Alexander Montes
Desperté en la madrugada, con la sensación de que algo estaba fuera de lugar.
Tardé unos segundos en comprender que no era una amenaza ni un ruido extraño. Era el peso tibio de Nicole apoyada contra mi pecho y su mano cerrada sobre mi pecho desnudo.
Permanecí inmóvil. Durante años había dormido solo y me había acostumbrado a despertar con la mente puesta en el trabajo. Esa mañana, en cambio, lo primero que escuché fue la respiración tranquila de la mujer que había irrumpido dos veces en mi vida: una noche que creí pasajera y años después con un hijo que llevaba mis ojos.
Nicole se movió apenas y abrió los ojos.
—¿Qué hora es?
—Temprano. Puedes seguir durmiendo.
Le aparté un mechón del rostro. Ella no retrocedió. Ese pequeño permiso me produjo una satisfacción absurda.
—No creo que pueda —murmuró—. Alex se despertará pronto y querrá explorar toda la casa.
—Ya lo hizo anoche. Revisó tres armarios, eligió la habitación con mejor vista y declaró que al jardín le falta un dinosaurio.
Nicole sonrió, pero la expresión le duró poco. Su mirada se dirigió hacia la puerta.
—¿Crees que de verdad estamos seguros aquí?
—Sí —respondí sin vacilar—. Nadie de la familia conoce esta casa. Los agentes vigilan el camino de acceso y Seguridad revisa las cámaras cada hora.
No añadí que yo también había revisado las grabaciones dos veces durante la noche. Habían pasado cuatro días desde el último mensaje. El teléfono robado de Nicole apareció apagado en un contenedor al otro lado de la ciudad, sin huellas útiles y con la tarjeta extraída. La policía decía que el silencio podía significar que quien nos amenazaba había retrocedido al ver la investigación. Yo no compartía su optimismo.
Las amenazas estaban cesando, pero mi cuerpo seguía esperando la siguiente.
Un golpe en la puerta nos hizo incorporarnos. Antes de que pudiera levantarme, la voz de Alex atravesó la madera.
—¿Puedo entrar?
Nicole me lanzó una mirada de advertencia y se acomodó el cabello.
—Sí, cariño.
Alex entró cargando su manta y uno de sus dinosaurios. Trepó a la cama entre nosotros como si llevara años haciéndolo.
—Tengo hambre —anunció—. Y esta casa hace ruidos.
—Todas las casas hacen ruidos —dijo Nicole.
—La nuestra no cruje como si hubiera monstruos.
—Entonces tendremos que preparar un desayuno que los espante —propuse.
Una hora después, la cocina parecía haber sufrido una batalla. Alex insistió en preparar panqueques y derramó harina sobre la encimera. Nicole intentó ayudarlo mientras yo buscaba una sartén que no recordaba haber comprado. Kat, que dormía en la habitación del primer piso, apareció atraída por el olor a quemado y declaró que mantenernos con vida sería más difícil que protegernos de cualquier criminal.
No me importó el desorden. Alex reía mientras intentaba formar un tiranosaurio con la masa y Nicole estaba descalza, con mi camisa sobre el camisón y una mancha de harina en la mejilla. La escena era doméstica, sencilla y peligrosamente fácil de desear.
Me acerqué para limpiarle la harina con el pulgar. Nicole se quedó quieta. Nuestros ojos se encontraron y durante un instante desaparecieron Kat, los panqueques y hasta la razón por la que estábamos escondidos.
—Los niños están mirando —murmuró Kat.
Alex levantó la cabeza.
—Yo no estaba mirando.
Nicole se apartó con las mejillas encendidas. Yo sonreí por primera vez desde que habíamos llegado.
La convivencia empezó a construir una rutina inesperada. Yo trabajaba desde el estudio durante la mañana; Nicole organizaba las tareas de Alex y hablaba con la escuela para que pudiera seguir las clases a distancia. Al mediodía comíamos juntos. Por la tarde caminábamos por el jardín, siempre dentro del perímetro vigilado.
Alex convertía cualquier espacio en suyo. Sus dinosaurios ocuparon la sala, sus dibujos aparecieron pegados en la nevera y una fila de zapatos pequeños se instaló junto a la entrada. Cada objeto me recordaba que mi casa ya no era solo un refugio. Empezaba a parecerse a un hogar.
La presencia de Nicole transformaba el lugar de otra manera. Dejaba una taza de té junto a mis expedientes cuando me veía trabajar demasiado, discutía conmigo cada vez que intentaba revisar personalmente el exterior y, por las noches, se sentaba a mi lado después de dormir a Alex.
La quinta noche sin mensajes, la encontré en la terraza con una manta sobre los hombros. El aire era frío y el jardín permanecía oscuro más allá de las luces del porche.
—Deberías estar descansando —le dije.
—Podría decirte lo mismo. Te vi revisar las cámaras hace media hora.
Me senté a su lado.
—No ha llegado nada desde el mensaje del colegio.
—Eso es bueno.
—O significa que están esperando.
Nicole soltó el aire lentamente.
—No podemos vivir cada minuto esperando que ocurra algo.
—No pienso bajar la guardia.
—No te pido que lo hagas. Te pido que estés aquí cuando estás con nosotros.
La frase me obligó a mirarla. Nicole no parecía enojada. Estaba cansada.
—Alex te busca y a veces estás hablando con él mientras observas las ventanas —continuó—. Yo también tengo miedo, Alexander, pero no quiero que recuerde estos días únicamente por eso.
Tenía razón. Mi necesidad de protegerlos podía convertirse en otra forma de mantenerme lejos.
—No sé cómo dejar de vigilar —admití.
Nicole deslizó la mano debajo de la mía.
—Entonces no dejes de hacerlo. Solo recuerda mirarnos también.
Entrelacé nuestros dedos. Durante varios segundos permanecimos en silencio, escuchando el viento entre los árboles.
—Lo que te dije en la oficina sigue en pie —murmuré—. Quiero una oportunidad contigo. No porque estemos aislados ni porque tengamos miedo. Quiero saber qué podríamos ser cuando todo esto termine.
Nicole bajó la mirada hacia nuestras manos.