El casino del IBC a media mañana estaba repleto y el ruido de fondo era una mezcla constante de conversaciones, risas nerviosas y sillas arrastrándose, pero en la mesa del fondo, el grupo estaba inmerso en su propia burbuja de tensión académica.
La barrera que los dividía era estricta. De un lado, Michael y Catalina miraban fijamente una hoja de ejercicios de la guía de MAT1001. Del otro lado, Carla, Martyna y Angelo peleaban con los demonios superiores de Cálculo y Álgebra Lineal.
Angelo tenía el ceño fruncido, frotándose la barbilla mientras miraba una hoja llena de números que parecían no tener sentido. Golpeó la mesa un par de veces con la goma del portaminas.
-Hermano, te juro que hay algo que no está piolando como tiene que piolar en esta matriz -murmuró Angelo, frustrado, girando el cuaderno para que Carla lo viera-. Hice la reducción por filas tres veces y me sigue dando un sistema incompatible. El profe de Álgebra nos quiere ver destruidos psicológicamente.
Carla se acomodó los lentes, analizando los números con su habitual frialdad.
-Es que multiplicaste mal el signo en la segunda fila, genio -le indicó ella, apuntando con su propio lápiz-. Menos por menos, Angelo. Te ahogas en un vaso de agua.
-Oh, verdad. Retiro lo dicho, el profe es un santo, el problema soy yo -suspiró Angelo, corrigiendo el error rápido-.
-Si factorizo esto, el denominador se hace cero igual -se quejó Michael de pronto, tirando el lápiz sobre su cuaderno, completamente rendido ante su propio ejercicio-. Esta guía de 1001 está maldita.
-Se nota en la tipografía -apoyó Catalina, frotándose los ojos-. ¿Por qué crees que nos mandó ochenta ejercicios? Sabe que estamos en el repechaje y quiere vernos sufrir. Siento que llevo un semestre entero calculando el mismo límite.
Angelo levantó la vista de su matriz, apoyando los codos sobre la mesa con una sonrisa comprensiva. Acomodó ligeramente los cuellos de su chaqueta, pero su atención estaba 100% en sus amigos menores.
-Tranquilos, chanchis -les dijo Angelo, con ese tono de sabio veterano que lo caracterizaba-. Este ramo es pura resistencia mental. Ustedes pasen este colador primero, sobrevivan al repechaje, y después se preocupan del resto. Es frustrante, pero les prometo que cuando lleguen a Álgebra se van a reír de estas guías. Yo les tengo fe.
Martyna, que tenía el teléfono apoyado contra su estuche, seguía jugando una partida de Brawl Stars mientras transcribía fórmulas con la otra mano, un talento multitarea que nadie en la mesa lograba comprender del todo.
-Si mi compañero de equipo no deja de regalarse en los arbustos, voy a tirar el celular por la ventana -murmuró Martyna, moviendo el dedo frenéticamente-. Oye Mike, ¿después de esto te toca ir a la garita en Quilpué o tienes libre?
-Libre, por suerte -respondió él, apoyando el mentón en la mano-. Así que me quedo acá sufriendo con ustedes hasta que nos echen del casino.
En ese instante, el celular de Carla vibró sobre la mesa. Ella lo tomó con lentitud. Su expresión cambió al leer la pantalla. Ladeó un poco la cabeza, frunció el ceño y soltó un bufido que era una mezcla exacta entre confusión y molestia.
-Qué random... -murmuró Carla, dejando el celular boca arriba sobre la mesa.
-¿Qué pasó? ¿Te cancelaron el bloque de las doce? -preguntó Martyna, perdiendo la partida por distraerse con la reacción de su amiga.
-No. Me acaba de hablar la Khary.
El nombre cayó sobre la mesa de metal y el silencio se hizo absoluto.
-Oh, hell nah -soltó Angelo de inmediato, soltando su portaminas sobre el cuaderno, con el rostro poniéndose serio en un segundo-. ¿Me estás hueveando?
Michael sintió que el estómago se le apretaba de golpe, como si estuviera en caída libre. Había pasado toda la mañana, desde que se despidió de su gata Laura, empujando ese nombre al fondo de su mente. Había luchado contra la urgencia masoquista de abrir su chat, ese que estaba muerto desde el abrupto corte del 6 de agosto. Y ahora resulta que ella estaba tecleando. Pero no para él.
-¿Nuestra Khary? ¿O sea, tu ex Khary? -preguntó Catalina, enderezándose en la silla, con los ojos entrecerrados.
-Esa misma -confirmó Carla, agarrando el teléfono de nuevo con desgano-. Me está preguntando si conozco una calle en Viña del Mar. Dice que anda buscando un lugar por allá, y que como se acordó de que yo vivía cerca, quería saber si le podía indicar cómo llegar.
Catalina soltó una risa seca, áspera. Pasó de estar estresada por matemáticas a estar completamente a la defensiva.
-Y esa careraja, ¿qué se cree? -disparó Catalina, cruzándose de brazos-. Ni que fuéramos sus íntimas amigas para que ande preguntando huevadas por WhatsApp como si nada hubiera pasado. ¿Se le olvidó cómo terminaron las cosas contigo, Mike? Qué rabia la gente así, te lo juro.
El corazón de Michael latía demasiado rápido. El fantasma del sueño de la madrugada, ese donde la chica de Estados Unidos le decía "te perdono", chocó de frente con la frialdad e indiferencia de la realidad con la chica de Calama. Pero su instinto, siempre acostumbrado a evitar conflictos y no molestar al resto, se encendió de inmediato.
-Tranqui, Cata, de verdad no pasa nada -intervino Michael, forzando un tono calmado, moviendo las manos sobre la mesa como si intentara apaciguar un incendio-. Si le quieres responder, Carla, dale nomás. Es solo una dirección.
-Mike... -empezó a decir Martyna, dejando su celular de lado, mirándolo con pena.
-En serio, escúchenme. No quiero que haya mala onda por mi culpa -insistió Michael, hablando un poco más rápido de lo normal, sintiendo cómo la ansiedad le subía por la garganta-. Yo no quiero ser el típico ex que las obliga a cortar relaciones. Si ella quiere hablarles, es cosa de ustedes. Yo no tengo problemas. Si se da el caso de que venga para acá al IBC a verlas o se junten, yo simplemente me hago a un lado. Desaparezco un rato, me voy al patio, a la garita, qué sé yo. No quiero estorbar.