Despedidas No Escuchadas

Capitulo 12: Septiembre

Septiembre llegó a Belloto Sur empujado por un viento helado que levantaba el polvo de las calles y hacía sonar las latas de los techos. Con el cambio de mes, el paisaje de la comuna se transformó de la noche a la mañana. De pronto, todas las casas de los pasajes tenían banderas chilenas colgadas en las rejas, los supermercados del centro de Quilpué se llenaron de ofertas de carbón y carne, y a lo lejos, en alguna casa vecina, siempre sonaba una cueca a destiempo.

​Para cualquier estudiante universitario, septiembre era sinónimo de un respiro inminente. Las Fiestas Patrias significaban días libres, fondas y la pausa necesaria antes de que los certámenes empezaran a masacrar promedios.

​Pero para Michael, la primera quincena de septiembre se sentía como caminar bajo el agua con zapatos de plomo.

​Faltaban apenas unos días para su cumpleaños número diecinueve, y el agotamiento que arrastraba desde mediados de agosto por fin le estaba pasando la factura al cuerpo. El repechaje de MAT1001 lo tenía durmiendo menos de cinco horas diarias. Cuando no estaba peleando con propiedades de logaritmos, factorización y fracciones algebraicas que se negaban a simplificarse en las mesas del IBC junto a Catalina -frustrándose el doble porque era materia de enseñanza media que se suponía ya debían dominar-, estaba en el centro de Quilpué. Ahí, bajo el sol de la tarde, anotaba patentes, escuchaba los gritos de los choferes y despachaba las filas interminables hacia Sol del Pacífico, Los Pinos y Las Torres.

​Era jueves por la noche. Michael estaba tirado de espaldas sobre el plumón de su cama, todavía con la ropa de calle y las zapatillas puestas. Tenía la vista clavada en el techo, observando las sombras que proyectaba el poste de luz de la calle a través de la ventana.

​Un peso tibio y familiar le aterrizó en el estómago, sacándole el aire por un segundo.

​Pancha caminó con elegancia sobre su polerón, dio dos vueltas buscando la posición exacta y se dejó caer sobre su pecho, acomodando la cabeza justo debajo de su barbilla. La gata soltó un ronroneo profundo, un motorcito constante que vibraba contra las costillas de Michael.

​-Tú eres la única que no me pide nada, Pancha -murmuró él, levantando una mano cansada para rascarle detrás de las orejas-. La única que no se decepciona.

​Pancha cerró los ojos, amasando la tela del polerón con sus patas delanteras. Su presencia era el único ancla que evitaba que Michael se dejara arrastrar por completo por la marea del sobrepensamiento, una costumbre que se había vuelto casi incontrolable a medida que se acercaba el 17 de septiembre.

​Cuando uno está a punto de cumplir años, es inevitable mirar hacia atrás. Y el balance que la cabeza de Michael estaba haciendo de su propio año era implacable.

​Aquel discurso de Angelo en Avenida Brasil le había servido para soltar la culpa inmediata por la ruptura con Khary. Sabía que no merecía que lo terminaran por mensaje y que él había amado de forma genuina. Pero cuando la adrenalina de esa revelación bajó con el paso de las semanas, dejó al descubierto una duda mucho más profunda, una grieta que el cansancio no dejaba de ensanchar.

​¿Era realmente una buena persona, o solo alguien que se esforzaba demasiado por no molestar a los demás?

​Se pasó la mano libre por la cara, sintiendo los ojos pesados. Esa tarde, antes de volver a la casa en Belloto Sur, su mamá lo había llamado para pedirle que hiciera un trámite en el centro, algo relacionado con unas cuentas. Él lo hizo, corriendo desde la estación hasta la oficina antes de que cerraran, cruzando Quilpué con el reloj en contra, igual que cuando iba a ver a la chica de Calama. Su mamá le dio las gracias al llegar, pero Michael se encerró en su pieza sintiendo que de todos modos no era suficiente.

​¿Soy un buen hijo? se preguntó, mirando a Pancha. Trabajaba en la garita, intentaba no dar problemas, ayudaba a su abuela con las compras. Pero emocionalmente se sentía distante, encerrado en su propio drama universitario y amoroso, incapaz de ofrecerle a su familia una versión de sí mismo que no estuviera cansada o irritable.

​El ronroneo de la gata subió de volumen, como si intentara tapar el ruido de sus pensamientos. Pero el cerebro de Michael ya había saltado al siguiente tribunal.

​¿Soy un buen amigo? pensó en Catalina, que estaba dispuesta a pelearse con el mundo entero para defenderlo en el casino. Pensó en Carla, que siempre le daba una visión lógica para que no se ahogara en un vaso de agua. Pensó en Martyna regalándole alfajores para el viaje y en Angelo, que le había dado el mejor consejo del año frente a la estación Francia. Todos ellos lo habían sostenido durante su peor mes. ¿Y qué les daba él a cambio? Sentía que solo era el amigo del repechaje, el de los dramas amorosos, el que siempre estaba en el borde del abismo necesitando que lo rescataran. Temía que en algún momento se cansaran de cargar con él.

​Y finalmente, el fantasma más ruidoso de todos se sentó al borde de su cama.

​¿Fui una buena pareja?

​Por mucho que entendiera que la actitud de la chica de Calama había sido cobarde, y por mucho que la chica de Estados Unidos fuera un recuerdo lejano, el denominador común de esos dos fracasos era él. A sus casi diecinueve años, había intentado amar con todo lo que tenía, regalando flores, tejiendo pulseras, haciendo canciones, arriesgando castigos y perdonando a la distancia. Y aún así, ambas historias habían terminado igual: con él solo en su pieza.

​A lo mejor el problema sí soy yo, se dijo a sí mismo en el silencio de la habitación, sintiendo un nudo frío en la garganta. A lo mejor trato de abarcar demasiado, me encariño muy rápido y termino asfixiando a la gente. A lo mejor no soy tan maduro como le dije a Angelo. A lo mejor simplemente soy alguien muy difícil de querer a largo plazo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.