Despedidas No Escuchadas

Capítulo 9: Versos en silencio

El turno en la garita había terminado con el cielo ya completamente oscuro. Cuando Michael giró la llave en la cerradura de su casa en Quilpué, el calor del pasillo lo recibió como un abrazo, marcando un contraste brutal con los bocinazos, el humo de escape y el frío que todavía le zumbaban en los oídos.

​Apenas cruzó la puerta, saludó a su familia, que ya estaba terminando su Once en el comedor. Un par de preguntas rápidas sobre cómo había estado el movimiento en las filas de Los Pinos y Las Torres bastaron para ayudarlo a desconectarse del caos de los colectivos. Era reconfortante saber que, pasara lo que pasara afuera, esa casa siempre era un refugio seguro.

​Pero su turno como cuidador aún no terminaba. Antes de que pudiera llegar a la cocina, dos torpedos de energía lo interceptaron en el pasillo. Kiara y Bonnie, sus dos pastoras alemanas, se abalanzaron sobre él, moviendo la cola con tanta fuerza que casi botan una silla. Michael sonrió, se agachó para dejarse aplastar por los lengüetazos y luego caminó con ellas hacia el patio para servirles su ración de comida, escuchando el crujido satisfactorio de las croquetas contra los platos de metal.

​De vuelta adentro, se lavó las manos y sacó un Pote de vidrio del mueble para prepararse el almuerzo del día siguiente. Era la rutina sagrada del estudiante: asegurar la ración de comida para sobrevivir a las ventanas libres en el casino del IBC, donde los precios a veces no perdonaban.

​Con la mochila lista y la comida guardada, se sacó el polerón y caminó por el pasillo hacia su pieza, sintiendo el agotamiento calándole hasta los huesos. Pero no estaba completamente solo en la oscuridad de su cuarto. Un maullido corto y exigente rompió la quietud.

​Ahí estaba Laura. Su gata, su confidente o, como él prefería llamarla con todo el orgullo del mundo: su hija.

​Estaba sentada estoicamente junto a sus pocillos, mirándolo con esos ojos fijos que claramente decían que se había demorado demasiado.

​-Ya voy, ya voy, pequeña -murmuró Michael.

​Caminó hacia el baño, abrió la llave y le cambió el agua, sabiendo perfectamente que Laura tenía la maña de no tomar si no estaba fresca. La gata se acercó de inmediato a beber, y él aprovechó para rascarle suavemente detrás de las orejas. Ese pequeño ritual era su verdadero cable a tierra. Entre las pastoras alemanas en el patio y Laura en su pieza, sentía que al menos había seres en el mundo a los que no podía fallarles.

​Apagó las luces y se metió a la cama. Apenas se dejó caer sobre el colchón, el peso de la gata hundió ligeramente las sábanas. Laura dio un par de vueltas amasando el plumón y se acurrucó justo a su lado. Michael cerró los ojos, escuchando el motorcito suave de su ronroneo. Fue el último sonido real que registró antes de que el cansancio lo arrastrara hacia la inconsciencia.

​Y entonces, el escenario cambió.

​El peso de la guitarra en sus manos era firme, y el roce de las cuerdas en las yemas de sus dedos se sentía tan real que dolía. El lugar a su alrededor estaba en penumbras, un espacio vacío y sin forma, pero no importaba; la melodía fluía sola, guiada por algo mucho más profundo que la memoria.

​Michael levantó la vista. Y ahí estaba ella.

​A solo unos pasos. Llena de maletas, en la zona de embarque y sin un continente entero de distancia que los separe. Lo miraba en silencio, esperando, con esa misma expresión tranquila que se había llevado consigo.

​Tomó aire, sintiendo que los pulmones le temblaban, y dejó que su voz llenara el vacío entre los dos. No era una conversación, era algo que llevaba atragantado en el pecho demasiado tiempo.

​-Cada silencio es un verso que grito -cantó, sintiendo cómo el nudo en su garganta amenazaba con romperse en cada acorde-. Desde el más allá, no podré observar... Pero te voy a asegurar.

​Ella dio un paso lento hacia él. Las manos de Michael no dejaron de tocar, aferrándose a la madera y al sonido de la guitarra como si fuera la única forma de retenerla.

​-Te haré decir que estás orgullosa de mí. Mantente en pie, para mi camino... Hoy ver...

​La voz se le quebró en esa última sílaba. Bajó la mirada hacia las cuerdas, incapaz de sostener la nota, aplastado por la certeza de que la realidad allá afuera los mantenía separados. Pero entonces, sintió el roce de su ropa. Sus brazos lo rodearon por el cuello, cálidos y familiares, apagando el sonido de la guitarra de golpe.

​-Nunca me fui -susurró ella, tan cerca que pudo sentir su respiración contra su oído-. Estaré siempre aquí.

​Michael cerró los ojos con fuerza, devolviéndole el abrazo con la urgencia de alguien a quien se le acaba el tiempo prestado.

​-Hoy veré cuánto amor tú has guardado -fue lo último que le dijo.

​El eco de su voz se quedó flotando en la oscuridad. Y con ese último verso resonando en su pecho, Michael abrió los ojos de golpe.

​La luz pálida de la madrugada se filtraba por la ventana de su pieza en Quilpué. Estaba acostado en su cama, respirando agitado. Miró hacia un costado; Laura seguía durmiendo plácidamente hecha un ovillo. Luego miró hacia la esquina de la habitación; su guitarra acústica descansaba intacta en su atril, en completo silencio.

​Se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos hasta ver destellos. Su subconsciente era un lugar cruel. Le había fabricado un reencuentro perfecto, le había dado la oportunidad de cantar lo que no pudo decir, solo para arrebatárselo al despertar.

​Se sentó al borde de la cama, cuidando de no despertar a la gata, y el frío del piso le heló los pies. Era absurdo cómo su mente jugaba con él. Acababa de tener a esa persona en sus brazos, sintiendo su consuelo en un sueño, pero cuando encendió la pantalla de su celular por pura memoria, no buscó su contacto.

​Buscó el chat de Calama de manera inconsciente.

​El 6 de agosto marcaba el último día de actividad. La herida vieja y la herida fresca, sangrando al mismo tiempo. El fantasma del sueño que le decía «nunca me fui» contrastaba de forma brutal con la chica que, en la vida real, se había ido en silencio, dejando las cosas destrozadas y sin vuelta atrás. Dos despedidas distintas, dos silencios que pesaban como plomo, y el mismo vacío asfixiante en el pecho.




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