Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 3 Parte I

El peso de una cama

Regresé al molino cuando el sol ya comenzaba a ocultarse detrás de los campos.

La rueda seguía girando y el sonido de las piedras podía escucharse desde el camino. Durante unos segundos me detuve frente al establo, con la tarjeta de ingreso todavía guardada dentro de la camisa.

Nada parecía haber cambiado.

Las carretas continuaban junto al molino. Los sacos esperaban apilados bajo el techo y una fina capa de harina cubría las tablas cercanas a la entrada.

Solo yo sabía que al día siguiente ya no estaría allí para cargarlos.

Encontré a Stan en el interior, inclinado sobre uno de los mecanismos de madera. Sostenía una lámpara con una mano mientras ajustaba una pieza con la otra.

—Llegas tarde —dijo sin mirarme.

—No tenía que trabajar hoy.

—Entonces llegas tarde para no trabajar.

Dejé escapar una sonrisa.

Stan levantó finalmente la cabeza.

Sus ojos se detuvieron en la tarjeta que asomaba por encima de mi camisa.

—¿Y eso?

La saqué y se la extendí.

La tomó con los dedos cubiertos de harina y acercó la lámpara para leerla.

Tardó más de lo necesario.

No estaba seguro de si examinaba las palabras o simplemente buscaba algo que decir.

—Me aceptaron —expliqué—. Debo presentarme mañana al amanecer.

Stan volvió a mirar la tarjeta.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Tres años, si consigo terminar.

—Tres años.

Asentí.

Me devolvió la tarjeta.

—Entonces espero que esta vez no llegues tarde.

Esperé.

Creí que añadiría algo más.

No lo hizo.

Dejó la lámpara sobre una caja y volvió a inclinarse sobre el mecanismo.

—La rueda del extremo está rozando —murmuró—. Lleva todo el día haciendo un ruido que no debería.

—Siempre hace ruidos que no debería.

—Porque siempre hay alguien que espera hasta el último momento para arreglarla.

Miré alrededor.

—¿Necesitas ayuda?

Stan tomó una herramienta y ajustó otra pieza.

—Mañana tendrás suficiente trabajo.

No insistí.

Salí del molino y regresé al establo.

Todas mis pertenencias seguían donde las había dejado: una camisa de recambio, dos pares de medias, una manta gastada y algunas monedas guardadas dentro de una pequeña bolsa de tela.

Las extendí sobre la paja.

Seis años de vida no ocupaban demasiado espacio.

Doblé la ropa como pude y la guardé dentro del saco. Después añadí la manta y las monedas.

No encontré nada más que llevar.

Me senté junto a la pared y observé el lugar.

Había dormido allí desde que Stan me permitió trabajar en el molino. En invierno el viento entraba por las rendijas. Durante el verano, el calor y el olor de los animales volvían casi imposible descansar.

Nunca había sido realmente mío.

Aun así, era el único lugar al que había regresado cada noche durante años.

Me recosté sobre la paja.

Desde el otro lado de la pared escuché a uno de los caballos moverse y golpear suavemente el suelo.

Cerré los ojos.

Pensé en la academia.

En los uniformes.

En el agua cerrándose sobre mi cabeza.

En las palabras del oficial.

Tres años de trabajo.

No dormí demasiado.

Cuando desperté, todavía faltaba un rato para el amanecer.

La oscuridad cubría el establo y el aire estaba más frío de lo habitual. Me vestí en silencio, até la manta sobre el saco y comprobé que llevaba la tarjeta de ingreso.

Al levantar el saco, algo metálico cayó sobre la paja.

Me agaché.

Era una navaja plegable.

Reconocí inmediatamente el mango de madera oscurecido por el uso y la pequeña marca cerca de la hoja. Había visto a Stan utilizarla durante años para cortar cuerdas, abrir sacos y raspar piezas del molino que se negaban a encajar.

La abrí.

La hoja estaba gastada, pero limpia.

Miré hacia la puerta.

El establo permanecía en silencio.

No había ninguna nota.

Tampoco la necesitaba.




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