Faltan 27 días para el Festival de las Dos Orillas. Todavía no lo sé.
Los domingos, el Mercado de Chirica no amanece: estalla.
A las nueve ya no cabe un alma entre los pasillos, huele a todo al mismo tiempo — a pescado fresco y a pescado frito, a cilantro recién picado, a queso guayanés sudando en su bolsa, a papelón derritiéndose en las ollas de las cocadas, a café colado y a sol, porque el sol de Guayana también huele, a zinc caliente y a asfalto despierto — y la radio del pasillo tres, la que don Efrén pone a todo volumen desde las cinco, está pasando una salsa viejísima de esas que mi abuela bailaba con la escoba. Encima de la música: las licuadoras de los jugos, el martilleo del carnicero, una señora regateando como si le fuera la vida en doscientos bolívares, un niño llorando porque quiere el globo y no la yuca, y mi mamá.
Mi mamá siempre se escucha por encima de todo Chirica.
—¡Andre! ¡Esas empanadas se te queman y me queman el apellido!
—No se queman, señora Elena, se doran —le digo sin mirar, porque yo sé distinguir el punto del aceite por el ruido que hace, igual que ella, igual que mi abuela. La freidora es una bestia vieja que ronca bajito cuando está contenta y escupe cuando uno se descuida. Tengo el brazo derecho salpicado de constelaciones de aceite desde los doce años. Mi uniforme de guerrera.
—Dorar es cuando es parejo, no cuando parece carbón de parrilla —dice Yus desde su puesto, sin despegar la vista de las naranjas que está exprimiendo.
Yusleidy Martínez, diecinueve años, puesto de jugos y cocadas pegado al nuestro, mi mejor amiga desde que teníamos dientes de leche y mi fiscal personal desde que tenemos lengua. Yus no opina: Yus sentencia. Y tiene la radio interna de este mercado conectada directo a la oreja, porque todo lo que pasa en Chirica llega primero a su puesto y después al mundo.
—Tú cállate, que ayer te salió un jugo de parchita que parecía agua de charco.
—Pero se vendió, ¿no? El tuyo se vende solo porque la gente le tiene miedo a tu mamá.
Eso es verdad y no lo pienso admitir en voz alta jamás.
La fila de los domingos da la vuelta por el puesto de las verduras. La Sazón de Paz no es el puesto más grande de Chirica ni el más bonito — la pintura azul se está pelando en la esquina donde Keiber se apoya y el toldo tiene un remiendo que mi abuela cosió con hilo de pescar —, pero es el puesto de las empanadas de cazón de mi abuela Carmen, y en este mercado eso pesa más que un apellido con plata. Yo heredé el fogón, las manos rápidas y la deuda que nadie nombra. Mi mamá heredó las muñecas malas, que disimula agarrando las pinzas con un trapo doblado para que no se le note la fuerza que ya no tiene. Y las dos heredamos la costumbre familiar de hablar de todo menos de lo importante.
—¡Dos de cazón y una de queso, mi amor! —me grita un señor desde la fila, con la camisa de los Mineros desabotonada en la barriga.
—¡Salen, mi rey! —En este mercado todos somos «mi amor» y «mi rey» hasta que regatean. Ahí pasamos a ser otra cosa.
Trabajo como trabajo desde los catorce: relleno, doblo, le voy haciendo el repulgue con la punta de los dedos, al aceite, vuelta, fuera, a escurrir. Las manos van solas y la cabeza queda libre para lo peligroso, que es pensar. Pienso, por ejemplo, en que mañana lunes hay que pagarle al señor del hielo. Pienso en el papel que llegó la semana pasada de la administración del mercado, el de la remodelación, que mi mamá leyó dos veces y guardó en el cajón de los cubiertos sin decirme el monto de nada. Pienso en que yo debería estar en segundo año de Administración en la universidad, como era el plan, y en cambio estoy en segundo año de freidora con honores. No me quejo. Bueno. Me quejo bajito, por dentro, donde no estorba.
Porque si me quejara en voz alta tendría que decir la verdad entera, y la verdad entera es así: yo no dejé la universidad por rebelde ni por floja. La dejé el día que vi a mi mamá tratando de abrir una lata con las dos manos y un trapo, disimulando. Las manos le temblaban. Ella se rio, dijo que era el frío de la nevera, y yo me reí también, porque en esta familia nos reímos para no preguntar. Después, en mi cuarto, hice una cuenta que nadie me pidió: si las muñecas de Elena Paz se rinden, este puesto se rinde, y si este puesto se rinde, ¿yo quién soy? Porque yo sé ser muchas cosas a medias — estudiante a medias, hija a medias, cocinera sin título —, pero sin La Sazón de Paz no sé ser nada completo. Eso da un miedo que no cabe en una queja. Eso se guarda, se fríe y se sigue.
Keiber pasa con una caja de tomates en el hombro, esquivando gente como si hubiera nacido en este pasillo, que básicamente sí.
—¡Permiso, permiso, que llevo la mercancía de la competencia! —anuncia, porque Keiber no atraviesa un pasillo sin narrarlo. Dieciocho años, moto propia pagada a punta de repartos, tambora en un grupo de calipso los fines de semana y una relación con la puntualidad que los científicos deberían estudiar.
—Keiber, ¿tú no estabas en el puesto de las verduras desde las ocho?
—Estoy en mi ahorita, Andre. Respeta mi proceso.
—Tu ahorita dura tres horas, chamo.
—Es un ahorita madurado, como el queso.
Yus se ríe con la licuadora prendida y todo. Estoy cerrando una empanada que me quedó especialmente hermosa — grande, gordita, con el borde perfecto — y la levanto para mirarla contra la luz como quien mira una obra de arte, y digo, con toda la inocencia del mundo:
—Esta sí me quedó bien hecha. A mí chiquita no me sirve, a mí me gusta que se sienta cuando uno la agarra.
Silencio de medio segundo en todo el puesto.
—¡CHINAZO! —grita Keiber desde el fondo, con la caja de tomates tambaleándosele.
—¡CHINAZO CONFIRMADO! —grita Yus, y apunta algo en el aire con el dedo, porque no tenemos pizarra pero ella anota mentalmente y su memoria es un archivo de la vergüenza ajena.
—¡Yo no dije nada malo!