El calor asfixiante de las estufas del Aulario fue un golpe de gracia después de haber cruzado la Avenida Brasil congelándose la cara.
Michael, Carla y Catalina subieron las escaleras esquivando grupos de mechones ruidosos y llegaron a la sala AU 3-4 justo a tiempo. A través del cristal de la puerta, Michael vio a una de los integrante que era del grupo para completar el círculo de supervivencia que los mantenía cuerdos en esa carrera.
Martyna estaba sentada en una de las mesas del fondo, pero no estaba precisamente repasando apuntes. Tenía el celular sostenido horizontalmente con ambas manos, los pulgares moviéndose a una velocidad frenética sobre la pantalla, y una sonrisa de concentración absoluta en el rostro.
Carla abrió la puerta y Catalina entró primero, tirando su cuaderno sobre la mesa contigua para llamar su atención.
-Ya, guarda el teléfono, loca -le dijo Catalina, riéndose y dándole un toquecito en el hombro-. Si yo tengo que sufrir con PSeInt a esta hora, tú también.
Martyna soltó un quejido dramático, pero no apartó la vista de la pantalla.
-¡Ushhh, Espérate, Cata, que estoy a punto de ganar en supervivencia! ¡Le queda nada de vida a este desgraciado en el Brawl Stars! -exclamó Martyna, moviendo el celular hacia los lados como si eso ayudara a esquivar los ataques virtuales. Un segundo después, soltó un grito de victoria y bloqueó la pantalla, levantando la vista con una sonrisa radiante-. ¡SIIIIII, LO DESTROCÉ!
-¡MIKE! -lo saludó, usando el apodo que se había ganado a pulso a punta de desgracias y anécdotas en el grupo-. Qué bueno que llegaste. Te guardamos el puesto antes de que la Cata empezara a hablar estupideces. Te traje un chocolate, por cierto, sé que andas con el azúcar por el piso.
Martyna rebuscó en su estuche y le entregó un pequeño bombón antes de volver a sentarse. Era imposible no querer a Martyna. Era alegre, graciosa y tenía una capacidad increíble para entender materias complejas sin perder jamás ese lado amoroso y preocupado por los demás. Después de volver de Punta Arenas (Broma interna),en lugar de llegar cansada, parecía haber recargado sus baterías al doscientos por ciento.
-Salvándome la vida como siempre, Marty -sonrió Michael, dejándose caer en la silla vacía junto a ella y desenvolviendo el chocolate-. Estaba tratando de asimilar mentalmente que vamos a reprobar esto por segunda vez, pero con esto se me pasa un poco.
-Habla por ti, Mike -respondió Martyna, mientras abría su propio computador-. Yo vengo a salvar el semestre. Además, tú tienes cerebro de sobra para los algoritmos, solo necesitas relajarte un poco. Si te estresas, te invito a unas partidas de Brawl Stars en la ventana para que te desquites.
Michael sonrió, sacando su computador y dejándolo sobre la mesa. Le gustaba esa dinámica.Cuando estaba con este grupo de amigas, no era el tipo roto que arrastraba el silencio de Calama desde el seis de agosto, ni el idiota que veía el fantasma de una chica de Estados Unidos en el tren Limache-Puerto a las seis de la mañana. Era simplemente un estudiante de diecinueve años intentando sobrevivir.
Eran un grupo disfuncional a ratos, pero se cuidaban entre ellos todos los días.
El murmullo de la sala 3-4 se apagó abruptamente cuando la manilla de la puerta principal giró.
El profesor de Fundamentos de los Algoritmos entró con la misma expresión sombría de siempre, dejando su maletín sobre el escritorio con un golpe seco. En la universidad, a este ramo lo llamaban el colador. Era el filtro donde la mitad de la generación descubría si de verdad servía para la Ciencia de Datos o si estaba ahí por pura inercia. Michael y Catalina ya habían pasado por las aspas de esa licuadora una vez, y el cuatro pelado que él acababa de sacar en la última prueba le recordaba que seguía en la zona de riesgo.
-Buenos días -dijo el profesor, conectando su notebook al proyector sin mirar a nadie a los ojos-. Abran PSeInt. Hoy vamos a ver estructuras condicionales anidadas y, lo más importante, cómo evitar quedarse atrapados en un bucle infinito por culpa de un error lógico.
Carla, que estaba sentada en la fila justo frente a Michael, se giró un poco y le dio un pequeño golpe a la pata de su silla por debajo de la mesa. Fue un gesto sutil, una advertencia muda que conectaba directo con la charla que acababan de tener cruzando la calle.
No te quedes atrapado en un bucle infinito por un error lógico.
Michael tragó saliva, le devolvió una media sonrisa a Carla para indicarle que había captado el mensaje, y fijó la vista en la interfaz en blanco del programa. Con el sabor a chocolate de Martyna todavía en la boca, sintió que tal vez, solo tal vez, podía romper el bucle esa mañana.