Nicole Gil
Nunca creí que la noche en que celebraba mi graduación terminaría convirtiéndose en el inicio del secreto más grande de mi vida.
Cuando terminó la ceremonia, todavía sentía el peso de la toga sobre los hombros y el corazón golpeándome con una mezcla de orgullo, nervios y alivio. Mi familia no dejaba de abrazarme. Mi madre lloraba como si yo hubiese ganado una guerra, mi padre repetía que su hija ya era abogada y mis tíos hablaban todos a la vez, tomando fotos, acomodándome el birrete y diciendo que aquella noche había que celebrarla como Dios manda.
Yo sonreía en medio de todos, agotada pero feliz. Tenía veintidós años, un título de derecho recién obtenido y esa sensación rara de estar parada justo en la puerta de una vida nueva. Durante la cena familiar, brindamos por mi futuro, por los sacrificios y por cada noche de estudio que casi me hizo rendirme. Todo era cálido, ruidoso y perfecto a su manera.
Cuando la celebración empezó a bajar de intensidad, Kat apareció a mi lado con esa sonrisa suya que siempre significaba problemas.
—No me digas que vas a terminar tu noche de graduación aquí, rodeada de tías preguntándote cuándo vas a conseguir novio —me susurró al oído.
La miré de reojo, intentando no reírme.
—¿Qué hiciste, Kat?
—Conseguí entradas para un bar exclusivo —dijo, bajando la voz como si estuviera revelando un delito—. De esos donde la gente rica va a gastar en una copa lo que nosotras gastamos en comida por una semana.
—No estoy vestida para eso.
—Por eso vamos a tu apartamento, nos cambiamos y salimos. Hoy no eres la hija responsable de nadie. Hoy eres Nicole Gil, abogada recién graduada, y mereces una noche loca.
Debí decir que no. Debí abrazar a mi familia, volver a casa y dormir hasta el mediodía. Pero algo en mí quería sentirse libre, aunque fuera por unas horas. Así que besé a mi madre en la mejilla, prometí que no llegaría tarde y salí con Kat antes de que alguien pudiera detenernos.
En mi apartamento, la emoción terminó de encenderse. Kat revolvió mi clóset como si tuviera una misión de vida y muerte, mientras yo me quitaba el vestido formal de la graduación. Terminamos escogiendo algo más atrevido, más nocturno, más distinto a mí. Cuando me miré al espejo, casi no me reconocí, y tal vez por eso sonreí.
El bar era exactamente como Kat lo había descrito: elegante, caro y lleno de personas que parecían pertenecer a un mundo al que yo solo podía entrar de visita. Las luces eran doradas, la música envolvente y las mesas estaban ocupadas por gente impecable, de esas que no miran los precios antes de pedir.
Aun así, me dejé llevar. Reí, brindé, bailé con Kat y bebí margaritas hasta sentir ese calorcito dulce en el pecho. No estaba borracha, no al punto de perder la razón, pero sí encendida, ligera, con la valentía suave que dan las copas cuando una cree que nada malo puede pasarle.
Horas después, mientras caminaba hacia la barra con una margarita en la mano, choqué contra alguien. El golpe fue leve, pero suficiente para que la copa se inclinara y el líquido frío terminara sobre la camisa de un hombre que se quedó quieto frente a mí.
Me llevé una mano a la boca, horrorizada.
—Perdón, perdón, perdón —dije de inmediato, tomando servilletas de la barra—. Fue sin querer, de verdad. Lo siento muchísimo.
Entonces levanté la mirada y lo vi bien. Era alto, de piel bronceada, un tono marrón cálido que resaltaba bajo las luces del bar. Tenía los ojos color oliva, tranquilos y peligrosamente atentos, como si nada de lo que ocurriera a su alrededor pudiera sorprenderlo.
Él miró su camisa mojada, luego a mí, y en vez de molestarse sonrió apenas.
—Solo te perdono si aceptas un baile conmigo.
Me quedé muda un segundo. Miré hacia donde estaba Kat, buscando una excusa para escapar, pero la encontré riendo en la pista con un desconocido, completamente metida en su propio mundo.
Volví a mirar al hombre frente a mí. No sabía de dónde venía ni por qué su sonrisa me hacía sentir que estaba a punto de cometer una locura. Él extendió una mano, todavía con esa calma que parecía envolverlo todo.
—Alexander —se presentó.
Tomé su mano, sintiendo el calor de su piel contra la mía.
—Nicole —respondí, intentando ignorar lo mucho que me pesaba su mirada.—Está bien —acepté, intentando sonar más segura de lo que estaba—. Un baile.
Ese baile se convirtió en otro, y luego en muchos más. Su mano en mi cintura era firme, su cercanía medida, su voz baja cada vez que decía algo cerca de mi oído. Entre canciones, pedimos más bebidas. Yo seguía consciente de todo, pero más atrevida, más risueña, más dispuesta a dejarme arrastrar por una noche que parecía no tener consecuencias.
Al final, cuando el ruido del bar empezó a sentirse demasiado fuerte y la madrugada ya nos rozaba la piel, él me invitó a su apartamento. Debí pensarlo más. Debí preguntarle más cosas. Pero aquella noche yo quería sentirme viva, deseada, libre de todas las responsabilidades que me esperaban al día siguiente.
Fuimos juntos. Su apartamento era elegante, silencioso, con una vista que hacía parecer la ciudad más lejana de lo que estaba. Allí, lejos de la música y de las miradas ajenas, la tensión entre nosotros dejó de esconderse. Él se acercó despacio, como dándome la oportunidad de detenerlo, pero yo no lo hice.
Esa noche hicimos el amor entre susurros, miradas largas y una confianza inexplicable que nació sin permiso. No hubo promesas, no hubo preguntas importantes, solo el deseo de quedarnos en ese instante un poco más.
Pero la mañana llegó demasiado rápido.
Cuando desperté, él ya no estaba. La cama estaba fría de su lado y sobre la mesa de noche había una nota doblada con una letra firme y breve.
“Lo siento. Tuve que irme.”
Nada más.
Me vestí con la vergüenza atorada en la garganta y el orgullo hecho pedazos. Quise convencerme de que había sido solo una noche, una decisión mía, una locura de graduación que no debía dolerme. Pero dolía.