Nicole Gil
Era jueves por la noche y no hacía mucho que había llegado del trabajo. Ya estaba en pijama; Alex terminaba su tarea mientras yo preparaba la cena. Había hecho su comida favorita: nuggets con papas. Intenté prepararlos de la forma más saludable posible porque, aunque no siempre podía controlar lo que comía, al menos quería sentir que se alimentaba bien.
Cuando terminé de servir, llamaron a la puerta. Seguro era mi amiga Kat.
Fui a abrir y, en cuanto nos vimos, nos abrazamos.
—¿Cómo va todo? ¿Y Alex? —preguntó Kat al entrar con una bolsa de regalo en la mano.
—Está terminando su tarea. Ya sabes que, cuando se concentra, no le gusta que lo interrumpan —respondí mientras regresaba al comedor para terminar de preparar la mesa.
—Tenemos que ponernos al día —dijo, robándose un nugget de la bandeja.
—Sí. Ya sabes que cambié de trabajo, pero no sabes a quién me encontré allí —dije. Esperé a que se acercara y bajé la voz—. Mi jefe es Alexander, el padre de Alex. Parece que no me reconoció; al menos, no vi nada en su rostro que indicara lo contrario.
—¿Y qué piensas hacer? Tienes que decírselo, Nicole, aunque después él decida que no quiere formar parte de la vida de Alex.
—Lo estoy pensando. Alex está creciendo y, a veces, me pregunta por su padre. Pero no sé cómo se lo tomaría Alexander ni qué podría pasar después.
Hice una pausa, tratando de ordenar todo lo que llevaba años guardándome, y continué:
—Y también quiero preguntarle por qué me dejó sola aquella mañana. Desperté sin saber quién era realmente, sin un número para localizarlo y con una nota que apenas decía que tenía que irse. Antes de hablarle de Alex, necesito entender por qué desapareció de esa manera.
Kat dejó de bromear por un instante.
—Tienes derecho a preguntárselo, pero no dejes que esa respuesta decida por Alex. Una cosa es lo que pasó entre ustedes y otra muy distinta es el derecho de tu hijo a conocer a su padre.
—Sí —admití.
Kat guardó silencio durante un instante, pero enseguida recuperó su sonrisa traviesa.
—Y dime una cosa… ¿sigue igual de guapo? —preguntó en tono coqueto.
—Ay, Kat —murmuré, sintiendo que el rubor me subía a las mejillas.
—Mami, ya terminé —anunció Alex al entrar al comedor.
—¿Dónde está mi sobrino favorito? —preguntó Kat, abriendo los brazos.
—Tía, soy tu único sobrino —respondió Alex con total seriedad.
—Auch —dijo Kat, fingiendo estar ofendida antes de mostrarle la bolsa—. Mira lo que te traje.
—Gracias, tía.
Así transcurrió la noche: entre las bromas de Kat, la alegría de Alex al abrir su regalo y sus anécdotas del colegio, contadas con tantos detalles que parecía haber vivido una aventura en lugar de una jornada de clases.
A la mañana siguiente me levanté temprano. Kat se había quedado a dormir para llevar a Alex al colegio, porque yo debía ir al juzgado y, si lo llevaba personalmente, corría el riesgo de llegar tarde. Antes de salir, le dejé las llaves de mi carro para que pudiera llevarlo con tranquilidad y luego volver a mi casa. Yo pedí un taxi y me marché mientras ellos aún terminaban de desayunar.
El taxi me dejó frente al juzgado. Al bajar, me encontré con Alexander en la entrada. Hablaba por teléfono y tenía la expresión seria de quien ya estaba resolviendo problemas antes de comenzar la jornada.
—Sí, lo pasaré a recoger más tarde —dijo al teléfono. Para no interrumpirlo, lo saludé con la mano y esperé a que terminara mientras observaba la imponente fachada del juzgado.
Ya había estado allí e incluso había presentado algunos casos, pero habían sido asuntos sencillos. Este era distinto: estaba relacionado con el área de mi maestría y, además, debía observar cada movimiento de Alexander sin permitir que los nervios me traicionaran.
Alexander terminó la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo del saco.
—Buenos días, licenciada Gil. ¿Lista?
—Eso espero —respondí con una sonrisa nerviosa.
—No tiene que intervenir hoy. Observe, tome notas y no pierda de vista las reacciones del fiscal ni del juez. A veces dicen más que sus palabras.
Entramos juntos. El eco de nuestros pasos se mezcló con el murmullo de abogados, familiares y oficiales que llenaban el pasillo. Alexander avanzaba con seguridad, saludando a varias personas por su apellido. Yo caminaba a su lado con la carpeta de Esteban apretada contra el pecho, tratando de recordar que estaba allí como profesional y no como la mujer que llevaba cinco años ocultándole un hijo.
La vista comenzó pocos minutos después. El fiscal presentó el caso como una discusión que había escalado por culpa de nuestro cliente, pero Alexander desmontó la idea con una calma que me obligó a contener la respiración. Mencionó las grabaciones, la persecución previa y la herida en el brazo de Esteban. No exageró ni levantó la voz; dejó que cada dato ocupara su lugar.
Entonces el fiscal citó una hora equivocada de la grabación. Revisé mis notas dos veces antes de inclinarme hacia Alexander.
—La cámara del acceso norte marca las nueve y diecisiete, no las nueve y veintisiete —susurré—. Si corrigen la secuencia, queda claro que la víctima llegó primero.
Alexander me sostuvo la mirada apenas un segundo y luego pidió la palabra. Expuso la inconsistencia con precisión y consiguió que el juez admitiera la grabación completa para su revisión. No era una victoria definitiva, pero bastó para debilitar la versión de la fiscalía y mantener abierta nuestra teoría de defensa propia.
Cuando terminó la audiencia, salimos al pasillo en silencio. Yo todavía sentía la adrenalina en las manos.
—Buen ojo, Nicole —dijo Alexander—. Ese detalle puede cambiar la forma en que el juez valore la evidencia.
—Gracias. Casi pensé que estaba imaginando la diferencia —admití.
—No dude tanto de usted misma —respondió. Después miró la hora y reparó en que yo buscaba la aplicación de taxis en el teléfono—. ¿No vino en su carro?