Despedidas No Escuchadas

Prólogo

Nos enseñan desde siempre que la valentía consiste en resistir. Crecemos creyendo que aferrarse a alguien es la prueba definitiva de cuánto nos importa, y que toda despedida es, en el fondo, un fracaso personal.

Bajo esa falsa premisa de valentía, pasamos gran parte de la vida pidiéndole perdón a fantasmas que ya no nos escuchan. Nos ponemos el peso de la memoria como una armadura y medimos cada uno de nuestros pasos, convencidos de que si hacemos todo perfecto, podremos evitar que las cosas se rompan.

Pero nadie te advierte que los quiebres más profundos casi nunca llegan con gritos o tragedias. A veces suceden en el más absoluto silencio, cuando te das cuenta de que el cariño sigue ahí, pero la energía simplemente se ha esfumado. Tarde o temprano, la vida te obliga a aprender que puedes hacer todo bien y, aun así, las cosas van a fallar.

Es ahí cuando la lección cobra sentido: la verdadera valentía nunca estuvo en aferrarse hasta destruirse. La valentía siempre trató de tener el coraje de soltar mientras todavía queda respeto, de aceptar que alejarse es una forma de salvarse, y de aprender a perdonarse a uno mismo por los adioses que nunca se supieron dar.

​Esa era la lección que Michael llevaba años negándose a asimilar.

​Una mañana fria a las seis y media de la mañana en la Región de Valparaíso no era solo temperatura,era una sensación física que se metía bajo la ropa. Michael estaba de pie en el andén de la estación, con la barbilla hundida en el cuello de su chaqueta y las manos enterradas en los bolsillos. A su alrededor, la neblina difuminaba las luces amarillas, dándole a los demás pasajeros el aspecto de fantasmas grises y silenciosos.

​«Mierda, olvidé la bufanda. Me voy a congelar antes de llegar al puerto», pensó, apretando los dientes para evitar que le castañetearan

​Y en lugar de mirar las vías, mantenía los ojos fijos en la pantalla trizada de su celular. «Vamos, carga de una vez...», se quejó mentalmente, frustrado. El teléfono estaba lentísimo, congelado por la temperatura, y entre la pantalla rota y el brillo bajo, apenas podía distinguir el texto. Estaba intentando leer un PDF de Física, deslizando el pulgar sobre su celular tratando de leer las fórmulas de cinemática y vectores de fuerza. Esa era su zona segura. La ventaja de la física era que los objetos no cambiaban de dirección de la nada; si una fuerza actuaba sobre un cuerpo, había una reacción medible y lógica. No había mensajes en visto, ni finales inexplicables, ni fechas malditas en agosto. Solo números.

​A lo lejos, el pitido del tren Limache-Puerto rasgó el aire helado.

«Al fin».

​Michael subió el volumen de sus audífonos al máximo. Una Canción de Magö de Öz inundó sus oídos, aplastando el ruido de los frenos metálicos y el murmullo de la multitud que empezaba a empujarse. Las puertas se abrieron de golpe frente a él.

​Guardó el celular, apretó la mandíbula y dio un paso hacia el interior del vagón, convencido, una mañana más, de que si lograba moverse lo suficientemente rápido, el pasado jamás lograría alcanzarlo.

PD: holiss, esta es mi primera publicación, esto se basa en mis experiencias de vida, Estaré subiendo la primera parte mientras esto se publica, espero que les guste esta historia y le den mucho apoyo. 🫶🏻




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