El intento de seguir estudiando después del mensaje duró exactamente diez minutos.
Por más que Michael intentó clavar la vista en la guía de MAT1001, los números parecían flotar fuera de la hoja sin ningún sentido. A su lado, Catalina seguía bufando por lo bajo cada dos minutos, todavía con la sangre caliente y mordiendo la tapa de su lápiz, mientras que al frente Angelo había cerrado su cuaderno de Álgebra Lineal tras declarar solemnemente que su cerebro entraba en huelga indefinida por el resto del día.
-Ya, se acabó. No doy más -dijo Carla, cerrando su propio cuaderno de golpe y guardando el estuche en la mochila-. Si sigo mirando otra matriz, voy a empezar a ver vectores en las paredes del metro. Vámonos a caminar un rato antes de que nos dé un colapso nervioso a todos.
-Dios te escuche y te premie, mujer -celebró Catalina, guardando sus hojas de matemáticas casi con violencia dentro de su carpeta-. Necesito aire. Este subterráneo tiene olor a reprobación y a gente desubicada.
-Yo necesito comprarme algo dulce o me voy a desmayar en la vereda -añadió Martyna, bloqueando por fin el celular tras terminar su partida de Brawl Stars y colgándose el bolso al hombro-. Vamos caminando por Avenida Brasil hasta la estación. Te acompañamos al tren, Mike, así no te vas solo todavía.
Michael asintió en silencio, guardando su cuaderno y su portaminas a una velocidad mucho más lenta que el resto. Mientras subía el cierre de su mochila, una duda incómoda se le quedó atravesada en la garganta. En la mesa, Carla había dicho que le habían preguntado por una dirección, y él había asumido automáticamente que era por ahí cerca, en Viña o en Valparaíso. Pero mientras subían las escaleras del IBC y el viento frío del puerto les pegaba en la cara, necesitó confirmarlo.
-Oye, Carla -dijo Michael, tratando de que su voz sonara lo más normal posible mientras cruzaban la calle hacia el bandejón central de Avenida Brasil-. ¿Y por qué parte de Viña andaba buscando calle?
Carla, que iba caminando a su izquierda acomodándose la bufanda, lo miró con el ceño levemente fruncido.
-¿Viña? No, qué Viña -respondió ella con total naturalidad-. Me preguntó por una dirección allá en Quilpué.
Michael sintió un tirón seco en el pecho y acortó el paso sin querer.
-¿En Quilpué? -repitió él, mirando hacia el suelo.
-Sí po. Acuérdate que como ella no es de acá y lleva su tiempo arrendando esa pieza donde su tía, todavía no se ubica bien con todas las calles de Quilpué -explicó Carla encogiéndose de hombros, desde su lógica habitual-. Quería ir a un local que está a un par de cuadras de Los Carrera, tirado para el lado de la estación, y como sabe que yo me manejo bien por allá, me preguntó cómo llegar.
Catalina se giró de inmediato al ver cómo a Michael le cambiaba la expresión por completo.
-O sea, sabe perfectamente que tú trabajas en el centro de Quilpué, que te bajas en esa estación todos los días para tomar colectivo a tu casa, ¿y le pregunta a la Carla cómo moverse por ahí mismo? -soltó Catalina, abriendo los ojos con indignación-. Te juro que cada minuto que pasa encuentro que es más careraja.
-Bueno, igual vive allá donde la tía, Cata, en algún momento tiene que salir -intentó mediar Martyna con suavidad, aunque miró a Michael con preocupación-. Pero igual qué lata que ande justo por el centro a la hora que tú tienes que pasar por ahí para irte a Belloto, Mike.
-No pasa nada, si las calles son públicas -murmuró Michael, metiendo las manos en los bolsillos del polerón y forzando una media sonrisa para que dejaran el tema-. Además, yo vivo para el lado de Belloto Sur, casi llegando a Villa Alemana. Ni que fuera a ir a meterse para allá.
Catalina miró a Carla y luego a Martyna. Como si tuvieran un código silencioso, las tres entendieron que seguir tirando leña al fuego frente a todos solo iba a hacer que Michael se encerrara más en sí mismo. Con la excusa de ir a mirar un carrito de dulces que estaba media cuadra más adelante, las chicas apuraron el paso, discutiendo sobre qué alfajor era más barato.
Angelo, en cambio, hizo exactamente lo contrario. Acortó su zancada larga para quedarse al mismo ritmo pausado de Michael.
Caminaron unos veinte metros en silencio bajo las palmeras altas de Avenida Brasil. El ruido de los buses pasando por la costa y el murmullo de los estudiantes de otras facultades llenaban el ambiente, pero entre ellos dos había una calma distinta. Angelo no lo miraba con lástima, y eso era lo que Michael más agradecía de él.
-Ya, papito -dijo Angelo en voz baja, acomodándose la mochila en un hombro-. Las chiquillas ya están lejos. Conmigo no tienes que poner cara de póker. Te quedaste pegado desde que salimos del casino. ¿Qué es lo que realmente te tiene tan cargado? Porque te conozco, y sé que no es solo el mensaje de hoy.
Michael apretó la mandíbula, mirando sus propias zapatillas avanzar sobre el pavimento gastado. Hasta ese momento, sus amigos solo conocían fragmentos sueltos. Carla sabía cuánto se había esforzado él al principio porque lo había acompañado en algunas locuras, pero ni ella, ni Catalina, ni Martyna sabían los detalles reales de cómo se había derrumbado todo el 6 de agosto. Para el grupo, la versión oficial era simple: las cosas habían terminado mal y desde entonces no hablaban. Michael había preferido callarse el resto por orgullo, o simplemente porque decir la verdad en voz alta hacía que doliera el doble.
-Es que ustedes no saben cómo fue realmente todo ese día, hermano -confesó Michael de pronto, con la voz un poco ronca-. La Cata piensa que todo se cortó de la nada. Y no fue tan así. Venían pasando cosas desde que ella volvió de Calama, días antes del seis.
Angelo lo miró de reojo, prestando absoluta atención, sin interrumpirlo.
-Cuando ella recién llegó de su viaje, yo lo único que quería era verla -siguió Michael, sintiendo que una vez que abría la compuerta ya no podía parar-. La extrañaba caleta. Le pregunté si nos podíamos juntar y de entrada me dijo que no. Después, durante los días siguientes, me fue suspendiendo salidas una tras otra por distintas razones. Y yo la entendí, ¿cachai? Nunca le hice un show por eso, comprendí que tuviera cosas que hacer o sus motivos, aunque por dentro fuera súper penca sentir que yo tenía todas las ganas de verla y ella siempre tenía algo más importante para postergarme.