El Hijo Del Ceo

CAPITULO 11

Alexander Montes

La puerta se cerró detrás de Nicole y el silencio ocupó mi oficina. Permanecí de pie, mirando el lugar por donde había desaparecido, con la absurda esperanza de que regresara para darme una respuesta.

No lo hizo.

Aun así, no interpreté su silencio como un rechazo. Nicole no había negado lo que ocurría entre nosotros. Había huido porque mi propuesta la obligaba a mirar de frente una posibilidad que ambos llevábamos semanas evitando.

Volví a sentarme, pero fui incapaz de concentrarme en el expediente abierto sobre el escritorio. La imagen de Nicole aferrándose a mi camisa durante el beso regresaba una y otra vez. También recordaba la rapidez con la que se había apartado al escuchar a Alex y el temor que apareció en sus ojos después.

Yo quería una oportunidad, pero no pensaba conseguirla acorralándola. Si Nicole aceptaba, tendría que ser porque confiaba en mí, no porque la atracción le impidiera pensar con claridad durante unos minutos.

Esa tarde no la busqué. Tampoco le envié mensajes. A la hora de recoger a Alex, le pedí a Paloma que cancelara mi última reunión y llegué al colegio antes que Nicole. Mi hijo salió con una corona de cartulina torcida sobre la cabeza y una hoja llena de estrellas doradas.

—Fui el rey de la lectura —anunció al verme—. Leí cuatro palabras sin ayuda.

Me agaché para admirar la corona como si fuera una condecoración.

—Entonces tendremos que celebrarlo.

Nicole apareció unos minutos después. Al verme, redujo el paso. Su mirada se encontró con la mía y luego descendió hacia Alex, que corrió a enseñarle su hoja. No mencioné nuestra conversación. Me limité a proponer que fuéramos por un helado para celebrar.

Durante la merienda, Alex habló por los tres. Nicole contestaba cuando él le preguntaba algo, pero evitaba mirarme más de unos segundos. Yo respeté su distancia. Si algo había aprendido desde que descubrí que tenía un hijo era que apresurar a las personas solo conseguía alejarlas.

Al terminar, conduje hasta el apartamento y ayudé a Alex con su mochila. Nicole buscaba las llaves dentro del bolso cuando el cierre se atascó. Extendí la mano por instinto y nuestros dedos se tocaron alrededor del pequeño tirador metálico.

Nicole se quedó inmóvil. Yo también. El roce fue mínimo, pero bastó para que su respiración cambiara. Solté el cierre antes de que la cercanía se convirtiera en una presión que ella no había elegido.

—No tienes que demostrarme que puedes mantenerte lejos —dijo en voz baja.

—No intento mantenerme lejos. Intento darte espacio para decidir.

Sus ojos se alzaron hacia los míos. Estábamos tan cerca que podía distinguir el leve temblor de sus pestañas, pero mantuve las manos a los costados.

—¿Y si decido que no? —preguntó.

—Seguiré siendo el padre de Alex y respetaré tu decisión. Pero no voy a mentirte diciendo que dejaré de desear que cambies de opinión.

Antes de que pudiera responder, Alex salió del ascensor sosteniendo la corona con ambas manos.

—¿Van a quedarse ahí todo el día? —preguntó.

Nicole se apartó y abrió la puerta. Yo entré detrás de ellos, consciente de que no había recibido una respuesta, pero también de que ella había sido quien rompió el silencio esta vez.

Cenamos los tres. Alex insistió en usar su corona y en colocar otra silla frente a la mesa para un dinosaurio de plástico. La conversación fue sencilla: el colegio, el proyecto del volcán y una película que quería ver el sábado. Sin embargo, debajo de cada frase existía otra conversación que Nicole y yo todavía no terminábamos.

Cuando Alex fue a lavarse los dientes, Nicole y yo recogimos la mesa. Nuestras manos volvieron a encontrarse al tomar el mismo plato. Esta vez ella no retiró la suya. Sus dedos permanecieron debajo de los míos durante un segundo largo, voluntario.

La miré, pero no intenté acercarme.

—No sé si puedo confiar en que no volverás a marcharte —admitió.

La confesión me dolió porque no podía discutirla. Yo había creado aquella duda años atrás.

—No puedo cambiar la mañana en que despertaste sola —dije—. Solo puedo prometerte que, si me das una oportunidad, no volveré a decidir por ti cuándo termina lo nuestro. Si algún día tengo miedo o dudas, te las diré. Y si esto no funciona, lo enfrentaremos juntos en lugar de desaparecer.

Nicole apartó lentamente la mano del plato. Por un instante creí que volvería a escapar de la conversación. En cambio, se apoyó contra la encimera y sostuvo mi mirada.

—No te estoy diciendo que sí —advirtió.

—Lo sé.

—Pero tampoco te estoy diciendo que no.

La esperanza me golpeó con tanta fuerza que tuve que contener el impulso de acortar la distancia. Me limité a asentir.

—Entonces esperaré.

Nicole sonrió apenas, una curva breve que desapareció antes de que pudiera estar seguro de haberla visto. Luego la voz de Alex nos llamó desde su habitación y ambos caminamos hacia él.

Mientras avanzaba junto a Nicole por el pasillo, nuestras manos se rozaron una vez más. Ninguno se apartó.

**

Pasaron varios días y seguí esperando su respuesta. No la presioné. Me limité a compartir con Alex la rutina de siempre: recogerlo en el colegio, ayudarlo con sus tareas y escuchar sus historias interminables sobre dinosaurios.

La confianza entre nosotros crecía poco a poco. Los fines de semana, Alex se quedaba conmigo durante unas horas y, aunque al principio aquella responsabilidad me había parecido extraña, empezaba a acostumbrarme a tenerlo cerca. La casa ya no se sentía igual cuando él se marchaba.

Aquella tarde me reuní con mis hermanos y mis padres para hablar de las amenazas que habíamos recibido durante los últimos días. Los veía inquietos, incluso desconfiados, pero me costaba aceptar que alguno de ellos pudiera estar involucrado. Éramos familia. Habíamos crecido juntos.

—¿Y si fue Nicole? —preguntó Andrés—. Todo esto empezó desde que ella llegó. No podemos confiar ciegamente en ella solo porque te dio un hijo.




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