Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 5 Parte I

Más allá del Horizonte

El tercer año empezó sin una ceremonia que lo distinguiera de los anteriores. No hubo discursos ni cambios visibles en los edificios. Solo aparecieron nuevos horarios en los tablones y ejercicios que ya no separaban navegación, señales, reparación o artillería como si fueran oficios distintos.

Ahora podían despertarnos para una guardia, hacernos corregir un rumbo antes del amanecer y terminar la mañana conteniendo una vía de agua mientras alguien simulaba estar herido sobre la cubierta. Los instructores intervenían menos. Observaban, tomaban notas y esperaban hasta el final para decirnos cuántas veces habríamos muerto.

Fue durante una de aquellas jornadas cuando comencé a coincidir con Pell.

La primera vez nos asignaron la revisión de una vela que había sido extendida sobre el suelo del almacén. Debíamos localizar daños, marcar los que podían repararse en cubierta y separar aquellos que exigían retirar la pieza por completo.

Pell se arrodilló frente a una rasgadura del tamaño de su mano.

—Esta no parece grave, aunque depende de dónde estuviera colocada la vela, porque si estaba cerca del borde podría seguir abriéndose con la tensión, pero si estaba más al centro quizá aguantaría, aunque yo no la dejaría así porque después ocurre que uno dice que resistirá una jornada y termina rompiéndose justo cuando—

—Hay que marcarla —dije.

Pell miró la tiza que yo sostenía.

—Sí. Eso iba a decir.

Dibujó una cruz junto a la rasgadura y continuamos.

No pensé demasiado en él. En la academia siempre había alguien que hablaba para llenar el tiempo. Lo extraño fue que Pell volvió a aparecer dos días después, durante una práctica con cañones descargados.

Nos correspondió revisar el cierre de las portas y el aseguramiento de las piezas antes de un cambio brusco de rumbo. Pell comprobó dos veces el mismo nudo mientras explicaba que, cuando era niño, había visto un cañón naval desde el muelle, aunque estaba cubierto y probablemente ni siquiera pertenecía a una nave de guerra.

—Mi padre decía que no podía saberlo porque nunca había subido a un barco —continuó—, pero el hombre que vigilaba el muelle llevaba una chaqueta azul, y no creo que alguien use una chaqueta azul junto a un cañón si no tiene alguna relación con la Marina.

—Podría haber tenido frío.

Pell dejó de tirar del cabo y me observó.

Durante un momento creí que se había ofendido.

Después soltó una risa.

—También podría haber tenido frío.

Una semana más tarde compartimos una guardia nocturna. El viento era escaso y el barco de práctica apenas se movía dentro de la bahía. Había poco que observar, aparte de las luces del puerto y la sombra ocasional de alguna embarcación pesquera.

Pell habló de los navíos que quería conocer, de los puertos que había escuchado nombrar y de las diferencias que, según él, existían entre navegar hacia el norte o hacia el sur. No había estado en ninguno de aquellos lugares.

Yo respondía cuando hacía una pregunta directa y, algunas veces, incluso antes de que la hiciera. Al principio no me di cuenta.

—Dicen que en los barcos grandes uno puede pasar días sin ver al capitán —comentó.

—Depende de tu puesto.

—Eso mismo pensé. Aunque también dicen que la comida es mejor.

—Eso depende del cocinero.

Pell apoyó los antebrazos sobre la borda.

—Hablas más de lo que parece.

—Tú haces que parezca poco.

Volvió a reírse, esta vez cuidando de no llamar la atención del encargado de guardia.

A partir de entonces comenzó a saludarme cada vez que nos cruzábamos. No siempre nos deteníamos. A veces solo levantaba una mano desde el otro extremo del patio y seguía hablando con quien tuviera al lado.

Descubrí que no necesitaba conocer bien a una persona para iniciar una conversación. Le bastaba con recordar algún detalle que hubiera escuchado semanas antes.

Una mañana me preguntó si Derval seguía durmiendo con una manta doblada bajo la almohada.

—¿Cómo sabes eso?

—Lo vi hacerlo cuando llegamos.

—Él llegó antes que tú.

—Por eso dije cuando llegamos, no cuando llegué.

Pell parecía satisfecho con aquella explicación.

Más tarde, mientras trasladábamos herramientas desde el taller, se quedó mirando a Derval al otro lado del patio.

—Creo que lo conocía antes de entrar.

—Él no te conoce.

—No dije que me conociera.

Según Pell, lo había visto algunas veces en el mercado de la colonia. No recordaba haber hablado con él, pero sí haberlo observado cargando dos cestas mientras intentaba mantener a un niño pequeño lejos de un puesto de dulces. La descripción podía corresponder a Derval o a cualquier hermano mayor del mercado.




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