El Hijo Del Ceo

CAPITULO 3

Alexander Montes

Llegué a la cena familiar con quince minutos de retraso, el saco colgado del brazo y el cansancio del bufete todavía pegado a los hombros.

No era la primera vez. Mi madre ya casi había aprendido a no mirarme con decepción cuando aparecía después de la hora acordada, y mi padre se limitaba a señalar su reloj con una ceja levantada, como si todavía creyera que yo podía reformarme a los treinta años.

—Perdón —dije al entrar al comedor—. Tuve una reunión que se alargó.

—Tú y tus reuniones —dijo Anis desde su silla, con esa sonrisa de hermana menor que siempre anunciaba peligro—. Cualquier día vas a llegar tarde hasta a tu propia boda. Ah, no, espera… para eso primero tendrías que conseguir novia.

Mi cuñada soltó una risa disimulada. Andrés, demasiado ocupado acariciando el vientre de su esposa embarazada, ni siquiera intentó defenderme. Anis, en cambio, aprovechó el silencio como si le hubieran entregado un micrófono.

—Te lo digo por tu bien, Alex. Yo estoy casada, Andrés está casado y, encima, va a ser papá otra vez. Si sigues así, vas a quedar viejo, solo y amargado, cenando comida recalentada en una oficina llena de expedientes.

—Gracias por la visión tan alentadora de mi futuro —respondí, dejando el saco en el respaldo de la silla.

—De nada. Alguien tiene que preocuparse por el solterón de la familia.

—Anis —la reprendió mi madre, aunque se le notaba la diversión en la voz—, deja tranquilo a tu hermano.

Me senté junto a mi padre y acepté el plato que mi madre me acercó. La mesa estaba llena de ruido familiar: cubiertos chocando, mi sobrino Adrián contando algo sobre su colegio, mi madre preguntándole a mi cuñada por los antojos y mi hermana metiéndose en conversaciones donde nadie la había llamado.

—Hablando de bebés —dijo Anis de pronto, moviendo el tenedor en mi dirección—, ya pusimos nuestra parte… solo faltas tú.

—No empieces —advertí.

—No estoy empezando, estoy observando. Aunque… —hizo una pausa, entrecerrando los ojos como si acabara de recordar algo— ahora que lo pienso, quizás tú ya resolviste eso y no nos has contado.

Levanté la vista del plato.

—¿De qué hablas?

Anis sonrió, satisfecha de tener por fin toda la atención de la mesa.

—Hoy, en el colegio de Adrián, vi a un niño igualito a ti.

—¿Igualito a mí?

—Igualito —repitió—. No parecido. No con un aire. Igual. Los mismos ojos, la misma piel, la misma cara seria de que todo el mundo le debe explicaciones.

Mi padre dejó de cortar la carne. Mi madre, por supuesto, se enderezó en la silla como si acabaran de mencionar la palabra mágica.

—Anis, hay muchos niños con ojos claros.

—Sí, pero Adrián me dijo que se llama Alex y que va en su curso —añadió ella, inclinándose hacia mí—. ¿No te parece curioso?

El tenedor se me quedó suspendido a medio camino.

—Alex es un nombre común —dije, intentando sonar indiferente.

—Claro. Común. Igual que tener tu misma mirada de abogado insoportable en versión miniatura.

—No digas disparates.

—Yo no digo disparates, yo conecto evidencias —contestó, señalándome con el tenedor—. Dime la verdad, Alexander. ¿No habrás dejado un hijo por ahí con alguna de tus amantes?

—No tengo amantes —respondí, bajando la voz cuando mi madre abrió demasiado los ojos—. Y tampoco hijos escondidos.

—Eso dices tú —insistió Anis—. Yo solo sé que vi a ese niño y por poco se me cae el teléfono de la mano. Te puedo jurar que parecía tu hijo.

—Mamá tiene que escuchar esto —dijo Anis, girándose hacia ella con una emoción peligrosa en los ojos.

—Mamá está sentada justo frente a ti —le recordé, bajando la voz—. No tienes que anunciarlo como si fuera una noticia nacional.

Pero Anis ya había conseguido lo que quería: mi madre nos miraba con los ojos muy abiertos y mi padre había dejado los cubiertos sobre el plato.

—Mami, siéntate bien —dijo ella, como si mi madre no llevara toda la cena sentada—. Creo que Alexander tiene un hijo escondido.

Cerré los ojos y respiré hondo.

Mi hermana estaba loca. Oficialmente loca.

En menos de tres segundos, la cena dejó de ser una cena y se convirtió en un interrogatorio familiar donde, según Anis, todos merecían saber la verdad.

—No hay verdad que saber —dije, dejando el tenedor sobre la mesa.

—Claro que la hay —respondió ella, acomodándose en la silla—. Y si tú no investigas, lo voy a hacer yo.

Mi madre llevó una mano al pecho, alterada y emocionada al mismo tiempo.

—Alexander, ¿qué es eso de que tienes un niño? ¿Cómo que no nos dijiste nada? ¿Y quién es la madre?

—Mamá, no tengo un hijo.

—Eso dijo tu padre la primera vez que rompió el florero de mi sala —intervino ella—, y al final sí había sido él.

—No veo la relación entre un florero y un hijo secreto.

—La relación es que los hombres de esta familia siempre niegan primero —dijo Anis, satisfecha.

Mi padre carraspeó desde el otro extremo de la mesa.

—Hijo —dijo con esa voz seria que usaba cuando intentaba no meterse demasiado—, si hay algo que debamos saber, es mejor que lo digas ahora.

Apoyé ambas manos sobre la mesa y respiré hondo. Tenía treinta años, dirigía un área completa en uno de los bufetes más importantes de la ciudad y, aun así, mi familia podía hacerme sentir como un adolescente atrapado en una travesura.

—No tengo nada que decir porque no sé de qué están hablando —respondí, más frío de lo que pretendía.

Pero Anis no se detuvo. Nunca se detenía cuando olía un misterio.

***

Días después, todavía tenía aquella conversación dando vueltas en mi cabeza.

Por más que intentaba convencerme de que Anis exageraba, la imagen de un niño con mi misma mirada se me aparecía en los momentos menos oportunos: mientras revisaba contratos, al firmar documentos, incluso al conducir hacia el bufete aquella mañana.

Con eso en mente entré a la sala de reuniones, donde Pamela, Augus y Nicole ya estaban sentados frente a una mesa cubierta de expedientes, fotografías impresas, informes preliminares y notas adhesivas de colores. El nuevo caso había llegado la noche anterior y exigía atención inmediata: un homicidio ocurrido en un estacionamiento privado, con un cliente que juraba haber actuado en defensa propia.




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