El Hijo Del Ceo

CAPITULO 16

Nicole Gil

La tensión llevaba tanto tiempo instalada en aquella sala que ya casi podía sentirla sobre la piel. Miré el acuerdo abierto sobre la mesa y luego a Verónica. Seguía sin responder a su marido. Le acerqué un vaso de agua; lo sostuvo con ambas manos, pero apenas bebió.

—Sí sé a quién podría pertenecer la B —dijo al fin, dejando el vaso sobre la mesa—. No quería decirlo sin estar segura.

Andrés se inclinó hacia ella. —Hace un momento dijiste que no lo sabías. —Su voz salió baja, mucho más dolorosa que un grito—. Mírame, Verónica. ¿Qué más me has ocultado?

Me quedé junto a su silla. Estaba enojada y tenía miedo por Alex, pero verla acorralada no nos acercaría a ninguna respuesta. Al otro lado de la mesa, Alexander había dejado de mirar la fotografía. Toda su atención estaba puesta en ella.

—Déjala terminar, Andrés —intervino su padre—. Luego podrás preguntarle lo que necesites. —Andrés apretó la mandíbula, pero se recostó en la silla. Verónica buscó aire antes de continuar.

—Tengo un hermano. Se llama Bruno.

Andrés apartó la mirada. Lo vi tragar saliva antes de volver a hablar.

—Me dijiste que eras hija única.

Verónica cerró los ojos. Nadie intentó ayudarla con esa respuesta.

—Llevábamos años sin hablarnos cuando te conocí. Después de la muerte de mi padre nos distanciamos. Yo quería marcharme, estudiar, conseguir un trabajo… Él decía que irme era abandonarlo.

—Y decidiste borrarlo —dijo Andrés.

—Decidí no hablar de él. No es lo mismo, aunque entiendo que ahora no puedas creerme nada.

Andrés se pasó las manos por el rostro. Alexander abrió una página en blanco en su libreta.

—Necesitamos su nombre completo y saber cuándo hablaste con él por última vez.

—Bruno Salvatierra. Me llamó hace unas semanas. Quería que pidiera los documentos del accidente porque el abogado no le contestaba. Por eso solicité las copias.

—¿Antes o después de que empezaran las amenazas? —pregunté.

Verónica me miró. —No lo recuerdo con exactitud. Puedo buscar la llamada.

Sacó el teléfono del bolso. Sus dedos temblaron al desbloquearlo. Esperamos mientras recorría la pantalla; el sonido de una taza al rozar un plato me hizo volver la cabeza. Alana la dejó enseguida sobre la mesa, sin haber bebido.

—Aquí está —dijo Verónica, y giró el teléfono hacia Alexander—. Fue ese día.

Él anotó la fecha. —Se lo pasaremos al detective. También necesitamos saber qué le contaste de nosotros.

Verónica dejó el teléfono junto al vaso. —Sabía que estaba casada con Andrés. Lo supo cuando retomamos el contacto. Discutimos por eso.

—¿Y de los niños? —insistí.

Tardó en responder. Sentí que Alexander buscaba mi mano debajo de la mesa, pero yo necesitaba tener las dos apoyadas sobre las rodillas para no levantarme.

—Le hablé de mi embarazo. De Adrián… Y de que había llegado otro niño a la familia.

—Mi hijo —dije.

—Sí.

La sala se quedó en silencio. Pensé en la fotografía tomada frente al colegio y en Alex jugando sobre la alfombra mientras yo buscaba una manera de comunicarme con su padre.

—¿Le dijiste su nombre? ¿A qué colegio iba?

—Su nombre, sí. El colegio, no. Nunca le di una dirección, Nicole. Te lo juro.

—Ahora mismo necesito que recuerdes, no que me jures nada.

Mi voz sonó más dura de lo que esperaba. Verónica bajó la cabeza y yo respiré despacio. No quería castigarla por estar asustada, pero tampoco podía consolarla antes de saber cuánto había contado.

—Cuando llegaron los mensajes, le pregunté si tenía algo que ver —añadió—. Dijo que no. Que estaba enfadado con los Montes, pero que no era un criminal. Quise creerle.

Andrés se puso de pie y caminó hasta la ventana. Su esposa hizo ademán de seguirlo.

—Quédate, por favor —le pidió sin volverse—. Necesito un momento.

Ella volvió a sentarse. Alexander me miró antes de tomar su teléfono. Asentí. Llamó a Lorenzo y le explicó lo que acabábamos de escuchar, sin presentar a Bruno como culpable ni omitir que Verónica había hablado con él.

—Que lo sepa también el detective —añadió—. Y que se compruebe la relación con la línea del primer mensaje. Todavía no tenemos una explicación para eso.

Mientras Alexander hablaba, Ani se acercó a Verónica y le pidió que no borrara ninguna conversación. Su voz tenía una rigidez nueva. Ya no la miraba como a una desconocida, pero tampoco como a la cuñada con la que había desayunado tantos domingos.

—No iba a borrar nada —respondió Verónica.

—Entonces enséñanos lo que puedas —dijo Ani—. Mi hijo también está escondido.

Aquello hizo que Verónica levantara la cabeza. Miró a Ani y luego a mí, como si hasta ese momento hubiera logrado mantener separados el dolor por su padre y el miedo que había entrado en nuestras casas.

—Lo siento —susurró.

No respondí. Alexander terminó la llamada y dejó el teléfono sobre la mesa.

—Lorenzo trasladará la información. Verónica, necesitan hablar contigo directamente. ¿Estás dispuesta a entregar las conversaciones y los documentos que recibiste?

—Sí. Todo.

—Y mi ordenador —añadió Andrés desde la ventana—. Lo usaste para revisar unos papeles, ¿recuerdas?

Verónica asintió despacio. —Los del abogado. Te pedí permiso porque necesitaba imprimirlos.

—Lo sé. —Andrés regresó a la mesa, pero no se sentó—. No estoy diciendo que hicieras nada más. Estoy intentando recordar quién pudo acercarse a ese equipo. ¿Estuviste sola?

—Sí. Bruno no ha ido a nuestra casa.

Alexander anotó también aquello. Nadie se apresuró a llenar el silencio. Habíamos encontrado un nombre, pero seguían sin encajar la cuenta de Andrés, la línea registrada a nombre de alguien de la familia y la persona que había seguido a Alex hasta el colegio.

Mi teléfono vibró. Era Kat. Salí al pasillo para contestar y escuché a mi hijo protestar al fondo porque Adrián había cambiado las reglas de un juego.




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