Alexander Montes
Era domingo, el día en que llevaría a Alex a conocer a mis padres. La noche anterior le había pedido a Ani que preparara dos lugares más en la mesa: uno para mi hijo y otro para Nicole.
Con todo lo ocurrido durante la semana, aún no les había contado nada a mis padres. También había comenzado a remodelar la habitación de invitados para convertirla en el cuarto de Alex, aunque Nicole insistía en que no debía precipitarme.
Habíamos acordado pasar los primeros meses compartiendo tiempo con él. Las visitas serían cortas y Nicole estaría presente hasta que Alex se acostumbrara por completo a mí. Hasta entonces no había mostrado rechazo a mi cercanía, pero yo sabía que su entusiasmo no era una garantía. Tenía que ganarme su confianza un día a la vez.
Ani era la única que conocía todos los detalles. Primero, porque había sospechado la verdad antes que yo; segundo, porque era diseñadora de interiores y se había ofrecido a ayudarme con la habitación. Aun así, me había hecho prometer que no compraríamos nada definitivo sin preguntarle antes a Alex qué le gustaba.
Mis padres, en cambio, creían que aquel sería un desayuno familiar como cualquier otro. La sorpresa me parecía apropiada cuando la planeé; esa mañana, mientras me abotonaba el polo frente al espejo, empecé a preguntarme si no había cometido un error.
Elegí unos jeans y un polo azul. Quería parecer relajado, aunque llevaba toda la mañana repasando posibles reacciones: la sorpresa de mi madre, el silencio de mi padre, las preguntas que Nicole no tendría por qué responder.
Bajé en el ascensor hasta el estacionamiento subterráneo y conduje hasta el edificio de Nicole para buscarla a ella y a mi hijo.
Al llegar, le envié un mensaje.
¿Están listos?
Sí. Bajamos ahora —respondió un minuto después.
Salí de la camioneta y esperé junto a la entrada. Quería ayudarlos con lo que llevaran, pero también necesitaba moverme para descargar los nervios.
Al poco rato los vi salir. Nicole llevaba un vestido de flores amarillas y el cabello castaño le caía en ondas sobre los hombros. Estaba hermosa, pero antes de que pudiera ordenar mis pensamientos, Alex corrió hacia mí. Llevaba pantalones cortos y un polo azul casi del mismo tono que el mío.
—¡Papá! —exclamó mientras se colgaba de mi cuello.
La palabra me golpeó en el pecho con una fuerza inesperada. Lo sostuve con cuidado y le revolví el cabello.
—¿Cómo amaneció mi pequeño dinosaurio?
—Muy feliz. Voy a conocer a tus papás y a jugar con Adrián —respondió cuando lo bajé.
Levanté la mirada hacia Nicole.
—Hola —dije.
—Hola —respondió ella. Su sonrisa fue breve, pero suficiente para aumentar mi conciencia de lo cerca que estaba.
Subimos a la camioneta y emprendimos el camino hacia la casa de mis padres. Nicole permaneció callada durante los primeros minutos. Alex, en cambio, llenó el vehículo con historias.
—Una vez le hice una broma a mami y llené el apartamento de espuma —contó. Lo miré por el retrovisor; movía las manos con entusiasmo—. Había espuma por todas partes, pero mami casi se resbaló y me asusté.
—Y después tuvo que limpiar su desastre —añadió Nicole.
—Eso fue lo que menos me gustó de la broma —dijo Alex con una mueca. Nicole soltó una risa y yo la acompañé. La tensión del viaje disminuyó, aunque regresó en cuanto atravesamos las rejas de la propiedad familiar.
Ani nos esperaba en la entrada con Adrián a su lado. Mi sobrino bajó corriendo los escalones apenas me vio estacionar, pero Alex, que durante todo el camino había hablado sin parar, se quedó inmóvil junto a la camioneta. Se acercó a Nicole y le tomó la mano, observando la casa con una timidez repentina. Adrián frenó frente a él y, en lugar de abrazarlo, le mostró el pequeño dinosaurio que llevaba en el bolsillo. El gesto funcionó: Alex sonrió y empezó a caminar con nosotros.
El esposo de Ani salió a recibirnos y saludó a Nicole con amabilidad antes de levantar a Adrián por los hombros para apartarlo del camino. Ani se acercó a mí y bajó la voz.
—Respira. Mamá está de buen humor, papá todavía no ha empezado con sus preguntas y Andrés vino con su esposa. Están todos en el jardín.
Miré a Alex, que seguía aferrado a la mano de Nicole.
—Tal vez son demasiadas personas de una sola vez.
—Entonces no lo apresures —aconsejó Ani—. Deja que él decida cuándo acercarse.
Atravesamos la casa y salimos al jardín. El desayuno estaba servido bajo la pérgola, alrededor de una mesa larga rodeada de buganvilias. Mis padres ocupaban uno de los extremos. Andrés conversaba con el esposo de Ani, mientras su esposa, embarazada de seis meses, descansaba una mano sobre el vientre. Al vernos, mi madre se levantó de inmediato. Los demás comenzaron a hacer lo mismo, acomodando sillas y servilletas, pero ella ya venía hacia nosotros con los brazos abiertos.
Mi madre apenas me dedicó una mirada. Fue directamente hacia Nicole y la abrazó antes de que ella pudiera reaccionar.
—¡Por fin! —exclamó, separándose solo lo suficiente para contemplarla—. Ya empezaba a pensar que Alexander llegaría a los cuarenta casado únicamente con su empresa. Dime que tú eres la mujer que logró convencerlo de que existe vida fuera de una oficina.
Nicole abrió los ojos, sorprendida. Ani se cubrió la boca para esconder la risa y Andrés soltó una carcajada. Yo sentí que el calor me subía al rostro.
—Mamá, basta —la interrumpí—. Nicole no es mi novia.
Mi madre dejó caer los brazos, visiblemente confundida.
—Entonces, ¿quién es?
Miré a Nicole. Ella seguía junto a Alex, que se había ocultado a medias detrás de su falda al notar que todas las miradas se dirigían hacia nosotros.
—Es la madre de mi hijo, Alex.
Mi madre parpadeó.
—¿Tu hijo?
—Sí, mamá. Tenemos un hijo de cinco años.
El silencio cayó sobre el jardín. Mi padre dejó la taza sobre el plato. Andrés me observó con la boca entreabierta, y su esposa se llevó una mano al pecho. El esposo de Ani miró primero a su mujer y luego a mí, como si intentara confirmar que no había escuchado mal.
Me agaché y extendí una mano hacia Alex.
—Ven, campeón.
Él buscó la mirada de Nicole. Cuando ella le sonrió y asintió, avanzó despacio hasta colocarse a mi lado. Apoyé una mano en su hombro, sin obligarlo a alejarse de su madre.
—Familia, él es Alex. Mi hijo.