Nicole Gil
Las palabras de Alexander me dejaron inmóvil en la puerta del estudio.
—¿Cómo que nos encontraron?
Él señaló una de las pantallas. En la imagen de la cámara se veía un sobre blanco junto a la puerta trasera. A simple vista parecía inofensivo, pero después de todo lo ocurrido, ningún objeto abandonado frente a la casa podía considerarse una casualidad.
Alexander tomó el teléfono y habló con el jefe de Seguridad. Su voz era firme, contenida, la misma que utilizaba cuando quería que todos obedecieran sin hacer preguntas.
—Nadie se acerca hasta que revisen el perímetro. Quiero saber cómo llegó ahí y por qué ninguna cámara registró a la persona que lo dejó.
—Alexander —lo interrumpí—, eso no significa necesariamente que sepan que estamos aquí.
Me miró como si mi intento de tranquilizarlo fuera una imprudencia.
—El sobre apareció dentro de la propiedad, Nicole.
—Lo sé. Pero primero averigüemos qué contiene.
No estaba tranquila. Mi corazón latía con demasiada fuerza para fingirlo. Sin embargo, tampoco quería que el miedo se apoderara de aquella casa antes de tener una razón real.
Dos agentes recorrieron el jardín mientras nosotros observábamos las cámaras. Alex y Kat seguían dormidos. Me alivió que mi hijo no estuviera allí para ver el arma sobre el escritorio ni la tensión en la mandíbula de su padre.
Después de varios minutos, el jefe del equipo llamó. No habían encontrado huellas de intrusión. La cerradura de la verja estaba intacta, los sensores no mostraban ninguna alteración y el camino lateral permanecía vacío.
—Entonces, ¿cómo llegó el sobre? —pregunté.
Alexander amplió una grabación de la tarde anterior. Un automóvil de reparto se había detenido frente a la entrada. El conductor entregó una caja de alimentos al guardia y, al parecer, el sobre estaba pegado en la parte inferior. Debió desprenderse cuando llevaron la caja hasta la casa.
—Pudo colocarlo cualquiera antes de que el pedido saliera del supermercado —dijo el jefe de Seguridad por el altavoz—. No tenemos evidencia de que alguien haya entrado en la propiedad.
La explicación reducía el peligro inmediato, aunque no eliminaba la inquietud. Quien hubiera enviado el sobre quizá no conocía la ubicación de la casa. Podía haberlo adherido al pedido en la ciudad, sabiendo únicamente que llegaría a Alexander.
El equipo tomó fotografías, revisó el exterior y llevó el sobre al estudio dentro de una bolsa transparente. No había cables, manchas ni señales extrañas. Solo nuestro apellido escrito con letras impresas:
Para Alexander Montes.
—Deberíamos dejar que la policía lo abra —dije un poco asustada.
—Ya lo revisaron y no encontraron nada peligroso. -Dijo Alexander, con total seguridad
—Eso no significa que sea seguro.
—Tampoco sabemos todavía si esta amenaza está dirigida contra nosotros o contra sus empresas.
Se pasó una mano por el cabello. La discusión no era realmente sobre el sobre. Era sobre su necesidad de anticiparse a cada golpe y mi temor de que aquella vigilancia terminara convirtiéndose en nuestra única forma de vivir.
Finalmente permitió que el agente lo abriera. Dentro había una sola hoja doblada y una fotografía.
Alexander leyó primero. Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez y después regresaron al comienzo. Cuando terminó, no dijo nada.
—Déjame verla.
Dudó antes de entregármela. Tomé la hoja y leí:
Alexander:
Pagarán por lo que me han hecho. Cada uno de ustedes.
Desde el más viejo hasta el más nuevo.
Nos veremos pronto.
B.
Leí la última línea otra vez. Desde el más viejo hasta el más nuevo. Mi mirada se desvió hacia el pasillo por donde Alex aparecería en cualquier momento. La carta no decía su nombre. No lo necesitaba.
Debajo de la despedida había una sola letra: B. No sabía si era una inicial, un nombre inventado o una forma de obligarnos a buscar a alguien. Miré la fotografía. Mostraba al padre de Alexander, mucho más joven, frente a uno de los antiguos edificios de la empresa, junto a otros cuatro hombres. Uno de los rostros estaba rodeado por un círculo rojo.
En el reverso aparecía una fecha de hacía casi seis años y un nombre escrito a mano: Gabriel Salvatierra. Pasé la vista del nombre a la firma de la carta. No coincidían.
—¿Lo conoces? —pregunté, mostrándole el reverso.
Alexander tomó la fotografía por los bordes. Se quedó mirando al hombre señalado más tiempo del necesario.
—No recuerdo haberlo conocido. Esa oficina cerró después de una investigación interna. Cada vez que pregunté por ella, mi padre cambió de tema.
—¿Y la B?
—No sé a quién pertenece.
Su respuesta fue apenas un murmullo. Volvió a leer la carta y se detuvo en la misma frase que yo. Vi cómo apretaba la mandíbula. Esta vez no intentó convencerme de que se trataba únicamente de sus empresas.
—Podrían estar señalando a Salvatierra o utilizando su historia para ocultar a otra persona —dijo—. Pero no voy a interpretar «el más nuevo» como si Alex quedara fuera.
—Antes amenazaron con que no volvería del colegio. No podemos separar una cosa de la otra solo porque ahora envíen una fotografía antigua.
—No lo haremos. Voy a entregar todo a la policía. También lo de la cuenta de Andrés. Que alguien haya usado sus credenciales no demuestra que haya sido él, pero ya no podemos dejar esa pista pendiente.
Un crujido en el pasillo nos hizo volvernos al mismo tiempo. Alex apareció abrazado a su dinosaurio, seguido por Kat. Alexander deslizó la carta bajo una carpeta y apartó la fotografía antes de que nuestro hijo alcanzara el escritorio.
—¿Por qué están despiertos tan temprano? —preguntó Alex—. ¿Pasó algo?
La pregunta me obligó a aflojar los dedos. No había notado que seguía apretando la bolsa transparente en la que había llegado el sobre.