Despedidas No Escuchadas

Capitulo 3: Espejismos de Invierno

El cerebro humano es una máquina perversa. Cuando hay una herida que te niegas a cerrar, la mente empieza a buscar formas de proyectarla en el mundo real, escaneando multitudes enteras para encontrar coincidencias donde solo hay extraños.

​Michael lo sabía. La lógica, la geografía y el sentido común le gritaban que la chica que estaba a dos metros de él no podía ser ella. Estaban en un tren EFE en dirección a Valparaíso, a las seis y media de la mañana, en pleno invierno chileno. Las variables simplemente no daban.

​Pero el miedo no sabe de husos horarios ni de matemáticas.

​Se quedó rígido, con los nudillos blancos de tanto apretar la barra de metal. Cada vez que el vagón se sacudía, esperaba que ella girara el rostro. «Si voltea y me ve, ¿qué hago? ¿La saludo? ¿Hago como que no la conozco? ¿Me bajo en la próxima estación y tomo un colectivo?». Las preguntas se agolparon en su cabeza, desencadenando un zumbido de ansiedad que le adormeció las yemas de los dedos.

​De repente, el tren tomó la curva cerrada antes de llegar a la estación de Paso Hondo. El clásico chirrido metálico de las ruedas contra los rieles inundó el vagón.

​La chica perdió el equilibrio por una fracción de segundo. Para no caerse, soltó el bolso que llevaba cruzado, giró el torso y se agarró de la barra vertical con ambas manos.

​Al hacerlo, su rostro quedó expuesto a la luz pálida de los tubos fluorescentes.

​Michael contuvo el aliento.

​Ojos distintos. Nariz distinta. Una expresión de cansancio rutinario que no tenía nada que ver con la mirada que lo había destrozado aquel cinco de junio. Era solo una estudiante más, probablemente yendo a la universidad, que por pura casualidad compartía el mismo abrigo y el mismo corte de pelo que su fantasma.

​El alivio le golpeó el pecho con tanta fuerza que casi lo hace tambalearse. Soltó el aire de golpe, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus hombros, dejándolo exhausto.

​Pero al alivio le siguió, casi de inmediato, una punzada venenosa de decepción. Y eso fue lo que más asco le dio.

​«Eres patético, Mike», se insultó mentalmente, cerrando los ojos con fuerza y apoyando la frente contra el brazo que sostenía la barra. «Estabas aterrado de que fuera ella, pero muy en el fondo, querías que lo fuera. Querías tenerla enfrente para darle el puto abrazo que le debes».

​Esa era su maldición. Huía de sus recuerdos con todas sus fuerzas, pero a la vez los buscaba en las chaquetas de las desconocidas.

​Abrió los ojos y bajó la mirada hacia sus zapatos, sintiéndose el tipo más estúpido de toda la Región de Valparaíso. Sacó el celular del bolsillo una vez más. El frío había dado tregua y la pantalla negra finalmente reaccionó, encendiéndose con el brillo al mínimo.

​La canción de Mägo de Oz seguía pausada. Esta vez, sin embargo, no intentó reanudarla. Entró a su aplicación de música, deslizó el dedo por la pantalla ignorando todas las listas de reproducción que le recordaran a sus errores, y buscó algo pesado. Algo rápido. Ruido blanco que lograra silenciar el monólogo de su propia culpa.

​El tren frenó en Estación Recreo. Las puertas se abrieron, dejando entrar otra ráfaga de aire helado que le cortó la cara. Michael se subió la capucha del abrigo, decidido a no volver a levantar la vista de la pantalla hasta llegar a Estación Francia.

​Faltaban 15 minutos de viaje, y si su mente ya le había jugado esa broma cruel a los diez minutos de subirse al tren, sabía que el resto del trayecto restante iba a ser una guerra.




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