Despedidas No Escuchadas

Capitulo 2: La Cobardia de Cristal

Las despedidas más crueles no hacen ruido, llegan en forma de una notificación en la pantalla.

​El cerebro de Michael llevaba años intentando reescribir la historia, pero la memoria real tenía una fecha y una hora exactas clavadas en el pecho: 5 de junio de 2024. A las 1:11 p.m., su teléfono vibró con el mensaje que detonaría todo.

​«Tengo que decirte algo importante», había escrito ella. «Creo que ya sabes qué es».

​Ahí fue cuando ocurrió el primer cortocircuito. Su mente se bloqueó por completo. La intuición le gritaba que el mundo se le estaba cayendo a pedazos, pero él eligió la negación. Ella intentó suavizar el golpe, le dijo que quería decírselo en persona, frente a frente, pero el miedo de Michael fue más rápido. Atrincherado detrás de la frialdad del chat y con la respiración cortada, se negó a verla. «Dímelo ahora», exigió, obligándola a soltar la bomba a través del cristal.

​Y entonces, llegó ese bloque de texto que todavía se sabía de memoria, palabra por palabra:

​«Como sabes, tengo que viajar. Para mí igual es duro tener que cortar una relación por el tema del viaje, pero tampoco quiero quedarme, y sabes que te he dicho muchas veces que una relación a distancia es injusta tanto para la otra persona como para mí. Sé que es muy pronto para dejar todo, no quiero, pero tampoco quiero dejarlo para uno o dos días antes de irme, sabiendo que los días pasan volando y más con la presión del viaje... Me da mucha pena dar el corte a la relación y todo, pero ya sabes bien el por qué. Hasta tú mismo me dijiste que preferías que te hiciera llorar ahora y no después. No quiero que te bajonees ni nada, recuerda todo lo bonito que hemos hecho durante este poquito tiempo. Por favor, no sufras tanto por esto e intenta seguir adelante. Si tú quieres podemos quedar como amigos, pero nada más que eso».

​Nada más que eso.

​Al leer aquellas líneas, Michael había sentido que el aire abandonaba la habitación.

​«De esta no creo que salga», le tecleó de vuelta, con los dedos temblando y la vista borrosa.

​La respuesta de ella había aparecido casi de inmediato en la pantalla: «Tienes que seguir adelante. No te eches a morir por esto, por favor».

​Y a partir de ese punto exacto, el recuerdo se volvía estático. Una mancha borrosa. A propósito.

​Como si su mente hubiera bajado un telón de acero, Michael evitaba a toda costa recordar qué más se habían dicho después de ese momento. Sabía que la conversación había continuado un poco más, recordaba haber enviado y recibido más textos, pero su cerebro había borrado los detalles a la fuerza. Era un mecanismo de supervivencia puro y duro: mirar el resto de esa conversación era como asomarse a un abismo. Todo lo que vino después de ese "no te eches a morir" estaba envuelto en una niebla espesa y dolorosa que él se negaba a atravesar.

​Por culpa de ese vacío, su mente había tenido que inventar una versión alternativa para no enloquecer. En sus sueños, había creado una despedida distinta donde él tenía el valor de hacer lo correcto: donde estaban frente a frente, donde él rompía la distancia, la abrazaba fuerte y la dejaba ir en paz.

​Pero esa escena hermosa solo era una mentira para calmar la culpa. Se habían despedido en un sueño porque, en la vida real, habían dejado que todo se asfixiara a través de una pantalla.

​Un empujón brusco en el hombro lo devolvió al presente de un solo golpe.

​-Permiso -masculló un oficinista, pasando por su lado para acercarse a las puertas.

​Michael parpadeó rápido, tragando aire de golpe como si acabara de salir del fondo del mar. El tren había vuelto a arrancar, alejándose de la estación de Chorrillos con su traqueteo metálico de siempre.

​Alineó la respiración como pudo, secándose un rastro de sudor frío en la nuca, y volvió a fijar la vista al frente. A solo dos metros de distancia, sosteniéndose de la misma barra superior, estaba la pasajera que acababa de subir. Michael apretó la mandíbula. Sabía que era imposible, que las matemáticas y la maldita geografía le decían que aquella chica estaba a miles de kilómetros en otro continente, pero el parecido lo estaba destruyendo.

​Tenía la misma postura a la defensiva. El mismo corte. Y lo peor de todo: él no podía dejar de mirarla, aterrado de que ella girara la cabeza y los ojos de su fantasma se cruzaran con los suyos.




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