Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 3 Parte III

Los profesores que siguieron a Gogfelt no se parecían entre sí.

Algunos permanecían con nosotros apenas unos días. Otros regresaban cada semana y parecían recordar cada error que habíamos cometido desde la clase anterior. Había quienes explicaban una maniobra completa antes de permitirnos movernos y quienes daban una orden breve para descubrir cuánto éramos capaces de comprender por nuestra cuenta.

Con uno aprendimos a desplazarnos por una cubierta mojada sin perder la formación. Lanzaba cubos de agua sobre las tablas y nos hacía cruzarlas cargando sacos contra el pecho. Al principio avanzábamos con los brazos extendidos, como si aquello pudiera impedirnos caer. Después aprendimos a bajar el cuerpo, acortar los pasos y utilizar el movimiento del barco en vez de luchar contra él.

Otro nos hizo subir por las jarcias hasta que dejamos de mirar hacia abajo. Nos enseñó a apoyar el peso en los pies y no en las manos, aunque durante las primeras jornadas todos terminábamos con los dedos entumecidos. Desde arriba, las voces de los instructores se mezclaban con el viento y llegaban convertidas en palabras incompletas que debíamos reconocer antes de movernos.

Las clases de combate eran más ruidosas. Utilizábamos bastones de madera y armas sin filo, y el patio se llenaba con golpes secos, órdenes y quejidos mal disimulados. Mi fuerza me permitía resistir mejor que otros, pero también me hacía confiar demasiado en ella. Más de una vez terminé en el suelo por intentar detener un golpe en vez de apartarme.

Derval no era el más rápido ni el más fuerte, pero sabía recuperarse sin perder la calma. Incluso después de recibir un golpe, encontraba tiempo para quejarse de la posición de su adversario o de la supuesta mala calidad de su arma.

Varen peleaba como hacía casi todo: sin movimientos de sobra. No atacaba hasta reconocer una abertura y rara vez caía dos veces por el mismo engaño. Aun así, cuando alguno de nosotros conseguía derribarlo, aceptaba la mano que le ofrecían sin convertir la derrota en una ofensa.

También pasamos jornadas enteras reparando lo que todavía no sabíamos utilizar. Extendíamos velas sobre el suelo para buscar rasgaduras, sellábamos tablas, limpiábamos herramientas y cubríamos cabos con brea hasta llevar el olor pegado a la ropa. Aprendimos que un barco no comenzaba a hundirse cuando entraba el agua, sino mucho antes, cuando alguien decidía que una grieta era demasiado pequeña para ocuparse de ella.

En cubierta podía seguir el ritmo.

Frente a una página, no.

Las palabras de los instructores quedaban claras mientras las escuchaba. Podía observar una maniobra, recordar el orden de los movimientos y repetirla horas más tarde. Pero cuando la misma explicación aparecía escrita, las letras parecían separarse de aquello que ya comprendía.

En las clases comunes aprendíamos los nombres de las piezas, las órdenes utilizadas durante las maniobras y las marcas básicas de una carta de navegación. Los demás copiaban una línea mientras yo todavía intentaba reconocer la anterior. Muchas veces memorizaba lo que decía el profesor y fingía seguirlo en el papel.

Después de las primeras evaluaciones me asignaron clases de refuerzo tres tardes por semana.

Mientras parte de los reclutas descansaba o limpiaba su equipo, yo regresaba a una sala más pequeña con otros hombres que también tenían dificultades. Nos hacían copiar palabras hasta llenar páginas completas: proa, popa, mástil, babor, estribor. Al terminar, los dedos me dolían más que después de algunas prácticas con cabos.

Aprendí primero las palabras que podía tocar.

Reconocía «ancla» porque había levantado una. Recordaba «vela» por la forma en que la palabra se abría sobre el papel. «Estribor» me tomó más tiempo. Cada vez que creía haberla escrito correctamente, una letra aparecía donde no correspondía.

Derval comenzó a notarlo cuando yo llegaba tarde a la habitación.

—Otra vez escribiendo barcos —dijo una noche, al verme dejar el cuaderno sobre la cama.

—Partes de barcos.

Tomó el cuaderno antes de que pudiera guardarlo.

—Esto dice «mastil».

Derval apoyó un dedo junto a la palabra.

—Eso intenté escribir.

—Le falta algo.

—Sigue siendo un mástil.

Derval sonrió y dejó el cuaderno a mi lado.

—En cubierta, sí. En una prueba, parece otra cosa.

No insistió. Algunas noches leía una instrucción conmigo y otras se quedaba dormido antes de terminar la primera página. No era especialmente paciente, pero repetía una palabra las veces necesarias cuando veía que yo seguía sin reconocerla.

Varen ayudaba de otra manera. Si encontraba un error, lo señalaba y esperaba.

—Está mal —decía.

—Ya lo sé.

—Entonces corrígelo.

Nunca escribía por mí ni terminaba una frase que yo hubiese empezado. Al principio aquello me irritaba. Después comprendí que era la única forma de saber si realmente había aprendido.

Con el paso de las semanas dejé de seguir cada palabra con el dedo cuando había alguien cerca. Podía leer órdenes cortas y reconocer la mayoría de los términos que utilizábamos a diario. Los textos nuevos continuaban obligándome a avanzar lentamente, y leer frente a los demás seguía siendo algo que evitaba siempre que podía.




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