Despedidas No Escuchadas

Capítulo 8: Cambio de recorrido

La clase de Fundamentos de los Algoritmos había durado las dos horas reglamentarias, pero para Michael se sintió como un semestre entero condensado en diapositivas de estructuras condicionales. Cuando el profesor finalmente dio la instrucción de guardar los proyectos en PSeInt, la sala entera exhaló al unísono.

​Recogieron sus cosas y bajaron hacia el casino de la universidad. El hambre ya estaba haciendo estragos, y la promesa de un almuerzo dudoso pero barato era lo único que los mantenía en pie.

​Encontraron una mesa libre cerca de los ventanales. Apenas se sentaron, Catalina y Carla empezaron a debatir agresivamente sobre el código que el profesor había dejado de tarea, mientras Martyna sacaba su teléfono para otra partida de Brawl Stars, desconectándose del mundo terrenal.

​Michael estaba a punto de morder su sándwich cuando una figura conocida se paró frente a la mesa, dejando caer su bandeja con más fuerza de la necesaria.

​Era Angelo (El último integrante del Grupo). Dentro de la jerarquía del grupo, él era el sabio y experimentado soldado universitario. Antes de aterrizar en el IBC con ellos, Angelo había estado en las trincheras de la Universidad de Valparaíso estudiando Física pura, sobreviviendo a pizarrones llenos de ecuaciones indescifrables hasta que un día tuvo su momento de claridad, se retiró con honores y decidió cambiarse a Ciencia de Datos buscando "algo mejor", o al menos, algo que no le friera el cerebro a diario.

​Michael levantó la vista y notó algo distinto de inmediato, pero fue Carla quien disparó primero, parando su debate con Catalina.

​-Milagro del señor -dijo Carla, abriendo los ojos de par en par y apuntándolo con una papa frita-. Al fin le diste un descanso a tu chaqueta clásica. Te juro que ese pobre pedazo de tela ya estaba pidiendo eutanasia.

​Angelo se sentó junto a ella con un suspiro dramático, pasándose ambas manos por el pelo, y se acomodó los cuellos de su nueva chaqueta oscura.

​-Más respeto con el estilo, por favor -respondió Angelo, alzando el mentón con orgullo-. Me la compré por Shein. Me costó una eternidad esperar el envío, pero la calidad es indiscutible. Hay que renovar energías. Tú deberías entenderlo, Mike, ¿no? A veces uno necesita cambiar el exterior para soportar la burocracia de esta universidad.

​-No sé si la chaqueta de Shein te ayude a pasar Base de Datos, pero de que te ves más abrigado, te ves más abrigado -se rió Michael, chocando el puño con él por encima de la mesa.

​El nivel de teatralidad de Angelo era el alivio cómico perfecto, el caos veterano que necesitaban para no pensar en sus propios problemas académicos.

​Almorzaron entre risas, pero el reloj y el celular no perdonaban. La pantalla del teléfono de Michael se iluminó con un mensaje de la garita en Quilpué. Necesitaban que alguien cubriera un turno de tarde porque un despachador no había llegado.

​A las dos de la tarde, Michael se colgó la mochila al hombro.

​-Ya, cabros. Me tengo que ir, me llamaron para un reemplazo -anunció-. Si no tomo el metro ahora, no llego al trabajo.

​-Suerte, Mike -le dijo Catalina, sin levantar la vista de su celular-. No dejes que las señoras te webeen si se demoran los autos.

​-Trataré -sonrió él-. Nos vemos mañana.

​Salió del casino y caminó de vuelta hacia la Avenida Brasil. El contraste entre la vida universitaria y lo que le esperaba en Quilpué siempre le resultaba fascinante. Mientras el tren EFE Limache-Puerto avanzaba hacia el interior de la región, Michael se preparó mentalmente para su otra realidad.

​Mucha gente en la universidad no entendía cómo un estudiante de Ingeniería en Ciencia de Datos trabajaba como despachador/inspector de colectivos. La verdad era que no había sido un plan maestro, sino pura inercia del aburrimiento.

​A finales de 2024, después de salir de cuarto medio y rendir la PAES, Michael se había encontrado frente a un vacío existencial de tres meses de vacaciones. Sin nada más que hacer que mirar el techo, le preguntó a su tata si podía ir a trabajar con él a la garita de colectivos. No era una locura; en su familia, despachar vehículos era prácticamente una tradición hereditaria. Su madre lo había hecho, su tío también, su tata lo hacía a diario, e increíblemente, hasta su papá había trabajado ahí en su momento.

​Su madre fue su primera instructora. Le enseñó a armar el puzzle de la garita: memorizar las combinaciones, firmar correctamente las guías y anotar las patentes a la velocidad de la luz, algo que con los meses se le volvió un acto reflejo.

​Se ganó el respeto definitivo de los choferes cuando demostró de qué estaba hecho en el año nuevo. Había trabajado el 31 de diciembre desde las 6:30 de la mañana hasta las 11:00 de la noche de corrido. Y no conforme con eso, repitió el mismo horario criminal el 1 y el 2 de enero. Después de esa maratón, se ganó su puesto fijo durante todo el verano.

​Ahora que estaba en la universidad, su ritmo había cambiado. Solo trabajaba fines de semana, festivos, o cuando lo llamaban para salvar emergencias como la de hoy.

​Se bajó en la estación de Quilpué y caminó hasta el punto de control.

​El ambiente ahí olía a humo de escape, a empanadas de la esquina y a asfalto. La garita administraba tres filas distintas y Michael tenía que tener ojos en la espalda para controlarlas: Sol del Pacífico, que era la más corta y rápida; Los Pinos, que era eterna y siempre tenía gente esperando; y Las Torres, que normalmente era corta, a menos que a algún chofer le tocara ir a buscar gente a Los Pinos y se comiera todo el atrochamiento del tráfico.

​Apenas llegó a su puesto con la planilla y el cronómetro, el "Choclo", uno de los choferes más antiguos, le gritó desde su Nissan.

​-¡Llegó el salvador! Oye, Mike, te dejé el auto ahí en la esquina, ¿me lo moví un poco pa' adelante mientras me como un pan?

​-Deja la llave puesta, maestro -respondió Michael, anotando la hora de salida de la fila de Sol del Pacífico.




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