culpables. Por ende, no puede llevarse a Frank hasta que se aclaren todas las pruebas y él quede liberado de toda duda. Ahorita todos son sospechosos y estamos investigando. Ese es el riesgo de estar aquí; hasta nosotros como guardias corremos ese peligro, señorita. Sabemos que ella tenía más enemigos de lo normal para ser la directora de una cárcel, con el carácter que se gastaba, así que tenemos nuestras sospechas... y lamentablemente Frank es uno de ellos, por el simple hecho de que usted ayer estuvo aquí acusándola de todos esos fraudes. No decimos que las acusaciones no sean ciertas, pero no deja de ser más grave que la hayan asesinado. Y lamento decirle que usted también nos va a tener que acompañar, porque queda detenida como presunta sospechosa del asesinato de la directora Gretel aquí dentro del plantel.
Etel abre los ojos desorbitados, se queda inmóvil. Se le cae el teléfono y el bolso al suelo.
El guardia, cuyo nombre es Juan, le pregunta:
—¿Está usted bien?
Etel responde con la voz cortada:
—¿Cómo quiere que reaccione si me está deteniendo? O sea, ¿me está inculpando por la muerte de la directora?
—No la estoy inculpando, no soy quién para hacerlo, eso lo va a determinar el juez. Por ahorita la vamos a interrogar y de ahí se definirá si es o no culpable. Lo mismo se está haciendo en este momento con Frank y con varios reos del plantel que hayan tenido conflictos recientes con la directora Gretel. Usted es una de las principales sospechosas, puesto que ayer mismo amenazó a la directora delante de un compañero mío, diciéndole de forma diplomática que se cuidara. Así que tanto usted como Frank están bajo sospecha, pero en este momento usted está al tope de la lista. No le voy a mentir ni a ocultar la verdad: las posibilidades de que vaya a la cárcel son muchas. Así que acompáñeme, por favor. Le pido que sea de buena voluntad, de lo contrario solo empeorará su situación. Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga puede y será usado en su contra, tiene derecho a un abogado... Acompáñeme, por favor. Si no tiene uno, nosotros se lo proporcionaremos.
Etel camina arrastrando los pies, bajando la cabeza, llorando desconsolada. Su mente se queda en blanco bajo un torbellino de dudas: ¿Por qué había amenazado a la directora de esa manera? ¿Por qué lo habría hecho? ¿Por qué lo había tomado tan a la ligera en su momento? Ahora, atrapada en la culpa y la desesperación, no puede parar de llorar.
La llevan a una sala de interrogatorios y la sientan. Minutos después llega el detective Peñate para interrogarla.
—Disculpe, ¿cuenta usted con un abogado? —le pregunta.
—No, no cuento con uno —responde Etel.
—Muy bien, se lo proporcionaremos.
El detective Peñate sale de la sala. Dos horas después, entra el abogado Méndez. Aunque Etel sí tenía abogados, al estar en un país extranjero no los tenía cerca.
—¿Viene usted sola esta vez? —le pregunta el detective al regresar—. Porque tengo entendido que la vez pasada vino acompañada de su secretario, cuyo nombre no recuerdo, pero ¿por qué esta vez vino sola?
Etel responde:
—Vine sola porque así me lo pidió la directora. Me dijo que viniera sola porque quería hablar conmigo sobre Frank, porque supuestamente él la había reconocido, porque había tenido amnesia y había estado muy grave. Me pidió que viniera sin compañía, y además fue una recomendación de mi propio secretario, ya que él es de mi entera confianza y es quien conoce todos mis tejes y manejes en mi empresa Chopo. Así me quedaba más tranquila dejándolo a él al frente allá.
El detective Peñate cruza los brazos:
—Tiene que reconocer que es muy sospechoso que justo esta vez haya venido sola, haya amenazado a la directora y ahora la directora aparezca muerta.
Etel suspira:
—Pues mire, ahora que usted lo dice así y viéndolo de esa manera, pues sí podría parecer que soy culpable. ¡Pero la realidad es que no! Yo no tengo nada que ver.
—¡Pero usted la amenazó! —insiste el detective Peñate.
—Sí, yo la amenacé, ¡pero no por esta situación! ¿Cómo se sentiría usted si lo hacen venir a un país extranjero a base de engaños, diciéndole que la persona que debió haber salido hace un mes realmente no tenía nada, y la tenían en aislamiento oculto de mí por el simple y sencillamente capricho de ella? Descubrí que al que hirieron realmente fue a su primo, ¡y ella se desquitó sabiendo que podía sacar dinero de mi parte porque yo necesitaba a Frank! Tomó mi libertad condicional aprobada como el pretexto perfecto para extorsionarme. Quien la haya matado es totalmente ajeno a mí, y obviamente lo hizo con la firme intención de hacerme ver mal.
El detective la mira fijamente:
—Véalo usted misma: todas las pruebas caen en su contra, todo está en su contra. Y ahora dígame exactamente: ¿en dónde estaba usted ayer a las 9 de la noche, la hora en la que se calcula que entraron a atacar a la directora? Se sabe que el asesino entró con una capucha negra larga, tipo gabardina, con la cara tapada y un cuchillo en mano, y le dio treinta navajazos en todo el cuerpo. ¿Me quiere decir exactamente en dónde estaba a esas horas de la noche y si tiene a alguien que respalde su coartada?
A Etel le empieza a temblar la mano y le brota sudor frío. El detective Peñate se da cuenta de inmediato:
—Usted luce muy nerviosa, veo que está sudando y le tiembla la mano.
El abogado Méndez interviene de inmediato:
—No tiene por qué contestar a eso sin...
—¡Voy a contestar! —lo interrumpe Etel con la voz quebrada—. Como bien dice usted, detective, yo no estaba aquí. Yo estaba en mi hotel, rumbo a mi hotel, cené en el restaurante y a esa hora ya estaba en mi habitación.
—¿Le molestará que pidamos información al hotel? —pregunta Peñate con una sonrisa escéptica—. Diciendo que estaba ahí, supongo que el personal la vio cenar y entrar a su habitación, y las cámaras del hotel habrán captado todo... ¿Verdad?
—Muy bien —dice Etel tragando saliva—. Compruébenlo.
El detective se levanta de la mesa:
—Entonces usted pasará la noche aquí mientras averiguamos dónde estaba a esas horas y si es verdad lo que dice. Si llego a descubrir que no estaba ahí... me temo que va a tener problemas muy, muy serios y delicados.
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Editado: 10.09.2026