Dos días después del nacimiento del bebé, y tras comprobar que tanto la madre como el niño estaban bien, Carla fue dada de alta en el hospital y los tres se fueron a casa a cumplir con su rol de padres.
Fran dejó a Carla y al bebé en compañía de Sara, Ana y Sacha y fue a ver al general Morales a su despacho.
—¡Estás seguro de que es lo que quieres? —le preguntó el general.
—Sí, estoy muy seguro. Además, el médico me ha dicho que sería peligroso para mí tomar parte en cualquier misión que implique un riego físico. Mi rodilla está dañada permanentemente y no quiero quedarme cojo para el resto de mi vida. Así que sí, estoy seguro.
—Está bien, trasladare tu petición a la comandancia superior. Pero, desde ya te digo que el traslado puede tardar un tiempo.
—No me importa, mientras tanto estaré encantado en asistirle en lo que haga falta.
—Mientras llega tu traslado, lo único que puedo ofrecerte es un puesto administrativo en la base, ¿Qué te parece?
—Me parece bien —dijo resignado, porque, aunque no era lo que él quería, al menos continuaba en el ejército que era lo que él quería, y a la vez le permitía tener cerca a su mujer y a su hijo.
Carla, por su parte volvió al trabajo después de su baja por maternidad. continuó con el trabajo que realizaba antes de dar a luz, porque era un puesto administrativo que la venia bien para cuidar de su hijo, con un horario sin turnos que cubrir, de 9 a 5 y de lunes a viernes.
Felipe crecía rápido, y antes de que pudieran darse cuenta, el niño cumplió cinco meses. Era un niño alegre y juguetón y su padre lo adoraba.
—¿Quién es el niño más lindo del mundo? — Carla le hacía cosquillas en la barriga mientras le cambiaba el pañal.
Felipe emitió un balbuceo e hizo una pequeña pedorreta que hizo reír a su madre. Carla dejo al niño en el suelo al ver a Fran entrar por la puerta y corrió a su encuentro. Se colgó de su cuello y le dio un apasionado beso en los labios.
—¡Hola, cariño! ¿Cómo te ha ido el día? —le preguntó como siempre hacía cuando volvía de su puesto de trabajo.
—Aburrido como siempre —le confeso él con cierto pesar—, pero contento de volver a casa contigo y con Felipe.
Fran se sentía el hombre más feliz del mundo. Tenía una familia perfecta, algo que siempre había deseado. Le devolvió el beso a su esposa, y se agacho para coger a su hijo en brazos dejando en su sonrosada mejilla un sonado beso.
—¡Hola, grandullón! ¿Quién es el niño más bueno del mundo? —el niño le sonrió y le hizo una pedorreta.
Fran estuvo jugando con su hijo hasta que Carla le indicó que la cena estaba casi lista.
—La cena estará en unos minutos —grito desde la cocina.
—¡Fantástico, porque me muero de hambre!
Fran sentó a Felipe en su trona, le puso un mordedor en la mano, que el bebé empezó a mordisqueaba con avidez.
Se sentaron a la mesa y degustaron con deleite la cena preparada por Carla. Una vez terminaron, acostaron a Felipe en su cuna dándole un beso de buenas noches.
Fran ayudó a Carla a fregar los platos utilizados para la cena, y una vez terminaron, ambos se sentaron en el porche con una cerveza fría entre las manos. Se acomodaron en el sofá del porche, y ella se acurrucó en los brazos de él.
—Hace una noche preciosa, pero extraño mucho España. ¿Tienes alguna noticia sobre tu traslado?
—No, aún nada, y he de confesarte que yo también estoy deseando regresar para que nuestras familias conozcan a Felipe.
—Sí, porque mi familia no hace más que preguntar cuando vamos a volver, están desando conocerte a ti y a nuestro hijo.
—¿Sabes una cosa?...
—¿Qué, cariño?
—Que soy muy feliz a tu lado —confeso Fran dando un pequeño suspiro.
—Yo también te quiero, cariño, siempre te he querido —Fran sonrió y la miro de reojo arqueando una ceja. Y Carla se ruborizó ligeramente dándose cuenta de que se le había escapado su secreto más inconfesable.
—¡Ah, ¿sí!? —rio Fran —¿Y desde cuándo? Si se puede saber.
—Bueno… —carraspeó Carla—. —He de confesarte algo… —estaba nerviosa ante la idea de contarle a Fran el porqué de su comentario, pero no hizo falta.
—Ya sé lo que me vas a decir, lo se hace tiempo —dijo Fran riéndose por lo bajo.
—¿Cómo que lo sabes hace tiempo!? ¡Si aún no te he dicho lo que es! Dime ¿qué es lo que sabes? — le presionó ella dirigiéndole una mirada amenazante, y entonces pudo verlo en su mirada, una chispa de picardía.
—Pues… que ya nos conocíamos antes de encontrarnos aquí.
—Nooooo….
—Síiiiiiiii…
—¡Ay, dios, que vergüenza! ¿Te acordaste? ¿Lo has sabido todo este tiempo y no me lo dijiste? ¡Eres un…!
—No, tranquila, no te reconocí al principio, pero tuve mucho tiempo para pensar en aquella celda infernal. Repasé toda mi vida en esos cuatro meses que estuve prisionero y al fin lo recordé. Aunque he de decirte que siempre lo sospeche, porque me sonaba mucho tu cara. Pero… hay algo que no entiendo, ¿por qué tú nunca me lo dijiste?