Despedidas No Escuchadas

Capítulo 16: La fragilidad

El último lunes de septiembre, Valparaíso amaneció cubierto por una vaguada costera espesa que se tragaba la punta de los cerros y dejaba el aire con un olor salado y metálico. Cuando Michael bajó del tren en la estación Barón y caminó hacia el IBC, llevaba la mochila bien colgada de los hombros y las manos en los bolsillos. Hacía frío, pero por primera vez en casi dos meses, no sentía ese peso aplastante en el esternón.

El exorcismo físico de Fiestas Patrias había funcionado como un reseteo brutal. La fiebre y el colapso gástrico se habían llevado por el desagüe los últimos restos de la angustia por Khary, la nostalgia por la chica de Estados Unidos y el sobrepensamiento tóxico que lo había torturado antes de cumplir los diecinueve años. Pasar por la estación de Quilpué esa mañana no le había provocado ningún cortocircuito; mirar las calles del centro ya no le traía la imagen de una pulsera ignorada ni de salidas canceladas. Solo era pavimento. Solo era su ruta de transbordo.

Llegó al casino de la facultad y el ruido de las mesas llenas lo recibió como un abrazo familiar.

-¡Revivió el chanchi! -exclamó Angelo desde lejos, levantando un vaso de plumavit a modo de brindis-. Qué milagro, papito, pensé que te íbamos a tener que ir a velar a Belloto Sur.

-Estuve a punto, hermano, no te voy a mentir -respondió Michael, soltando una risa limpia mientras se sentaba en la silla vacía junto a Catalina, que estaba peleando con una guía, como era costumbre-. Pero ya estoy de vuelta. Cero kilómetros.

-Te ves distinto -observó Carla, analizándolo con su clásica mirada escrutadora. Apoyó el mentón sobre sus manos entrelazadas-. Tienes mejor cara. Y eso que vienes saliendo de un cuadro de deshidratación severa. Creo que el reposo forzado te hizo mejor para la cabeza que para la guata, Mike.

-Creo que sí -admitió él, sacando su propio cuaderno.

-Más te vale que hayas vuelto con las neuronas reiniciadas, porque la guía de funciones de MAT1001 que subieron ayer está del terror -interrumpió Catalina, pasándole una hoja llena de fracciones algebraicas que parecían jeroglíficos.

Pero extrañamente, al mirar la hoja, Michael no sintió pánico. MAT1001, el famoso ramo "colador" que reunía todo lo básico desde séptimo básico hasta tercero medio, de pronto dejó de ser un muro de concreto.

Durante las semanas siguientes, a lo largo de todo octubre, Michael comenzó a devorar las guías de matemáticas. Factorizaba, simplificaba logaritmos y resolvía inecuaciones con una fluidez mecánica. Se estaba perfilando para algo grande en ese ramo; ya se había propuesto la meta de sacarse al menos un 5.0 para eximirse y no tener que dar el maldito examen final a fin de año. Y en Desarrollo Integral, su otro ramo, iba bastante bien, sin mayores complicaciones.

Sin embargo, la universidad es experta en el equilibrio kármico. Justo cuando un frente de batalla se despeja, otro se convierte en un infierno. Y para Michael, ese infierno tenía nombre y apellido: Algoritmos y Programación.

El limbo académico en el que entró con ese ramo era una tortura psicológica. No era que no entendiera la materia. Al contrario. Cuando estaba en su casa en Belloto Sur, la lógica de la programación fluía por sus manos. Comprendía perfectamente cómo estructurar un ciclo while, cómo iterar arreglos con un for y cómo optimizar el código. Lo resolvía en veinte minutos y compilaba a la perfección.

El problema era la sala de clases. El problema era la presión, la hoja en blanco y el reloj.

El primer bloqueo fuerte ocurrió a mediados de semestre, durante un control clave. El profesor había dado cuarenta y cinco minutos para desarrollar a mano el código que resolviera un problema de matrices. Michael leyó el enunciado. Sabía hacerlo. Escribió las librerías iniciales... y de pronto, una cortina de acero cayó sobre su cerebro.

¿Y si declaro mal esta variable? ¿Y si el ciclo se vuelve infinito?

Las manos le empezaron a sudar. Entró en un pánico paralizante, un estado de alerta donde su mente analítica se apagó por completo y fue reemplazada por un ruido blanco ensordecedor. Entregó la hoja casi en blanco.

Ese bloqueo se volvió crónico. En su casa era brillante; en las evaluaciones, se transformaba en un novato aterrorizado. Sabía que esa inseguridad lo estaba empujando directo hacia el despeñadero, acercándolo a la última instancia: el examen final.

Pero el estrés de la universidad pronto demostró ser diminuto cuando la vida real decidió intervenir de la forma más cruda posible.

Ocurrió en noviembre, cruzando la noche del miércoles 5 hacia la madrugada del jueves 6.

Michael se había ido a acostar alrededor de las once y media de la noche. Se durmió rápido, vencido por el cansancio. El reloj rondaba la medianoche pasada cuando la luz del pasillo se encendió. Su mamá abrió la puerta de su pieza.

No hubo gritos ni sacudidas. Con esa calma inquebrantable que la caracterizaba, se detuvo en el umbral.

-Michael, levántate -le dijo ella, con un tono completamente normal, sin una sola grieta en la voz-. Necesito que nos acompañes. Tu tata está mal, vamos al hospital.

Michael abrió los ojos de golpe. Que su mamá mantuviera esa tranquilidad aséptica para darle una noticia a medianoche fue lo que disparó todas sus alarmas internas. Saltó de la cama, se vistió a la rápida con lo primero que encontró a mano y salió hacia la pieza de su abuelo.

La escena lo paralizó. Su abuelo, el hombre inquebrantable que se pasaba los días al volante del Toyota Yaris, estaba sentado en la orilla de la cama. Había vomitado hacía un rato, pero ahora estaba completamente inmóvil. Silencioso. Sus ojos parecían perdidos, desconectado de la realidad.

Afuera, una bocina sonó corto. Era su tío Martín, que ya tenía su auto con el motor encendido, listo para salir.

Michael ayudó a cargar a su abuelo, caminando a tropezones por el pasillo. Lo acomodaron en el asiento con mucho esfuerzo. Michael se metió en el asiento de atrás de inmediato.




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