El traqueteo metálico del tren empezó a acelerarse, marcando un compás monótono. Tac-tac. Tac-tac. Michael se hundió en el asiento, cerró los ojos con fuerza y subió el volumen de los audífonos hasta que el bajo de la música le hizo vibrar el esternón.
Quería apagar el cerebro. Necesitaba estar en cualquier otro maldito lugar.
Y entonces, el tac-tac del tren Limache-Puerto se distorsionó.
El sonido del metal contra las vías fue devorado por el chillido agudo y brutal de un motor V6 turbo híbrido, y la voz inconfundible de Fernando Tornello, con su tono épico de domingo por la mañana, irrumpió en su cabeza como un trueno:
-¡Amigos de América! ¡Bienvenidos a la última carrera del año! ¡Llegamos a la definición absoluta del campeonato del mundo bajo las luces de Yas Marina! ¡Están literalmente empatados en puntos! Después de una temporada aguerrida, al límite de lo humano, plagada de abandonos dolorosos y polémicas en cada curva, el que cruce la meta hoy, se lleva la corona.
El frío húmedo del invierno chileno se evaporó en un segundo, reemplazado por el calor sofocante del desierto. Ya no estaba encogido en un vagón de la Región de Valparaíso intentando no romperse; ahora estaba encajado milimétricamente en el monocasco de fibra de carbono de un monoplaza.
-¡Y atención toda la región! -continuaba Tornello, subiendo la intensidad de la narración-. ¡Porque un chileno está haciendo historia grande en la máxima categoría! ¡Está a un solo paso, a solo cinco kilómetros de superar la leyenda de Eliseo Salazar y tocar la gloria eterna!
Cincuenta y siete vueltas completadas. Quedaba una sola. Y su vida entera dependía de esos últimos metros.
Michael miró por el retrovisor izquierdo. El Red Bull de Max Verstappen venía pegado a su alerón trasero, buscando cualquier espacio minúsculo, acechándolo como un depredador. Al frente, a menos de medio segundo, el Ferrari de Lewis Hamilton le bloqueaba el vértice de la curva.
Ahí no había espacio para los recuerdos. En el cockpit, a más de trescientos kilómetros por hora, no existían los chats, ni los cinco de junio, ni los fantasmas con chaquetas grises. Solo importaba la aerodinámica, la degradación de los neumáticos y la fuerza G aplastándole el cuello contra el habitáculo al frenar.
«Esta es mía», pensó, apretando los dientes bajo el casco.
Activó el DRS en la recta trasera. El aire limpio lo empujó hacia adelante. Hamilton cerró el espacio por el interior, pero Michael calculó la física de la frenada con una precisión enfermiza. Retrasó el momento de pisar el freno una fracción de segundo más allá de lo humanamente razonable y se tiró por el exterior. El olor a caucho quemado inundó sus sentidos cuando los neumáticos rozaron el límite absoluto de la adherencia.
Estaba rueda a rueda con el siete veces campeón del mundo. Verstappen aprovechó el hueco e intentó meterse en un movimiento suicida por el interior. Era el caos total. El campeonato dependía de esa curva.
De fondo, la voz de Tornello gritaba al borde del colapso: -¡Atención que se tiran los tres por la frenada! ¡Van al límite de la física!
Michael ajustó el balance de frenada desde el volante y se preparó para dar el volantazo definitivo cuando la radio del equipo crujió en su oído.
-Mike, do you copy? Mike, mate, you need to...
La voz del ingeniero de pista sonó extraña. Distorsionada.
-Mike. ¡Oye, Mike!
La voz de Tornello se apagó de golpe. El Red Bull desapareció de su vista. Las luces de Yas Marina parpadearon hasta fundirse en negro. El calor del desierto se cortó de raíz.
Un empujón fuerte en el hombro derecho lo sacudió, casi haciéndole botar el celular.
-¡Aweonao, espabila! ¡Tierra llamando a Michael!
Abrió los ojos de golpe, desorientado, con el corazón bombeándole adrenalina pura y la respiración agitada. Parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista, mareado por el cambio brusco de escenario.
No había monoplaza. No había volante. No había asfalto.
Estaba sentado en una silla de plástico duro frente a una mesa rayada de la universidad. A su alrededor, el ruido del patio central era un caos de voces reales, risas y pasos apresurados. Frente a él, uno de sus amigas que de carrera lo miraba con el ceño fruncido y un vaso de café en la mano.
-Llevas como cinco minutos mirando a la nada con la pantalla del celular apagada -le dijo su amiga, dándole otro golpecito amistoso en el brazo-. Te estoy preguntando si terminaste la lógica del código en Pseint para Python que pidió el profe, porque si no, estamos fritos.
Michael tragó saliva, sintiendo la garganta áspera. Se quitó los audífonos lentamente. Ni siquiera recordaba en qué momento se había bajado del tren Limache-Puerto, ni cómo había caminado hasta la universidad, ni cómo había llegado a esa silla. Había disociado durante casi una hora entera, permitiendo que su cerebro lo pusiera a trescientos kilómetros por hora para no tener que lidiar con la realidad.
-Sí... -respondió, pasándose una mano por el pelo y exhalando largo, intentando aterrizar de vuelta en su cuerpo-. Sí, hermano. Lo tengo listo.
Suspiró, mirando su propio reflejo cansado en la pantalla negra de su teléfono sobre la mesa. En su cabeza le acababa de ganar a Verstappen y a Hamilton en la última vuelta del mundial, pero en el mundo real, apenas podía ganarle a sus propios recuerdos.