Michael empujó la puerta y dio un paso hacia la oscuridad del pasillo.
Por un microsegundo, su cerebro cansado registró que algo andaba mal. Las cortinas del living estaban cerradas de par en par, bloqueando por completo la luz de la tarde de sábado. No se escuchaba la televisión de su abuela, ni los pasos de su mamá en la cocina. Todo era un vacío silencioso.
Y entonces, el interruptor de la pared sonó con un chasquido seco.
La luz del living estalló de golpe, encegueciéndolo, y al mismo tiempo, un grito unísono hizo vibrar los vidrios de las ventanas:
-¡SORPRESA!
Un cañón de confeti reventó en el aire, llenando el espacio de papeles de colores que cayeron lentamente sobre su polerón. Al instante, un coro desordenado empezó a cantarle el "Cumpleaños Feliz".
Michael se quedó congelado en el marco de la puerta, con la mano todavía pegada a la perilla y los ojos abiertos de par en par. Atrás de él, su padrino soltó una carcajada ronca, le dio un empujón suave por la espalda para obligarlo a entrar y cerró la puerta.
El living de su casa en Belloto Sur estaba lleno. Habían corrido la mesa de centro para hacer espacio, había globos colgados de las lámparas, cosas para picar sobre el comedor, y frente a él, cantando a todo pulmón con sonrisas que les cruzaban la cara, estaban las personas que lo habían sostenido durante el peor mes de su vida.
El pecho de Michael se apretó de una forma tan violenta que casi se olvida de respirar. El choque térmico entre la soledad con la que venía caminando por el centro de Quilpué y la explosión de cariño que tenía frente a sus ojos hizo cortocircuito en su sistema nervioso.
Apenas terminaron la canción entre aplausos, la primera en abalanzarse sobre él fue Diana. Su mejor amiga del colegio, la que lo conocía desde mucho antes de que existieran los repechajes, los trenes a Valparaíso y las crisis amorosas, lo envolvió en un abrazo apretadísimo.
-¡Feliz casi cumpleaños, tonto! -le gritó Diana al oído, emocionada-. ¿Creíste que me iba a perder esta maravilla? Creciste, amigo, te estás poniendo viejo.
-Diana... -logró articular Michael, devolviéndole el abrazo con fuerza, sintiendo que el piso debajo de sus zapatillas por fin dejaba de moverse.
Antes de que pudiera procesarlo del todo, Carla y Martyna ya estaban a su lado. Martyna daba saltitos de emoción, con los ojos brillando, y fue la siguiente en abrazarlo.
-¡Resultó! ¡Carla, mira su cara, resultó perfecto! -celebraba Martyna, riéndose con ganas.
-Obvio que resultó, si lo organizamos nosotras -dijo Carla, acercándose con su habitual calma pero con una sonrisa inmensa en el rostro. Lo abrazó con firmeza, dándole dos palmadas en la espalda-. Feliz cumpleaños adelantado, Mike. Ya era hora de que te tocara celebrar a ti.
-¿Ustedes armaron todo esto? -preguntó Michael, mirando a las chicas, luego a su mamá y a su abuela, que miraban la escena muertas de la risa desde la entrada de la cocina. En ese segundo, todas las piezas cayeron en su lugar: el trámite lejos, el padrino apareciendo mágicamente... Todo había sido una trampa.
De pronto, una sombra enorme lo cubrió. Mathias, que superaba a todos en estatura por lo menos por una cabeza, se acercó con esa tranquilidad inquebrantable que lo caracterizaba. Su chaqueta de cuero y el casco de la moto ya no estaban a la vista; alguien se los había guardado apenas llegó, así que lo recibió libre de peso, dándole un abrazo y un apretón de manos firme.
-Felicidades, hermano -le dijo Mathias con su tono relajado-. Se me durmió hasta la espalda en la moto para llegar, pero aquí estamos, apañando como siempre.
-Gracias, hermano, de verdad, qué bacán que viniste -respondió Michael, soltando una risa nerviosa.
Atrás de él apareció Matías, compartiendo exactamente la misma vibra pacífica y silenciosa que Mathias, saludándolo con un abrazo cálido y sincero. Y luego, Bastián, la pareja de Martyna, que se había integrado al grupo con una naturalidad envidiable, le dio un choque de puños y una sonrisa.
-Felicidades, bro. Te tenían loco las chiquillas preparando esto a tus espaldas, pero valió la pena -le dijo Bastián.
Faltaba uno.
Michael miró hacia el fondo y vio a Angelo acercándose con paso lento. Traía las manos en los bolsillos, sonriendo de oreja a oreja. Cuando estuvo frente a él, lo agarró de los hombros, lo sacudió un poco con cariño y lo atrajo hacia un abrazo fuerte.
-¿Viste, papito? -le susurró Angelo, justo al lado del oído, para que solo él lo escuchara en medio del ruido-. ¿Creíste que te íbamos a dejar solo este fin de semana? Nunca, chanchi. Tu tripulación no te abandona. Feliz cumpleaños.
Michael apretó los ojos. De repente, la puerta del patio se abrió de golpe y Kiara y Bonnie entraron como dos torpedos, ladrando de felicidad al ver a tanta gente, seguidas de Pancha, que miraba todo el alboroto desde los brazos de su mamá.
-Ya, dejen respirar al cumpleañero -pidió su mamá, acercándose para darle un beso-. Ve a dejar tus cosas a la pieza y ven a comer, que los chiquillos trajeron de todo.
Michael asintió en silencio. Recogió su mochila y caminó hacia su cuarto.
Apenas cerró la puerta de su pieza detrás de él, la oscuridad y el silencio de su propio espacio lo golpearon. Tiró la mochila sobre la cama y se apoyó contra la madera, soltando el aire que llevaba conteniendo.
Su cuerpo entró en un estado de shock emocional absoluto.
Puso las palmas de las manos contra sus ojos, sintiendo cómo el pecho le subía y bajaba a una velocidad frenética. Todo el peso de septiembre, la humillación de los celos ignorados en agosto, el dolor de las despedidas y el terror profundo de no ser suficiente para nadie, chocaron de frente con la demostración de amor más grande que había recibido en el año.
Quería llorar. Se le cerró la garganta, los ojos se le llenaron de lágrimas calientes que picaban en los bordes, y un nudo gigante se le instaló en el estómago. Quería deslizarse por la puerta, caer al suelo y llorar a gritos hasta sacar todo el veneno, la pena y el cansancio que llevaba meses tragándose en silencio. Quería desahogar el luto por Khary, por la chica de Estados Unidos, por el repechaje de MAT1001 y por lo mucho que le había costado llegar a sus diecinueve años.