Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 4 Parte II

Al día siguiente, la academia había recuperado su rutina.

Las cinco embarcaciones permanecían todavía en el puerto, pero nosotros ya estábamos otra vez frente a nuestras bandejas, con los uniformes secos y el movimiento del mar aún metido en las piernas.

Derval fue el primero en hablar.

—Dormí mejor anoche que durante toda la travesía.

—Tu barco era el más estable —dije.

—Estable no significa silencioso.

Varen levantó la vista de su plato.

—¿Cuántas horas dormían?

Derval pensó un momento.

—Cuatro seguidas, algunas noches.

Lo miré.

—Nosotros teníamos dos, cuando nadie necesitaba llevar un mensaje.

—En la patrullera eran tres o cuatro —dijo Varen—. Dependía del turno.

—Entonces dormiste mejor que yo —dije.

—Dormía lejos de la cocina.

Derval dejó el tenedor.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Que tú viajabas junto a la comida.

—También viajaba junto a las cajas, las herramientas, las piezas de repuesto y todos los hombres que decidían buscar algo cuando ya estábamos acostados.

—Pero comían caliente —dije.

Derval no respondió de inmediato.

—A veces.

—Comían caliente —repitió Varen.

—Nosotros transportábamos la comida. No significa que nos perteneciera.

—¿Qué comieron el segundo día? —pregunté.

—Guiso.

Varen y yo lo miramos.

Derval bajó la vista hacia su bandeja.

—Estaba casi frío.

—Nosotros comimos pan y carne salada —dije.

—También tuvimos carne salada.

—Después del guiso.

Derval suspiró.

—Fue un barco muy difícil.

Varen volvió a comer.

—En la patrullera la comida llegaba a la hora correcta, pero si estabas de guardia esperabas al relevo.

—¿Cuánto duraban los turnos? —pregunté.

—Cuatro horas durante el día. Más cortos por la noche.

—Nosotros no teníamos una posición fija —dije—. Podíamos terminar una entrega y recibir otra antes de volver al centro de la formación.

Derval señaló mis manos.

—Eso explica las vendas.

—Los cabos explican las vendas.

Derval mostró las palmas endurecidas sobre la mesa.

—En suministros también había cabos.

—En suministros había cajas.

Derval golpeó el borde de la bandeja con un dedo.

—Las cajas pesan.

—No se mueven solas.

—Eso las vuelve más peligrosas. Nunca sabes cuándo alguien decidirá dejarlas en medio del paso.

Varen dejó escapar una risa breve.

—¿Tenían espacio para dormir?

—Había hamacas —respondió Derval—. El problema era llegar hasta ellas.

—¿Tan lleno estaba?

—Cada pasillo tenía algo apilado. Comida en uno, herramientas en otro, piezas de repuesto donde alguien encontraba lugar. La primera noche tuve que mover tres cajas para alcanzar mi cama. A la mañana siguiente las habían vuelto a poner ahí.

—En nuestra nave no había espacio para cajas —dije.

—Porque tampoco había espacio para ustedes.

No pude discutirlo.

Bajo cubierta dormíamos tan cerca que, si uno se daba vuelta, el hombre de al lado también tenía que hacerlo. El casco crujía con cada ola y cualquiera que se levantara despertaba al resto.

—La patrullera tenía más espacio —dijo Varen—, pero pasábamos más tiempo afuera. Casi siempre había alguien vigilando el horizonte y otro observando la formación.

—¿Veían algo? —preguntó Derval.

—Agua.

—Debe haber sido una semana emocionante.

—También veíamos sus errores.

Derval levantó la vista.

—¿Qué errores?

—El segundo día tardaron en entregar una caja a la nave principal.

Derval dejó el tenedor sobre la bandeja.

—No tardamos. La pidieron mal.

—La señal era clara.

—Pidieron piezas de sujeción. Teníamos cuatro clases distintas.

Varen inclinó la cabeza hacia Derval.

—Enviaron dos cajas.

—Porque nadie escribió cuál necesitaba.

Miré a Varen.




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