El Hijo Del Ceo

CAPITULO 10

Nicole Gil

Las semanas siguientes transcurrieron con una tranquilidad extraña. Alexander y yo pasábamos más tiempo juntos por Alex: lo recogíamos en el colegio, lo acompañábamos al parque y compartíamos cenas que, sin proponérnoslo, empezaron a sentirse menos como acuerdos entre padres y más como momentos de una familia que todavía no se atrevía a llamarse así.

Aquella tarde, Alexander llegó a mi apartamento con una caja de pizza en una mano y el proyecto de ciencias de Alex en la otra. Mi hijo corrió a recibirlo y, durante la siguiente hora, los dos trabajaron en el volcán de cartón sobre la mesa de la sala.

Yo fingía ordenar la cocina, aunque en realidad los observaba. Alexander se había arremangado la camisa y tenía una mancha de pintura roja cerca de la muñeca. Sonreía cada vez que Alex le daba una instrucción, obedeciendo con una paciencia que meses atrás jamás habría asociado con él.

—Mami, necesitamos más pegamento —anunció Alex.

Me acerqué a la mesa al mismo tiempo que Alexander. Ambos extendimos la mano hacia el frasco y nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto breve, casi insignificante, pero ninguno de los dos apartó la mano de inmediato.

Levanté la mirada. Él estaba demasiado cerca. El olor limpio de su colonia se mezcló con el de la pintura y la pizza, y por un instante regresó el recuerdo de aquella primera noche: su voz baja, sus ojos fijos en los míos y la sensación de que el resto del mundo había dejado de existir.

Retiré la mano primero.

—Puedes tomarlo —murmuré.

—Gracias —respondió, pero su atención seguía en mí y no en el pegamento.

Alex no pareció notar nada. Continuó hablando del volcán hasta que el cansancio empezó a cerrarle los ojos. Después de cenar, lo llevé a su habitación. Alexander se quedó en la puerta mientras yo lo acomodaba entre las sábanas y le daba un beso en la frente.

—¿Mañana vienes otra vez? —preguntó Alex, mirando a su padre.

—Si tu mamá está de acuerdo.

Alexander me miró al decirlo. Antes habría dado por hecho que podía venir; ahora esperaba mi respuesta. Ese cambio sencillo debilitó otra de las defensas que llevaba semanas intentando mantener intactas.

—Puedes venir —contesté.

Cuando regresamos a la sala, el silencio se instaló entre nosotros. No era incómodo. Era denso, atento, como si cada movimiento tuviera un significado que ninguno quería pronunciar.

Me incliné para recoger los vasos de la mesa y Alexander hizo lo mismo. Nuestros hombros chocaron suavemente. Esta vez él no se apartó de inmediato. Su mano quedó junto a la mía, tan cerca que el calor de sus dedos parecía atravesar el pequeño espacio que los separaba.

—Últimamente haces eso mucho —dijo.

—¿Qué cosa?

—Acercarte y luego actuar como si no hubieras sentido nada.

El corazón me golpeó con fuerza. Enderecé la espalda, pero al hacerlo quedé frente a él, con apenas unos centímetros entre nuestros cuerpos.

—Quizá no eres el único que tiene miedo de arruinar esto —admití.

Su expresión cambió. La seguridad con la que solía enfrentarse a todo dio paso a una cautela que resultaba más peligrosa porque me permitía bajar la guardia.

Alexander levantó una mano despacio, dándome tiempo para apartarme. Sus dedos rozaron un mechón de mi cabello y lo acomodaron detrás de mi oreja. El gesto fue delicado, pero la cercanía convirtió aquel roce en algo capaz de dejarme sin aliento.

—No quiero apresurarte —dijo en voz baja—. Tampoco quiero fingir que no pasa nada cada vez que estamos cerca.

Tragué saliva. Podía sentir su respiración y el leve movimiento de su pulgar cerca de mi mejilla. No me tocaba realmente, pero todo mi cuerpo estaba pendiente de esa mano.

—Yo tampoco quiero fingir —confesé.

Sus ojos descendieron por un instante hacia mis labios y luego regresaron a los míos. La tensión entre nosotros se volvió casi palpable. Alexander se inclinó apenas, pero se detuvo antes de borrar la distancia.

—Dime que me detenga —susurró.

No lo hice. En cambio, apoyé la mano sobre su pecho. Bajo la tela de la camisa, su corazón latía tan rápido como el mío.

Alexander cubrió mi mano con la suya. Entrelazó nuestros dedos lentamente, como si aquel gesto fuera una pregunta. Yo apreté su mano en respuesta.

La distancia desapareció. Alexander inclinó el rostro y me besó. Al principio fue un roce contenido, casi cauteloso, pero la prudencia duró apenas un instante. Mis dedos se aferraron a su camisa y él llevó una mano a mi cintura, acercándome con una firmeza que convirtió el beso en algo profundo, urgente y demasiado esperado.

Todo lo que había intentado negar durante semanas se concentró en aquel momento: el calor de su cuerpo, su respiración mezclada con la mía y la forma en que sus dedos se tensaron sobre mi cintura cuando respondí al beso sin reservas.

—Mami… —la voz adormilada de Alex llegó desde el pasillo.

Me separé de Alexander de golpe. Me llevé una mano a los labios, todavía agitada, mientras él retrocedía un paso e intentaba recuperar la respiración.

Alex apareció frotándose un ojo y pidió agua. Fui hacia él sin mirar atrás. Cuando regresé a la sala, Alexander ya tenía la chaqueta en la mano.

—Nicole…

—No digas nada —lo interrumpí—. Es tarde.

Él sostuvo mi mirada durante unos segundos, como si quisiera discutir, pero finalmente asintió. Cuando cerré la puerta detrás de él, supe que el silencio no borraría lo que acababa de ocurrir.

***

Durante los días siguientes hice todo lo posible por ignorarlo. En la oficina respondía sus preguntas con frases breves, enviaba los documentos con Paloma y evitaba quedarme a solas con él. Cuando iba a ver a Alex, me refugiaba en la rutina de mi hijo y fingía no sentir la mirada de Alexander siguiéndome por la habitación.

Él respetó mi distancia. No mencionó el beso ni intentó repetirlo. Aquella prudencia, lejos de tranquilizarme, empezó a irritarme. Cada encuentro terminaba con las mismas preguntas golpeándome la cabeza: ¿por qué me había besado?, ¿qué significaba para él?, ¿se arrepentía?




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