La fiesta se apagó antes de la medianoche.
La última en irse fue Carla. Fiel a su costumbre de tener todo bajo control, se había quedado un rato más ayudando a la mamá y a la abuela de Michael a juntar los vasos a medio terminar y barrer el confeti que había quedado esparcido por el piso del living. Cuando el auto que la llevaría de vuelta a su casa por fin llegó, Michael la acompañó hasta la reja. Le dio un último abrazo, largo y silencioso, que ella respondió con un par de palmadas firmes en la espalda antes de irse.
Tras cerrar el portón y ponerle candado a la reja, el silencio de la madrugada volvió a adueñarse del pasaje en Belloto Sur.
Adentro, su mamá y su abuela ya se habían ido a acostar. Michael apagó la última luz del pasillo y caminó hacia su pieza.
Apenas cerró la puerta, el contraste lo golpeó de nuevo, tal como lo había hecho en la tarde. Pero esta vez no había sorpresa. Estaba solo, rodeado por la penumbra de su cuarto, con el olor a las papas fritas y a la bebida todavía pegado en la ropa.
Se dejó caer sentado al borde de la cama, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo la cara entre las manos. Durante toda la tarde, mientras se reía con las tarjetas del Amigos de Mierda y escuchaba las anécdotas de Diana, había estado mentalizándose para este exacto momento. Había estado seguro de que, en cuanto se quedara a solas, el dique se iba a romper. Estaba convencido de que iba a llorar hasta quedarse sin lágrimas, de que todo el veneno acumulado por los celos del 6 de agosto, el desprecio por su pulsera, el mensaje frío de Khary y el fantasma lejano de Estados Unidos le iban a exprimir el pecho hasta dejarlo vacío.
Cerró los ojos en la oscuridad, esperando el nudo en la garganta. Esperando el ardor en los bordes de los párpados.
Pero no pasó nada.
En lugar del llanto desconsolado que había anticipado, lo que escapó de su boca fue un suspiro inmenso. Largo, profundo, como si estuviera desinflando un globo que llevaba meses a punto de reventar.
Michael levantó la cabeza y miró hacia la ventana. No sentía pena. No sentía rabia. Lo que sentía era un alivio tan gigantesco, tan absoluto e indescriptible, que casi le dio vértigo. Era la sensación física de haber soltado una mochila de cuarenta kilos que ni siquiera sabía que llevaba puesta.
Por primera vez en mucho tiempo, la idea de que la chica de Calama estuviera haciendo su vida a unas cuantas cuadras, arrendando esa pieza donde su tía, no le revolvió el estómago. La imagen de ella prestando atención a otro no lo hizo sentir humillado. Todo eso le seguía pareciendo injusto, sí, pero ya no le dolía con la misma intensidad tóxica. El amor brutal que sus amigos le habían inyectado esa tarde había actuado como un antídoto. Le habían demostrado, con presencia y hechos, que no estaba roto, que no era un inmaduro y que su forma de querer era un privilegio para quien supiera recibirlo.
Un peso suave y silencioso aterrizó a su lado en el colchón. Pancha se acercó caminando despacio, olfateó el polerón de Michael y se frotó contra su brazo, soltando un ronroneo ronco.
-Ya pasó, hija -le susurró Michael, acariciándole el lomo. Y al decirlo en voz alta, se dio cuenta de que era verdad.
Ya había pasado. Se recostó en la cama, todavía con la ropa de calle, abrazó a su gata y se quedó dormido en menos de cinco minutos, sumido en la paz más profunda que había experimentado en todo el año.
Tres días después, el martes 17, Michael cumplió oficialmente diecinueve años. Fue un día tranquilo, un puente silencioso entre la euforia de la fiesta sorpresa y la explosión nacional que significaba el 18 de septiembre. Recibió los saludos de su familia, algunos mensajes en el grupo de WhatsApp del repechaje, y sopló una vela pequeña en la cocina de su casa sin pedir ningún deseo, porque sentía que ya le habían adelantado el regalo.
Su mente estaba por fin sana y despejada.
Pero el cuerpo, que siempre tiene una forma extraña de cobrar las deudas atrasadas, tenía otros planes.
Todo empezó la tarde del 18. Fiestas Patrias en Chile no perdona a nadie. La casa se había llenado de olores pesados: empanadas de pino recién salidas del horno, la parrilla humeando en el patio trasero, choripanes con pebre, y vasos de bebida y chicha dando vueltas por la mesa. Michael comió con normalidad, disfrutando del ambiente relajado junto a su familia, sintiéndose genuinamente presente y sin tener que fingir una sonrisa.
Sin embargo, a medida que caía la noche, una punzada sorda se instaló en la boca de su estómago.
Al principio pensó que era solo la mezcla de la comida. La masa, la carne, el ají. Se tomó una infusión de manzanilla, se despidió temprano y se fue a acostar, esperando que el malestar pasara con un buen rato de sueño.
A las tres de la mañana, Michael abrió los ojos de golpe, bañado en un sudor frío y espeso.
El dolor en el abdomen era agudo, como si alguien le estuviera retorciendo las entrañas con las dos manos. Trató de sentarse al borde de la cama, pero un mareo violento le sacudió la cabeza. Ni siquiera alcanzó a ponerse las zapatillas. Salió corriendo por el pasillo descalzo, sintiendo que la boca se le llenaba de saliva, y apenas logró empujar la puerta del baño antes de caer de rodillas frente a la taza del inodoro.
No fue una simple indigestión. Fue un exorcismo.
Michael vomitó hasta el alma. Las arcadas fueron tan violentas que los músculos del abdomen se le contrajeron como si estuviera recibiendo golpes eléctricos. Todo lo que había consumido durante el día desapareció en las primeras dos oleadas, pero su cuerpo no se detuvo ahí. Siguió expulsando bilis, agua, y luego pura nada, contrayéndose en un espasmo doloroso que le cortaba la respiración.
Apoyó la frente sudada contra el borde frío de la cerámica, temblando de pies a cabeza. Tenía la garganta en llamas, un ardor ácido que le subía hasta la nariz, y los ojos llenos de lágrimas involuntarias por el esfuerzo físico. Apenas intentó levantarse, el estómago volvió a traicionarlo y lo obligó a abrazarse a la taza de nuevo.