El Hijo Del Ceo

CAPITULO 6

Alexander Montes

Después de dejar a Adrián con mis padres, regresé a mi apartamento con más preguntas de las que estaba dispuesto a admitir. Desde que Anis mencionó al niño que se parecía a mí, una sospecha absurda se había instalado en mi cabeza. Pero después de conocer a Alex, de mirarlo a los ojos y reconocer en él gestos que me resultaban demasiado familiares, ya no podía fingir que se trataba de una simple coincidencia.

Llevaba más de cinco años sin tener una relación seria. La última había sido con Gina. Terminamos porque queríamos vidas distintas: ella soñaba con una familia, una casa llena de hijos y una boda; yo solo pensaba en conseguir clientes, ganar casos y convertirme en uno de los mejores abogados de Nueva York.

El día que la encontré con quien yo creía que era mi amigo, me arrojó a la cara todo lo que llevaba meses guardándose. Dijo que la había obligado a esperar por un futuro que nunca pensaba darle. No justificaba su traición, pero algunas de sus palabras me golpearon porque eran ciertas.

Herido en el orgullo, terminé en el bar más cercano, bebiendo para silenciar la rabia. Allí conocí a una mujer de ojos inseguros y sonrisa luminosa. A la mañana siguiente desperté a su lado y, en lugar de afrontar lo ocurrido con madurez, la dejé sola.

Cinco años atrás

El sonido insistente de un teléfono me arrancó del sueño. Extendí la mano a ciegas y, al moverme, sentí a alguien a mi lado.

Abrí los ojos. Una mujer dormía de espaldas a mí, con el cabello extendido sobre la almohada y un mechón cayéndole sobre la frente. Durante unos segundos no recordé su nombre. Después regresaron imágenes dispersas: el bar, un vestido oscuro, su risa, la forma en que había aceptado bailar conmigo.

Nicole.

Tomé el teléfono.

—Sí —respondí, con la voz áspera por la resaca.

—Hijo, recuerda que tenemos un desayuno familiar —dijo mi madre—. Sabes cómo se pone tu hermana cuando alguien llega tarde.

Miré la hora y me incorporé de golpe.

—Está bien. Ya voy de camino.

No recordaba con claridad cómo habíamos llegado al apartamento. Me duché, me vestí deprisa y, al salir del baño, vi que Nicole aún dormía. Debí despertarla. Debí dejarle mi número, preguntarle si estaba bien o, al menos, despedirme como un hombre decente.

En cambio, escribí una nota breve.

“Lo siento. Tuve que irme.”

Me marché convencido de que volvería en unas horas. Pero el desayuno familiar se convirtió en una discusión interminable, y después mi padre tuvo una crisis de salud menor que nos mantuvo a todos pendientes de él. Terminé quedándome varias semanas en casa de mis padres mientras organizábamos sus citas y ayudaba con el trabajo de la firma.

Cuando por fin regresé al edificio, pregunté en recepción si había algo para mí. La encargada me entregó cartas y paquetes acumulados. Antes de que me fuera, recordó que una joven había ido a buscarme.

—No quiso dejar su nombre —me explicó—. Le dije que usted no estaba y que no sabía cuándo regresaría.

Pensé que volvería. Durante un mes, cada vez que entraba al vestíbulo, miraba hacia la recepción esperando encontrarla. Nunca apareció. Poco después me mudé al apartamento donde vivo ahora y guardé aquella noche en el lugar donde uno esconde los errores que no quiere examinar demasiado.

Fin del recuerdo

La pregunta me persiguió todo el fin de semana: ¿y si Nicole era aquella mujer? ¿Y si la joven que me buscó había sido ella? ¿Y si Alex era mi hijo?

El domingo por la noche le envié un mensaje.

Mañana, a las ocho, en mi oficina. Sea puntual.

No recibí respuesta. Supuse que era por la hora, pero a la mañana siguiente seguía sin contestar.

Me puse un traje negro y una camisa blanca. Reuní los documentos que necesitaba para la jornada y llegué al bufete antes que la mayoría. Faltaban diez minutos para las ocho y Nicole no había confirmado el mensaje.

A las ocho y cuarenta revisaba el expediente de una apelación por condena injusta cuando tocaron a la puerta.

—Pase —dije sin levantar la mirada.

—Buenos días, licenciado —saludó Nicole al entrar.

No esperé a que terminara de sentarse.

—Necesito que responda algunas preguntas —dije, procurando que mi voz no revelara la tensión que me endurecía los hombros.

Nicole dejó el bolso junto a la silla. Tenía el rostro pálido y las manos entrelazadas sobre las piernas.

—Supuse que por eso me citó.

Cerré el expediente y la miré de frente.

—¿Nos conocíamos antes de que usted entrara al bufete?

El silencio fue suficiente para confirmar una parte de mis sospechas. Nicole bajó la mirada y respiró hondo.

—Sí.

Una sola palabra. Clara, inevitable.

—¿Fue usted la mujer de aquella noche?

—Sí —repitió.

Me levanté y caminé hasta la ventana. Necesitaba poner distancia entre nosotros para no permitir que la culpa, la rabia y las preguntas hablaran al mismo tiempo.

—¿Por qué no me lo dijo cuando llegó a la firma?

Nicole alzó la cabeza.

—Porque usted no me reconoció. Porque era mi jefe. Porque yo necesitaba ese trabajo y no sabía qué podía pasar si removía el pasado.

—Fue a buscarme al edificio.

Sus dedos se tensaron.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Un mes después.

Sentí que el aire abandonaba la oficina. Un mes. El mismo tiempo que ella había tardado, según el cálculo que ya se formaba en mi cabeza, en descubrir que estaba embarazada.

Regresé al escritorio y apoyé ambas manos sobre la madera.

—¿Qué edad tiene Alex?

Nicole tardó demasiado en responder.

—Cuatro años.

—¿Cuándo cumple cinco?

—En tres meses.

Las fechas coincidían.

—Míreme, Nicole.

Ella lo hizo. En sus ojos había miedo, pero también una determinación que no le había visto antes.

—¿Alex es mi hijo?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Afuera, los teléfonos sonaban y la oficina despertaba como cualquier lunes. Dentro de aquellas cuatro paredes, en cambio, mi vida esperaba una respuesta.




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