Michael abrió la boca para darle la razón a Carla, dispuesto a admitir que quizás sí estaba rindiéndose antes de tiempo y que debía dejar de darle tantas vueltas a su propia cabeza. Pero antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba, una mochila pesada aterrizó sobre la tercera silla de plástico de la mesa, seguida de un golpe juguetón en su hombro.
-Si me dicen que este weon sigue en las nubes, le tiro el agua encima para que despierte.
Michael parpadeó, girando la cabeza. Catalina ya se estaba sentando, acomodándose con la naturalidad de quien se siente en casa en cualquier parte.
Conocer a Catalina había sido uno de los pocos afortunados del primer semestre. Ella y Carla habían conectado rápido, y antes de que Michael y Carla hablaran de nuevo, Ellas se conocian del primer dia, entonces, Los primeros dias del semestre pasado me dijo que ella estaba en mi paralelo de 1001, después empezaron a hablar mas seguido, hacer los controles juntos y los quizzes online también, por lo que de a poco se fueron acoplando en el grupo (Donde faltan presentar a 2 integrantes mas). Catalina era increíblemente inteligente, del tipo que podía pasar de hacerte reír a carcajadas con una estupidez monumental, Siempre era súper simpática, un salvavidas cuando el ambiente en la facultad se ponía demasiado denso.
-Estaba a punto de darle un sermón por el cuatro pelado que sacó en Algoritmos -dijo Carla, dándole un sorbo a su vaso y señalando a Michael con la cabeza.
-Oye, un cuatro es un cuatro -saltó Catalina de inmediato, apuntándolo con el dedo a modo de defensa-. Se celebra igual. En esta universidad, si respiras y pasas de curso, ya es un logro. Además, venimos de dar la cacha olímpicamente en mate el semestre pasado. Subir a un 5.2 ahora es un milagro estadístico, ¿o no, Mike?
Michael no pudo evitar que una sonrisa sincera se le escapara por primera vez en toda la mañana. La energía de Catalina era contagiosa. Mientras Carla lo leía y lo bajaba a la tierra, Catalina lo empujaba a no tomarse el sufrimiento tan en serio. Eran el equilibrio que necesitaba para no volverse loco.
-Es lo que yo digo -respondió él, sintiendo que el nudo en el pecho cedía un poco-.
-Oooook -replicó Carla, rodando los ojos, aunque con una sonrisa asomándose en la comisura de los labios.
Catalina miró la hora en su celular y dijo:
-Ya, mucho webeo por hoy. Vamos al Aulario que el profe de Algoritmos nos va a cerrar la puerta en la cara y no estoy para reprobar el ramo otra vez.
Salieron del IBC y el ecosistema cambió de golpe. Caminar por la Avenida Brasil a esa hora de la mañana era un deporte de riesgo. Entre esquivar estudiantes apurados, el viento helado del invierno porteño que subía desde el mar y el ruido ensordecedor de las micros frenando de golpe, mantener una conversación requería esfuerzo.
Catalina iba un paso más adelante, comiéndose un pan con huevo que acababa de comprar en el quiosco. Carla caminaba a su lado, mientras Michael las seguía un poco más atrás, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Era cómodo ser el satélite en esa dinámica; le permitía estar acompañado sin la presión de tener que hablar.
Llegaron a la esquina y se detuvieron a esperar que el semáforo cambiara a verde. El ruido del tráfico llenó el silencio por unos segundos. Fue entonces cuando Catalina se giró hacia él, Y con esa repentina seriedad que reservaba solo para las cosas que de verdad importaban.
Intercambió una mirada rápida con Carla -una de esas conversaciones telepáticas que solo las amigas entienden- y luego fijó los ojos en él.
-Oye, Mike... -empezó Catalina, bajando el tono de voz para que no se perdiera entre el ruido de los motores-. Ya hablamos de la universidad, del código y de las notas. Pero fuera de todo lo académico... ¿cómo te has sentido después de... eso?
Michael sintió que el viento de Valparaíso le cortaba la cara con el doble de fuerza.
Eso.
Era increíble cómo una palabra tan corta podía pesar tantas toneladas. Nadie decía su nombre. Nadie mencionaba a K. Nadie hablaba ese dia de agosto, en el que habían dejado de hablar tras ese último problema, ni de cómo todo se había desmoronado en un silencio sepulcral. Para el resto del mundo era simplemente «eso».
Apretó la mandíbula y desvió la mirada hacia el semáforo peatonal, que seguía en rojo. Su primer instinto, el que tenía entrenado y perfeccionado, fue levantar el muro. Decir «estoy bien, ya pasó, es lo que es» y cambiar de tema. Era lo más fácil. Era su respuesta predeterminada.
Pero al mirar de reojo, vio que tanto Catalina como Carla lo estaban esperando. No había lástima en sus ojos. Solo había una preocupación genuina. Estaban ahí, paradas en el frío, sosteniendo el espacio para él.
-Es... raro -admitió finalmente, soltando el aire despacio-. Hay días en los que siento que ya lo asimilé. Que entiendo que las cosas reventaron, que el problema fue demasiado fuerte y que dejar de hablarnos fue lo único que quedaba. Pero hay otros días...
Se detuvo, buscando las palabras correctas para explicar el vacío de ese dia.
-Hay otros días en los que mi cabeza se niega a aceptar la realidad-confesó, sintiendo un nudo en la garganta-. La mente me dice que ya se acabó, que no nos hablamos hace semanas, pero de repente me descubro mirando el celular, esperando un mensaje de ella que sé perfectamente que no va a llegar. O me quedo en blanco, intentando entender en qué segundo exacto pasamos de contarnos todo a ser dos completos desconocidos.
Carla dio un paso más cerca y le dio un pequeño empujón con el hombro, un gesto sutil pero firme.
-Es que los cierres no funcionan como queremos, Mike -dijo Carla, con esa voz suave pero directa-. No le puedes dar una vuelta a la página y que la persona que desaparezca del sistema al día siguiente. Lo de K fue intenso y el problema que tuvieron dejó secuelas. Es normal que todavía andes a medias.