Despedidas No Escuchadas

Capitulo 13: El regreso a casa

​El sábado 14 de septiembre, Quilpué amaneció envuelto en esa neblina típica que anticipaba una tarde de sol radiante y calor primaveral. Para el mediodía, el centro de la comuna ya era un hervidero de gente preparándose para el feriado largo. Los supermercados colapsaban de carros llenos de carbón y carne, de las carnicerías salía el olor metálico y fresco del abasto, y en más de alguna esquina ya se escuchaba el sonido de una cumbia o una cueca rebotando contra el cemento. El ambiente entero gritaba celebración.

​Michael, en cambio, se sentía como un fantasma caminando en dirección contraria al resto del mundo.

​Había salido de su casa en Belloto Sur temprano por la tarde, con la mochila al hombro y los audífonos puestos para silenciar el bullicio exterior. El trámite que le había pedido su mamá lo obligó a cruzar hasta la parte más alejada del centro de Quilpué, un sector de talleres mecánicos y oficinas pequeñas donde el ruido comercial disminuía, pero el sol de las tres de la tarde pegaba directo sobre el asfalto.

​Entregó unos papeles, firmó un par de cosas en representación de su mamá y guardó los comprobantes en la mochila. Cuando salió de vuelta a la calle, el cansancio acumulado de la semana le cayó encima como un yunque.

​Faltaban tres días para su cumpleaños número diecinueve. El martes 17 iba a sumar un año más de vida, pero su mente y su cuerpo se sentían como si hubieran envejecido una década entera desde agosto. Mientras caminaba por las veredas irregulares de vuelta hacia el paradero para tomar el colectivo que lo llevaría de regreso a Belloto Sur, su cerebro retomó exactamente el mismo bucle de pensamientos de la noche anterior.

​Veía a parejas jóvenes riéndose en las esquinas, a grupos de amigos organizándose para las fondas, y el contraste con su propia soledad lo golpeaba en silencio. ¿Cuándo fue la última vez que yo me sentí así de liviano?, se preguntó, pateando una piedra suelta.

​Todo este año había sido una carrera de resistencia. Había luchado contra la distancia y los recuerdos por la chica de Estados Unidos; se había roto la cabeza y el orgullo intentando hacer las cosas bien con la chica de Calama; se estaba desvelando para no reprobar MAT1001 y decepcionar en su casa; y trabajaba en la garita para aportar y no ser un cacho. Hacía todo lo que se suponía que debía hacer un buen tipo. Y sin embargo, ahí estaba: caminando solo por las calles alejadas de Quilpué un sábado en la tarde, sintiendo que no le importaba a nadie.

​Llegó a la avenida principal y se detuvo en la esquina, levantando la vista para buscar el techo negro y amarillo de los colectivos que iban hacia su sector. El sol le pegaba en la cara, obligándolo a entrecerrar los ojos.

​De pronto, un bocinazo corto y grave lo sacó de sus pensamientos.

​Michael miró hacia la calle. Un auto se había orillado junto a la cuneta, a un par de metros de él, encendiendo las luces intermitentes. La ventana del copiloto bajó lentamente y una voz familiar y potente cruzó el ruido del tráfico.

​-¡Michael! ¡Ahijado! ¿Qué andas haciendo tirado por acá a esta hora?

​Michael parpadeó, enfocando la vista. La sorpresa le borró la fatiga del rostro por un segundo. Era su padrino. Estaba al volante, apoyado hacia el asiento del copiloto con una sonrisa amplia y relajada, usando lentes de sol y con la radio encendida a un volumen bajo.

​-¡Padrino! -respondió Michael, acercándose al auto, sintiendo un alivio genuino al ver una cara conocida que no le exigiera hablar de derivadas ni de corazones rotos-. Nada, andaba haciendo un trámite que me pidió mi mamá. Iba recién a tomar el colectivo para volver a la casa.

​-Pero cómo te vas a ir en colectivo si voy para allá mismo, hombre. Súbete, yo te llevo -le dijo su padrino, empujando la puerta del copiloto para abrirla desde adentro.

​Michael no se lo pensó dos veces. Abrió la puerta, tiró su mochila en la parte de atrás y se dejó caer en el asiento. El interior del auto estaba fresco, el aire acondicionado era una bendición frente al calor de septiembre en la calle, y el olor a desodorante de pino lo hizo sentir inmediatamente a salvo.

​-Me salvaste, te juro -suspiró Michael, poniéndose el cinturón de seguridad-. Estaba reventado. El sol está pegando súper fuerte.

​-Se nota que viene el dieciocho, ¿viste cómo anda la gente de vuelta loca en el centro? -comentó su padrino riendo, revisando los espejos antes de reincorporarse al tráfico para salir de Quilpué en dirección a Belloto-. Menos mal te vi de casualidad. Yo andaba dando una vuelta, viendo unas cosas, y de pasadita dije 'voy a ir a saludar a la casa'. Así que cayó de cajón.

​El auto avanzó con suavidad por las calles. Mientras dejaban atrás el caos del centro y se adentraban por las avenidas que conectaban hacia Belloto Sur, el padrino lo miró de reojo.

​-Y tú, ¿cómo andas, ahijado? Tienes cara de que te pasaron una aplanadora por encima. ¿Mucha universidad?

​Michael se apoyó contra la ventana, mirando cómo los árboles y las banderas de las casas pasaban rápido. Por un segundo, la tentación de decir la verdad cruzó por su mente. Decirle que estaba agotado de ser él, que tenía el corazón hecho pedazos, que la universidad lo estaba asfixiando y que sentía que todo lo que hacía era en vano.

​Pero la costumbre de no molestar fue más fuerte.

​-Sí, la U me tiene un poco loco -respondió Michael, forzando una sonrisa tranquila, soltando su respuesta automática de siempre-. Estoy dando un ramo matemático medio pesado y nos tienen llenos de guías. Y entre eso y los turnos en la garita de los colectivos, como que no me ha dado el tiempo para descansar bien. Pero ahí vamos. Sobreviviendo.

​-Ah, pero si tú eres mateo, ahijado, vas a salir adelante de esa cuestión rapidito -le dijo el padrino, dándole un par de palmadas amistosas en el hombro, con ese optimismo fácil de los adultos que ven los problemas desde afuera-. Además, ya casi estás de cumpleaños. Diecinueve vas a cumplir el martes, ¿o no? Ya eres un hombre, Michael. Hay que puro celebrar este fin de semana largo.




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