Alexander Montes
Las amenazas habían empezado como una sombra alrededor de mi familia. Ahora tenía una carta, una fotografía y un rastro que conducía hasta la cuenta de mi hermano. Ninguna de esas cosas bastaba para señalar a un culpable, pero juntas me impedían seguir fingiendo que el peligro venía de alguien completamente ajeno a nosotros.
Había sospechado de todos. Aun así, una parte de mí se resistía a imaginar a Andrés detrás de esto o a mi padre. Podíamos discutir hasta quedarnos sin voz; habíamos pasado la vida haciéndolo. Otra cosa era aceptar que pudiera utilizar a mi hijo para hacerme daño.
La fotografía también situaba a una mujer parecida a Verónica junto a Gabriel Salvatierra, años antes de que mi hermano nos la presentara. Eran indicios que necesitábamos comprender, no una sentencia. Me repetí esa diferencia antes de entrar en la sala.
Antes de salir del refugio, Nicole me había detenido junto a la puerta. «Quiero intentarlo», me dijo. No había prometido olvidar el pasado ni dejar de tener miedo. Solo me pidió que lo nuestro no cambiara las decisiones que tomábamos por Alex. Le respondí que estaba de acuerdo y ella me besó, breve, antes de ir a buscar su bolso. Ahora estábamos juntos frente a mi familia, y yo sabía que defenderla no consistía en hablar en su nombre.
Nos reunimos aquella tarde en la mansión de mis padres. Ani había llegado con su esposo; Andrés, con Verónica. Nicole se sentó a mi lado, frente a la mesa que mi padre utilizaba para sus reuniones privadas. Alex y Adrián se habían quedado con Kat, lejos de una conversación que no tenían por qué escuchar. El equipo de seguridad conocía nuestros movimientos. Mi familia, en cambio, seguía sin saber dónde estábamos alojados.
—Los reuní porque tenemos que hablar de las amenazas —comencé—. Y esta vez quiero que terminemos la conversación.
Andrés apoyó los codos sobre la mesa. —Si es una reunión familiar, ¿qué hace Nicole aquí? Que yo sepa, no están casados. Tener un hijo tuyo no la convierte automáticamente en una Montes.
—Ya basta, Andrés —intervino mi madre.
—Está aquí porque la amenazaron, le robaron el teléfono y utilizaron el nombre de nuestro hijo para aterrorizarla —respondí—. No necesita mi apellido para tener derecho a escuchar lo que sabemos. Y no voy a permitir que vuelvas a hablar de ella de esa manera.
Mi hermano soltó una risa seca y se levantó. Verónica rozó su muñeca, intentando detenerlo, pero él apartó la mano y empezó a caminar detrás de las sillas. Nicole no bajó la mirada. —No he venido a pedirte un lugar en tu familia, Andrés. He venido a saber quién está poniendo en peligro a mi hijo.
—Hubo amenazas de secuestro y nos hicieron creer que Alex había desaparecido —continué—. No ocurrió, pero alguien quiso que lo creyéramos. Después enviaron una carta. Esto ya no es una discusión sobre quién merece sentarse a nuestra mesa.
—Adrián está recibiendo clases en casa —dijo el esposo de Ani—. No vamos a exponerlo mientras no sepamos qué está pasando.
Ani asintió. Tenía los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Conecté mi laptop a la pantalla de la sala y mostré la copia de la carta, seguida de la fotografía.
—Alguien accedió a los archivos de la propiedad en la que nos alojamos usando tus credenciales, Andrés. El detective está revisando ese acceso. Necesitamos saber quién pudo utilizar tu cuenta.
Mi hermano se detuvo frente a mí. —Claro. Ahora quieres echarme todo encima. Que usaran mi cuenta no significa que fuera yo. En mi casa trabajan otras personas y paso más tiempo en el hospital que allí. Tengo vidas que salvar.
Sentí el impulso de responderle con una de nuestras viejas burlas. Lo contuve. No habíamos reunido a la familia para ver quién lograba herir más al otro.
—Entonces ayúdanos a comprobarlo. ¿Dónde estabas cuando ocurrió el acceso este miercoles?
—Operando. Puedes pedir los horarios al hospital. No soy el único que trabaja hasta tarde.
—El detective tendrá que verificarlos. También hablará contigo sobre el equipo desde el que se abrió la sesión. No estoy diciendo que hayas sido tú.
—Están agotados —dijo mi padre—. Y ustedes dos convierten cualquier conversación en una pelea.
Nicole puso una mano sobre mi brazo. No fue para callarme, sino para recordarme por qué estábamos allí. Volví a la pantalla. —La carta llegó con esta fotografía. Tú apareces en ella, papá. Quiero que nos digas quiénes son los demás.
Mi padre se acomodó las gafas, aunque no necesitaba acercarse para reconocer la imagen. —Es de hace unos seis años. Algunos eran socios del bufete; otros trabajaban para la empresa que ocupaba ese edificio. —Señaló al hombre rodeado por el círculo rojo—. Ese es Gabriel Salvatierra.
—¿Por qué cerró esa oficina? —pregunté.
Mi padre miró a mi madre antes de responder. —Hubo un accidente en una de las instalaciones de la empresa. Salvatierra presentó una reclamación. El asunto terminó en un acuerdo.
—Lorenzo encontró la demanda —dije—. Lo que no encontró fue una explicación de lo que pasó.
—Los documentos no están completos en los archivos digitales. Fue hace años.
—Seis —precisó Nicole—. No estamos hablando de un recuerdo de hace medio siglo.
Mi padre la miró. Por un instante pensé que se molestaría, pero bajó los ojos hacia la mesa. —No estoy intentando restarle importancia.
—Entonces no lo hagas —respondí—. Alguien está utilizando ese caso para amenazarnos. Necesitamos todos los documentos, incluidos los que no se digitalizaron.
Verónica seguía sentada, con una mano sobre el vientre. No había dicho nada desde que empezó la reunión. Amplié la esquina de la fotografía y dejé la imagen de la mujer en la pantalla.
—También necesitamos saber quién es ella.
Andrés se volvió hacia la pantalla. Después miró a su esposa. El cambio en su expresión fue tan rápido que no supe si acababa de reconocerla o si llevaba toda la reunión esperando aquel momento.