Nicole Gil
Llegué a casa con Alex y dejé las llaves sobre la mesa de la entrada. Durante todo el trayecto había ensayado distintas maneras de hablarle, pero ninguna parecía suficiente para explicar una verdad que cambiaba la historia que conocía sobre su familia.
—Ve a cambiarte de ropa y luego ven a la sala, cariño. Tengo algo importante que contarte.
Alex me miró con curiosidad.
—¿Hice algo malo?
—No, mi amor. No hiciste nada malo.
—Está bien, mami.
Desapareció por el pasillo con la mochila todavía colgada de un hombro. En cuanto entró en su habitación, respiré hondo y repasé las recomendaciones que me había dado la psicóloga del colegio: hablar con palabras sencillas, no cargarlo con los errores de los adultos, permitirle hacer preguntas y no prometerle una relación que todavía debía construirse.
También había llamado a Kat. Ella me recordó que Alex llevaba años imaginando a un padre que viajaba por trabajo y que no podía sustituir esa historia por otra mentira. Tenía que decirle la verdad, aunque fuera poco a poco.
Al poco rato regresó con una camiseta de dinosaurios y un pantalón cómodo. Nos sentamos en la alfombra de la sala, frente a frente. Él cruzó las piernas e imitó mi postura.
—¿Qué me vas a contar?
Tomé sus manos pequeñas entre las mías.
—Mañana no irás al colegio. Vamos a ir al Hospital para hacernos una prueba.
Sus ojos se abrieron de inmediato.
—¿Me van a sacar sangre?
—Puede que solo necesiten tomar una muestra de la boca con un hisopo, como un cotonete. Si el médico necesita hacer algo distinto, nos lo explicará antes. Yo estaré contigo todo el tiempo.
—¿Y para qué es?
Sentí el corazón golpeándome contra el pecho. Aquella era la parte que había repetido tantas veces frente al espejo y que, aun así, me costaba pronunciar.
—¿Recuerdas que te dije que tu papá vivía lejos y que trabajaba mucho?
Alex asintió.
—No te conté toda la verdad porque yo tampoco sabía dónde encontrarlo. Cuando tú estabas en mi barriga, intenté buscarlo, pero no pude localizarlo. Hace poco volvimos a encontrarnos.
—¿Papá regresó?
—Sí. Y ahora quiere conocerte. La prueba de mañana servirá para confirmar que él es tu papá.
Alex guardó silencio. Miró nuestras manos unidas y luego levantó la cabeza.
—¿Dónde está? ¿Por qué no ha venido a jugar conmigo?
La pregunta me dolió, pero mantuve la voz serena.
—Porque acaba de enterarse de que eres su hijo. No sabía que tú existías.
—¿Nunca le dijiste?
No podía esconderme detrás de una respuesta fácil.
—Intenté buscarlo una vez, pero no lo encontré. Después tuve miedo y pensé que podía cuidarte sola. Debí seguir buscando una manera de decírselo. Esa fue una decisión de adultos y no fue culpa tuya.
Alex se quedó pensativo, frunciendo el ceño de la misma forma que Alexander cuando analizaba un expediente.
—¿Yo lo conozco?
La pregunta llegó antes de que estuviera preparada.
—Sí.
—¿Es el tío de Adrián?
Contuve la respiración. Mi hijo había unido las piezas mucho antes de que yo tuviera el valor de colocarlas frente a él.
—Sí, mi amor. Alexander es tu papá.
Alex abrió mucho los ojos y se quedó inmóvil.
—Por eso tenemos los mismos ojos.
—Sí. Por eso se parecen.
—¿Y Adrián sabe que ahora somos primos?
La naturalidad de la pregunta aflojó un poco el nudo que tenía en el pecho.
—Todavía no. Primero tenemos que hacer la prueba y hablar con los adultos de la familia.
—¿Mañana puedo hablar con él?
—Sí. Tendrán tiempo para conversar después de la cita. Pueden conocerse poco a poco y, si tú quieres, otro día podrán jugar.
—¿Y por qué necesitamos la prueba si tú ya sabes que es mi papá?
—Porque a veces los adultos necesitan comprobar las cosas con documentos. Pero la prueba no cambiará cuánto te quiero ni la vida que hemos construido tú y yo.
Alex soltó una de mis manos.
—¿Él me quiere?
Aquella pregunta me dejó sin aire. No podía hablar por Alexander, pero recordé su rostro al ver el dibujo, la forma en que había permanecido frente al colegio y el mensaje confirmando que estaría en la prueba.
—Creo que quiere aprender a quererte y a cuidarte como mereces. Está nervioso porque todo esto también es nuevo para él.
—Yo también estoy nervioso.
—Y está bien. Puedes sentirte feliz, confundido, enojado o curioso. No tienes que decidir hoy cómo sentirte.
Alex se acercó y apoyó la cabeza en mi pecho.
—¿Tú vas a seguir viviendo conmigo?
Lo abracé con fuerza.
—Siempre voy a ser tu mamá y esta siempre será tu casa. Conocer a tu papá no significa perderme a mí.
Permanecimos abrazados durante un largo rato. Después me pidió mirar una película y acepté, aunque ninguno de los dos prestó demasiada atención. Cada pocos minutos hacía una pregunta nueva: si Alexander sabía jugar fútbol, si le gustaban los dinosaurios, si conocía su comida favorita, si tendría que llamarlo papá desde el primer día.
Le respondí con sinceridad. Había cosas que no sabía y otras que tendría que preguntarle a él. Sobre cómo llamarlo, le expliqué que podía decirle Alexander hasta que se sintiera preparado para usar otra palabra.
Esa noche tardó más de lo habitual en dormirse. Me senté a su lado y le leí el mismo cuento dos veces. Cuando por fin cerró los ojos, dejó una mano aferrada a la manga de mi blusa.
Regresé a la sala y encontré el dibujo de la escuela sobre la mesa. Alex ya le había añadido un rostro a la figura de su padre: unos ojos oliva, el cabello oscuro y una expresión seria que, a su manera infantil, se parecía bastante a Alexander. Pensé en la seguridad con la que él había dicho que no desaparecería. Quería creerle, pero una parte de mí todavía despertaba en aquel apartamento vacío, frente a una nota de dos líneas.
Mi teléfono vibró. Era un mensaje suyo.