Nicole Gil.
Estaba guardando las últimas cosas en mi bolso para salir de la oficina e ir a buscar a Alex cuando recibí un mensaje de Alexander.
No podré acompañarte a buscar a Alex.
Surgió un asunto familiar.
Te llamaré luego.
Le respondí que estaba bien, apagué la computadora y salí del edificio. Aunque su ausencia me inquietó, supuse que aquel asunto estaba relacionado con la discusión que había tenido con su familia.
—¿Por qué papá no vino? —preguntó Alex apenas salió del colegio.
—Tuvo una reunión familiar —le respondí, procurando que mi voz sonara tranquila.
En ese momento entró una llamada de Kat. Saqué el teléfono del bolso y, justo cuando iba a contestar, alguien chocó contra mi hombro. El aparato se me escapó de la mano y cayó al suelo.
—Disculpa —murmuró el desconocido sin detenerse.
No le presté atención. Me agaché para recoger el teléfono, pero ya no estaba. Revisé debajo del banco, entre los zapatos de otros padres y junto al borde de la acera. Nada.
No podía ser. Primero las amenazas y ahora aquello. ¿Me lo habría robado el hombre que chocó conmigo?
Me incorporé y miré en todas direcciones. Alcancé a distinguir una chaqueta oscura perdiéndose entre la gente, pero había demasiadas personas para saber si pertenecía al mismo hombre.
—Vamos al auto, Alex —le dije, procurando ocultar el nerviosismo. No le solté la mano ni por un segundo. Después de las amenazas, ya no podía considerar casualidad ninguna situación extraña.
—Está bien, mami —respondió él, mirándome confundido.
Conduje hasta el apartamento en silencio, observando el retrovisor más veces de las necesarias. Un vehículo gris permaneció detrás de nosotros durante varias calles, pero dobló antes de llegar al edificio. Al estacionar, miré a ambos lados antes de bajar. Subimos deprisa y, en cuanto cerré la puerta, Alex corrió hacia su habitación. Usé el teléfono fijo para llamar a Kat. Le conté lo sucedido y prometió venir de inmediato.
No sabía de memoria el número de Alexander y mi agenda estaba guardada en el teléfono desaparecido. Intenté convencerme de que él vendría más tarde, como había dicho. Aun así, la inquietud no me abandonó.
Fui hasta la habitación de Alex. Estaba sentado en el suelo, haciendo caminar dos dinosaurios sobre la alfombra, ajeno al temor que me apretaba el pecho.
—¿Podemos llamar a papá? —preguntó sin levantar la vista.
—Mi teléfono se perdió, cariño. Kat viene en camino y ella nos ayudará a comunicarnos con él.
Alex dejó los juguetes a un lado. —El señor que chocó contigo recogió algo del piso —dijo—. Pensé que te lo iba a devolver.
Sentí un escalofrío. Me arrodillé frente a él y traté de no alarmarlo. —¿Recuerdas cómo era?
—Tenía una gorra negra y una marca aquí —respondió, señalándose la mejilla izquierda—. También olía como el auto del abuelo de Adrián.
Antes de que pudiera preguntarle algo más, el timbre sonó. Me puse de pie de golpe. Kat no podía haber llegado tan rápido.
Me acerqué a la puerta sin hacer ruido y miré por la mirilla. El pasillo estaba vacío. Solo había un sobre blanco en el suelo, apoyado contra el marco.
No abrí. Había aprendido que el miedo podía empujarme a cometer errores. Cerré el seguro superior, llevé a Alex conmigo y llamé al portero desde el teléfono fijo. Nadie había anunciado una visita ni aparecía en las cámaras del vestíbulo.
Entonces el teléfono fijo comenzó a sonar. Contesté con la garganta seca, pero nadie habló. Del otro lado solo escuché una respiración lenta y, unos segundos después, una voz distorsionada pronunció una advertencia:
—Aléjate de la familia Montes.
La llamada se cortó. Abracé a mi hijo contra mí mientras una certeza helada se instalaba en mi pecho: quien había robado mi teléfono conocía nuestra relación con los Montes y nos había seguido hasta casa. Aquello no era una advertencia al azar. Querían obligarnos a desaparecer de sus vidas.
***
Una hora después llegó Kat. No supe que era ella hasta que tocaron la puerta y escuché su voz desde el pasillo.
—Nicole, soy yo. Abre.
Aun así, miré por la mirilla antes de quitar los seguros. Kat estaba sola, con el cabello revuelto y el teléfono apretado entre los dedos. Apenas abrí, entró deprisa y cerró detrás de ella.
—¿Dónde está Alex? —preguntó.
—En su habitación.
Le expliqué todo: el hombre que había chocado conmigo, la desaparición del teléfono, el sobre frente a la puerta y la voz distorsionada que me ordenó alejarme de la familia Montes. Mientras hablaba, Kat fue perdiendo el color del rostro.
—Tenemos que llamar a Alexander y a la policía —dijo.
—No me sé su número de memoria.
Kat frunció el ceño, como si intentara recordar algo. De pronto, abrió mucho los ojos.
—Espera. Una vez Alexander me llamó para avisarme que él recogería a Alex en el colegio. Debo tener su número guardado.
Buscó entre sus contactos hasta encontrarlo. Marcó de inmediato y puso la llamada en altavoz. Alexander respondió al primer tono, con la respiración agitada.
—Kat, no puedo hablar ahora. Estoy en la policía. Secuestraron a Alex.
Me abalancé sobre el teléfono.
—¡No! Alex está conmigo. Estamos en el apartamento.
Al otro lado se hizo un silencio abrupto.
—No salgan de ahí. No le abran a nadie. Voy para allá.
La llamada terminó. Menos de veinte minutos después, escuchamos golpes firmes en la puerta y la voz de Alexander pronunciando mi nombre. Kat miró por la mirilla antes de dejarlo entrar.
Alexander cruzó la sala sin saludar y fue directo a la habitación de Alex. Cuando lo vio sano y salvo, se arrodilló frente a él y lo abrazó con tanta fuerza que mi hijo soltó una pequeña queja. Alexander aflojó los brazos, pero no lo soltó de inmediato.
Le conté lo ocurrido desde que salí del colegio: el robo del teléfono, el sobre, la llamada y la amenaza. Su expresión se endureció con cada palabra.