El Hijo Del Ceo

CAPITULO 4

Nicole Gil

Había tenido una semana demasiado pesada.

Desde que el caso de Esteban Rivas llegó al bufete, mis días dejaron de tener horarios normales. Era mi primer caso penal en la firma, mi primera oportunidad real de demostrar que no se habían equivocado al contratarme, y aun así había noches en las que regresaba a casa con el pecho apretado por no haber pasado suficiente tiempo con mi hijo.

Alex intentaba entenderlo a su manera. A veces me recibía dormido en el sofá, abrazado a su dinosaurio de peluche, y otras veces me preguntaba si al día siguiente sí podría buscarlo yo en el colegio. Cada pregunta suya me dolía más que cualquier reclamo, porque él no necesitaba alzar la voz para recordarme que seguía siendo un niño esperando por su mamá.

Esa mañana, para variar, íbamos tarde al colegio.

—Alex, ¿qué se te olvidó esta vez? —pregunté desde la puerta del apartamento, sosteniendo mi bolso en un hombro, el maletín de trabajo en la otra mano y las llaves entre los dientes porque ya no me quedaban dedos libres.

—Mi cuaderno azul —respondió desde su habitación—. La profe dijo que hoy lo tengo que llevar.

Cerré los ojos un segundo y respiré profundo. A veces sentía que la maternidad era una carrera de obstáculos organizada por alguien con muy mal sentido del humor.

—Tienes treinta segundos, campeón.

Él apareció corriendo con el cuaderno apretado contra el pecho, la camisa del uniforme medio salida del pantalón y una sonrisa culpable que habría sido suficiente para derretirme si no estuviera mirando el reloj cada cinco segundos.

—Listo —dijo, como si acabara de resolver un caso complicado.

Le acomodé el cuello de la camisa, le peiné con los dedos el mechón rebelde que siempre se le caía sobre la frente y lo miré por un instante más de lo debido. Tenía cuatro años, pero cada día parecía crecer un poco más lejos de mis brazos.

Llegamos al colegio con el tiempo justo. Alex bajó del carro con su mochila saltando sobre la espalda y me dio un beso rápido en la mejilla antes de correr hacia la entrada.

Lo vi alejarse sin ese nudo insoportable que me acompañó durante su primer día en kínder. Antes me costaba soltarle la mano; ahora él apenas miraba atrás, seguro de su mundo pequeño, de sus amigos, de su rutina. Me dolía y me tranquilizaba al mismo tiempo.

Estaba por volver al carro cuando una voz femenina me detuvo.

—Hola, un gusto conocerte. Soy Anis Montes, madre de Adrián, compañero de tu hijo.

Me giré con una sonrisa educada, de esas que una aprende a usar en el colegio aunque tenga la mente en el tráfico, en el trabajo y en una audiencia que todavía no estaba preparada.

—Nicole Gil —me presenté, extendiéndole la mano—. Mucho gusto.

Anis tomó mi mano con entusiasmo. Era bonita, elegante y tenía una energía inquieta, como si siempre estuviera a punto de decir algo que no debía. Había algo familiar en su apellido, pero no logré ubicarlo de inmediato. Montes. Lo había escuchado decenas de veces en la oficina, claro, pero esa mañana mi cabeza iba demasiado rápido como para atar cabos.

—Adrián habla mucho de Alex —continuó ella—. Dice que son amigos y que siempre juegan juntos en el recreo.

Sonreí de verdad al escuchar eso. Alex no siempre era fácil al hacer amigos; observaba mucho antes de acercarse, como si primero necesitara entender el ritmo de los demás niños.

—Me alegra saberlo —dije—. Alex casi no me cuenta nada. Cuando le pregunto cómo le fue, siempre responde “bien” y cambia de tema.

Anis soltó una risa suave.

—Adrián es todo lo contrario. Me cuenta hasta quién llevó jugo en la lonchera. Por eso quería presentarme; siempre es bueno conocer a las otras mamás del curso.

Asentí, intentando no parecer apurada. Tenía el teléfono vibrando dentro del bolso y sabía que Pamela probablemente ya estaría revisando los correos del caso, pero Anis hablaba con tanta naturalidad que me resultó difícil cortarla de golpe.

—También quería decirte que tu hijo es precioso —añadió, mirándome con una atención que me hizo sentir extrañamente expuesta—. Tiene unos ojos muy llamativos.

El comentario me tensó apenas. No era la primera vez que alguien mencionaba los ojos de Alex, pero desde que había vuelto a ver a Alexander Montes en el bufete, cada observación sobre mi hijo parecía tener doble filo.

—Sí —respondí, obligándome a mantener la sonrisa—. Los sacó de su padre.

La frase salió antes de que pudiera medirla. Anis ladeó un poco la cabeza, interesada, y yo sentí la necesidad inmediata de recoger mis palabras y guardarlas donde nadie pudiera tocarlas.

—Perdón, no quise ser imprudente —dijo ella, aunque sus ojos seguían demasiado atentos—. Es que me llamó la atención desde el primer día que lo vi.

Me acomodé el bolso en el hombro y miré hacia la entrada del colegio, como si Alex todavía pudiera salvarme de aquella conversación aunque ya estuviera dentro del aula.

—No pasa nada —contesté—. Solo que voy un poco tarde al trabajo.

—Claro, no te entretengo más —dijo Anis, sonriendo—. Fue un gusto conocerte, Nicole. Seguro nos veremos seguido por aquí.

—Igualmente, Anis.

Caminé hacia el carro sintiendo su mirada en mi espalda. No sabía por qué, pero esa mujer me había dejado una incomodidad leve, casi imperceptible, como cuando una puerta queda entreabierta y una no sabe si debería cerrarla o mirar qué hay detrás.

Encendí el carro y respiré hondo antes de incorporarme al tráfico. Tenía un caso de homicidio esperándome, un jefe que era el padre de mi hijo sin saberlo y ahora una madre del colegio que, por alguna razón, parecía mirar a Alex como si hubiera encontrado una pieza perdida de un rompecabezas.

***

Entré a la sala de juntas con el bolso todavía colgando del hombro y el pulso acelerado por la conversación con Anis. Pamela ya estaba allí, rodeada de carpetas, notas adhesivas y una taza de café que parecía haber olvidado a medio beber.




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