El fin de semana del 8 y 9 de noviembre se sintió como un túnel suspendido en el tiempo, una burbuja donde el mundo exterior dejó de importar. Después de la maratónica jornada de sueño que reinició su sistema tras la crisis de la madrugada, la rutina de Michael se dividió estrictamente entre los apuntes de la universidad y los viajes al Hospital Naval de Viña del Mar.
Los trayectos en el auto de su tío Martín eran silenciosos. Su tío, un hombre de pocas palabras pero de presencias firmes, manejaba por el Troncal Sur con la vista fija en el camino, mientras Michael iba de copiloto mirando cómo los cerros de Quilpué daban paso a la neblina costera de Viña. No necesitaban hablar mucho para entender el miedo compartido que aún les rondaba el cuerpo; la imagen de su abuelo desvaneciéndose y balbuceando incoherencias en la oscuridad de la casa seguía demasiado fresca.
El ambiente en la sala de pacientes de cuidado intermedio del hospital era aséptico, frío y abrumadoramente silencioso. Olía a desinfectante industrial y a comida hervida. Ver a su abuelo ahí, recostado sobre sábanas blancas, vistiendo una bata de hospital y con vías intravenosas conectadas a los brazos plagados de pecas y arrugas, era una imagen que desentonaba por completo con la figura del hombre de hierro que Michael conocía.
Sin embargo, el terror visceral de la madrugada del jueves había quedado atrás. Su tata ya estaba totalmente lúcido. Cuando Michael se sentó junto a su cama el sábado por la tarde, el anciano lo miró con la misma expresión severa y terca de siempre.
-¿Quién me está cuidando el auto? -fue lo primero que le preguntó, con la voz un poco ronca, ignorando por completo el monitor cardíaco que parpadeaba a su lado.
-El Yaris está guardado, tata. Nadie lo va a tocar -lo tranquilizó Michael, apoyando los brazos en la baranda metálica de la cama-. Preocúpese de descansar, que la mamá ya arregló todo en la casa.
-Estas comidas no tienen nada de sal. Parecen agua con color -se quejó el abuelo, frunciendo el ceño hacia la bandeja de plástico que descansaba en la mesa auxiliar-. Quiero puro irme para la casa. Tienen que darme el alta luego, no puedo estar perdiendo plata acá echado.
Michael soltó una pequeña risa, sintiendo que un nudo invisible se le deshacía en el estómago. Si su abuelo estaba alegando por la comida del hospital y preocupado por el colectivo, significaba que el alma le había vuelto al cuerpo.
El alivio definitivo, el que les permitió volver a respirar con normalidad, llegó el lunes 10 de noviembre.
Esa tarde, cuando Michael regresó del IBC tras un día de clases, notó de inmediato que el aire en Belloto Sur había cambiado. Vio el portón de su casa abierto de par en par. Al entrar, el olor a pan tostado y a té recién preparado lo recibió como un abrazo físico. Caminó por el pasillo hacia el living y ahí estaba.
Su abuelo estaba sentado en su sillón de siempre, vestido con su ropa de civil, chaleco abotonado y pantalones de tela, viendo las noticias en la televisión con el ceño levemente fruncido, como si los cuatro días en el Hospital Naval hubieran sido solo un mal sueño. A su lado, en la mesa del comedor, su mamá ordenaba metódicamente las cajas de medicamentos y anotaba los horarios de las pastillas en una libreta.
El centro de gravedad de la casa se había restaurado.
Michael dejó la mochila caer al suelo con un golpe sordo y se acercó. No hicieron falta grandes discursos emocionales; en esa familia, las palabras sobraban cuando los gestos hablaban. Le dio un abrazo apretado, rodeándole los hombros, y su abuelo respondió con un par de palmadas firmes y roncas en la espalda.
-Ya volvimos a la normalidad -dijo su mamá, mirándolo con una sonrisa de puro agotamiento y paz.
Incluso los animales parecían entender que el peligro había pasado. Kiara y Bonnie, las dos pastoras alemanas, daban vueltas por el patio trasero moviendo la cola y asomando el hocico por la puerta de la cocina, respetando el espacio pero demostrando su alegría. Pancha, ajena a los dramas humanos, dormía plácidamente sobre una de las sillas del comedor. Todos estaban a salvo. El refugio estaba completo otra vez.
Con la tormenta familiar disipada y su abuelo fuera de peligro, noviembre pisó el acelerador a fondo, y el semestre universitario entró en su fase más despiadada. Era la recta final. El momento crítico donde las calles de Valparaíso se llenaban de estudiantes con ojeras oscuras y miradas perdidas, consumiendo litros de café en vasos de plumavit, calculando con desesperación cada maldita décima que necesitaban para no reprobar sus ramos.
Para Michael, el cierre de año fue un choque frontal de dos realidades diametralmente opuestas.
Por un lado, la revancha académica se materializó de forma gloriosa. MAT1001, el infame ramo "colador" que a principios de semestre parecía un idioma alienígena y que lo había hecho dudar de su propia inteligencia y de su derecho a estar en la universidad, se rindió ante él.
Las tardes de estudio en el casino del IBC se volvieron intensas. En lugar de ser él quien miraba el papel con desesperación, ahora era él quien explicaba. Se sentaba frente a Catalina, con la mesa llena de apuntes y migas de galleta, y le desglosaba los problemas. Había pasado de mirar las guías con terror a resolver inecuaciones complejas y logaritmos de forma casi instintiva. Su cerebro, liberado de la pesada niebla del duelo amoroso por Khary, funcionaba como una máquina bien aceitada.
El día que subieron las notas finales al portal de la intranet de la universidad, el aire en el casino se podía cortar con un cuchillo. Michael estaba sentado junto a Catalina, Carla, Martyna y Angelo. Catalina actualizaba la página web de su celular cada diez segundos, temblando de nervios, con la vista clavada en la pantalla.
-Si me voy a examen, juro por Dios que me retiro y me pongo a vender pulseras de macramé en la plaza Aníbal Pinto -murmuraba Catalina, mordiéndose la uña del pulgar hasta sacarse el esmalte-. No soporto más esta tortura psicológica.