Nicole Gil
Los resultados estarían listos en siete días. Una semana parecía poco tiempo, pero se sentía interminable cuando de aquella respuesta dependía el comienzo de una nueva etapa para Alex.
Al salir del hospital, Alexander propuso que fuéramos a una heladería cercana. Alex aceptó antes de que yo pudiera responder. Caminó entre nosotros, sosteniendo su dibujo contra el pecho y hablando de los sabores que quería probar, como si aquella mañana no hubiera cambiado la historia de nuestras vidas.
Compramos los helados y nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Alex eligió chocolate con trozos de galleta; Alexander pidió vainilla y yo, fresa. Pasamos buena parte del día juntos. Mi hijo estaba feliz, saltando de una pregunta a otra, y verlo al lado de su padre me llevó inevitablemente al recuerdo del día en que nació.
Yo estaba en mi apartamento, acomodada en el sofá y viendo una serie que apenas seguía. Faltaban dos semanas para la fecha prevista del parto, así que todavía creía que tenía tiempo para organizar la cuna, lavar la última ropa del bebé y preparar con calma el bolso del hospital.
Me levanté para buscar las fresas cubiertas de chocolate que guardaba en la nevera. Cuando regresaba al sofá, sentí un líquido tibio deslizarse por mis piernas. Me quedé inmóvil, mirando el suelo, mientras mi corazón comenzaba a golpear con fuerza.
—No puede ser —murmuré, llevándome una mano al vientre.
Entonces llegó la primera contracción. No fue insoportable, pero sí lo bastante intensa para arrancarme cualquier duda. Alex había decidido nacer antes de tiempo.
Llamé a Kat con los dedos temblorosos. Contestó al segundo tono y, cuando le dije que había roto fuente, empezó a darme instrucciones tan rápido que tuve que pedirle que respirara. Llegó pocos minutos después, despeinada, con las llaves del carro en una mano y mi bolso del hospital en la otra.
El trayecto al hospital fue una mezcla de miedo, dolor y emoción. Yo apretaba el cinturón con una mano y sostenía mi vientre con la otra. Entre una contracción y la siguiente, hablaba con mi bebé.
—Espera un poquito, mi amor. Mamá ya va a llevarte a un lugar seguro.
Alex nació el 2 de febrero, después de varias horas de trabajo de parto. Cuando escuché su llanto por primera vez, todo el cansancio, el miedo y la incertidumbre desaparecieron. La enfermera lo colocó sobre mi pecho y él abrió los ojos apenas un instante. Eran oscuros todavía, pero con el paso de los meses tomarían aquel tono oliva que ahora compartía con Alexander.
Lo abracé con cuidado, temiendo que hasta mi respiración pudiera lastimarlo. Era pequeño, tibio y perfecto. En aquel momento supe que haría cualquier cosa por protegerlo, incluso si tenía que criarle sola.
Ese fue el día más feliz de mi vida.
—Mami, se te está derritiendo el helado.
La voz de Alex me devolvió al presente. Bajé la mirada y vi una línea rosada deslizándose por el borde del vaso. Él me observaba con la cuchara suspendida frente a la boca, mientras Alexander esperaba en silencio al otro lado de la mesa.
—Estaba recordando el día en que naciste —le expliqué.
—¿Yo lloré mucho?
—Lo suficiente para que todos supieran que habías llegado.
Alex sonrió, satisfecho con la respuesta. Alexander, en cambio, bajó la mirada hacia su helado. Por un instante vi el peso de todo lo que se había perdido reflejado en su rostro.
—Me habría gustado estar allí —dijo en voz baja.
No supe qué responder. Durante años había imaginado aquella escena sin él y me había acostumbrado a pensar que ese recuerdo nos pertenecía solo a Alex y a mí. Ahora Alexander estaba sentado frente a nosotros, intentando entrar en una historia que ya llevaba casi cinco años escribiéndose.
Alex estiró la mano por encima de la mesa y le ofreció una cucharada de su helado.
—No estuviste cuando nací, pero estás aquí ahora.
Alexander aceptó la cucharada con una sonrisa que no logró ocultar la emoción. Yo los observé a ambos y sentí que algo dentro de mí cedía, apenas un poco. El pasado no podía cambiarse, pero tal vez los próximos recuerdos no tendrían que pertenecer únicamente a Alex y a mí.
Los días pasaron con una lentitud desesperante, aunque quizá solo era mi ansiedad por descubrir lo que nos esperaba.
Aquella tarde recogeríamos los resultados y luego iríamos a la oficialía para iniciar el trámite de reconocimiento y añadir el apellido de Alexander al de Alex. Sin embargo, desde que llegó esa mañana, Alexander se había encerrado en su oficina. Apenas lo había visto y, cuando lo hice, parecía más serio de lo habitual.
Faltaba una hora para terminar la jornada cuando sonó mi teléfono.
—Nicole, ven a mi oficina —ordenó Alexander, y colgó antes de que pudiera responder.
Me levanté y me dirigí hasta allí. Saludé con un gesto a su secretaria y entré sin tocar. Si él no había tenido la decencia de esperar mi respuesta, yo tampoco veía la necesidad de anunciarme.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarte?
—Aquí está el borrador del acuerdo de custodia —dijo mientras se levantaba de su asiento y caminaba hacia mí—. Revísalo de camino al hospital. Cambiaremos todo lo que no te parezca bien.
Salimos poco después. Durante el trayecto revisé el documento. Todo parecía razonable: incluía una relación de los gastos que yo había asumido por Alex durante los últimos años, los posibles reembolsos y la pensión que, de acuerdo con los ingresos de Alexander, le correspondía aportar. La cantidad me pareció excesiva para un niño de cinco años, pero también entendía que no se trataba solo de cubrir sus necesidades actuales, sino de garantizarle estabilidad.
La página siguiente estaba casi en blanco. Solo tenía un encabezado para establecer los días y horarios de convivencia.
—¿Por qué no pusiste los días que quieres verlo? —pregunté, volviéndome hacia él.
—Porque debe ser un acuerdo entre los dos —respondió, concentrado en la carretera—. Tenemos que hablarlo y encontrar una rutina con la que Alex se sienta cómodo. Y tú también.